jueves, 28 de marzo de 2019

La torre inclinada. Mujeres y literatura


La voz de las mujeres:   L’HOSPITALET DE LLOBREGAT ISSN2462-6325

Mª Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel

LA TORRE INCLINADA
Es el título de una conferencia de Virginia Woolf  recogida en la obra Dones y Literatura.
La torre inclinada se contrapone a la sólida torre desde la que los escritores del S. XIX explicaban el mundo inventándose personajes para ello (Dickens, por ejemplo o Jane Austen: Orgullo y prejuicio…). La torre se erige con los conocimientos adquiridos por estos autores, todos ellos (excepto D.H. Lawrence, que era hijo de un minero), de clase privilegiada y con conocimientos a los que sólo accedían los de clase privilegiada, miran el mundo desde su lejanía y sus ideas metafísicas.
Con la primera guerra se sabe que todo puede cambiar, que el mundo se rige por movimientos económicos, que la política importa más que las propias creencias y que hay clases sociales (han leído a Marx). Los escritores siguen estando en lo alto de los conocimientos a los que sólo acceden unos pocos, pero ahora han tomado conciencia de la fragilidad, su reacción será la de ponerse a favor de una clase a la que no pertenecen, con lo que, sin salir de sus privilegios, se inclinan, una posición difícil de sostener por lo que buscan un chivo expiatorio para descargar su incomodidad: su familia, su clase, la sociedad…, se sienten obligados a ponerse de parte del que está abajo y lo hacen enseñando, predicando, destruyendo… escriben para una multitud, no para alguien que escuche en silencio, son insinceros porque no llegan al fondo de sí mismos. Aquí V. Woolf nos expone los versos autobiográficos de un poeta que empieza a reconocer que “en Oxford la torre se empezó a inclinar”. Los artistas de entre guerras (entre ellos los novelistas) destruyen pero no construyen nada, su lenguaje es un híbrido, no tiene el hablar refinado de la aristocracia ni la gracia del pobre. En cambio las hermanas Bronté (Jane Eyre, Cumbres borrascosas…), nos dirá Woolf en otro ensayo, escriben desde la pobreza y el reconocimiento de sí mismas y del mundo, por eso nos con-mueven.
Pero seguimos con los de la torre inclinada, cuando todo se tambalea nos hacemos egoístas y nos aferramos a lo que tenemos, así es como, huyendo de sí mismos se encuentran hablando de sí (se escriben muchas autobiografías, por ejemplo), ese aspecto, nos dice la lúcida Virginia, es lo que salvará el legado de esa generación, los artistas de la torre inclinada, nos dice, han tenido el valor de lanzar por la ventana las cajitas de juguetes con las que los escritores aristocráticos construían sus mundos ficticios.
Ella ya no entrará en la siguiente generación, en ese tiempo, 1940, poco antes de morir, espera que los próximos escritores –o escritoras- puedan penetrar la realidad y que escriban obras que la gente recuerde cuando estén solas. Espera que el acceso más generalizado al conocimiento mediante la enseñanza pública y el sistema de bibliotecas del estado, junto a una recaudación de impuestos más equitativa pueda hacer que las torres caigan, que los escritores escriban desde el mundo y desde la sinceridad consigo mismos, una conjunción difícil pero necesaria. Algo que se suele dar más desde un pensamiento en femenino.
Virginia Woolf no llegaría a conocer todo el horror de la segunda guerra. Aun así podemos pensar que lo que ella esperaba llegó a pasar ya que la educación, la lectura y la escritura están más generalizadas, pero ¿qué diría hoy en día de los escritores de la generación precedente?, ¿han dejado de existir las torres?
Mi opinión es que algunos sí lo han hecho como el periodista y novelista García Márquez, como Borges o Cortazar  que nos recrean mundos en los que se vislumbra lo real y los sueños, la verdad de sí mismos y del mundo envueltas en formas imaginadas, antiguas y nuevas, con un lenguaje que se nos inserta en nuestro existir, algo que podemos hacer presente cuando hemos de afrontar la realidad. Pensemos también en los autores que nos narran la experiencia de la segunda guerra o de los campos desde su propio y auténtico sentir, algo muy grande cargado de eso que llamamos “humanidad”.
Existen las torres, pero los que nos dan sus opiniones personales en forma de lección desde ellas (Vargas Llosa, Pérez Reverte…) no están allí por disponer de mejores conocimientos que el resto sino porque la gran empresa del mundo global les ha puesto allí. Viven de libros que fabrican mediocres (ellos, Coelho). ¿Cuántos buenos escritores andan perdidos tras las autopublicaciones que sólo llegan a unos pocos? Claro que también hay mucha mediocridad, lo mediocre abunda, la mayoría de l@s que escribimos nos movemos en la mediocridad con más o menos oficio, ya es mucho que no hayamos huido ni de nosotr@s mismas, ni del mundo.
Reconocer el genio en otr@s, valorar el genio de otr@s, sólo eso podemos hacer para resistir ante la actual “democratización[1]” de la escritura y dejar caer algunas torres, eso también.
La literatura es un territorio común que nos puede salvar del abismo siempre que aprendamos por nuestra cuenta a leer y a escribir, a conservar y a crear.
Mª Àngels García-Carpintero
 L’H, 28-3-19



[1] Democratización que no es tal,
puesto que se elimina el espíritu crítico.