La voz de
las mujeres: L’HOSPITALET
DE LLOBREGAT ISSN2462-6325
Mª Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel
LA TORRE INCLINADA
Es el título de una conferencia de Virginia
Woolf recogida en la obra Dones y Literatura.
La torre inclinada se contrapone a la sólida
torre desde la que los escritores del S. XIX explicaban el mundo inventándose
personajes para ello (Dickens, por ejemplo o Jane Austen: Orgullo y prejuicio…). La torre se erige con los conocimientos
adquiridos por estos autores, todos ellos (excepto D.H. Lawrence, que era hijo
de un minero), de clase privilegiada y con conocimientos a los que sólo
accedían los de clase privilegiada, miran el mundo desde su lejanía y sus ideas
metafísicas.
Con la primera guerra se sabe que todo puede
cambiar, que el mundo se rige por movimientos económicos, que la política
importa más que las propias creencias y que hay clases sociales (han leído a
Marx). Los escritores siguen estando en lo alto de los conocimientos a los que
sólo acceden unos pocos, pero ahora han tomado conciencia de la fragilidad, su
reacción será la de ponerse a favor de una clase a la que no pertenecen, con lo
que, sin salir de sus privilegios, se inclinan, una posición difícil de
sostener por lo que buscan un chivo expiatorio para descargar su incomodidad:
su familia, su clase, la sociedad…, se sienten obligados a ponerse de parte del
que está abajo y lo hacen enseñando, predicando, destruyendo… escriben para una
multitud, no para alguien que escuche en silencio, son insinceros porque no
llegan al fondo de sí mismos. Aquí V. Woolf nos expone los versos
autobiográficos de un poeta que empieza a reconocer que “en Oxford la torre se empezó a inclinar”. Los artistas de entre
guerras (entre ellos los novelistas) destruyen pero no construyen nada, su
lenguaje es un híbrido, no tiene el hablar refinado de la aristocracia ni la
gracia del pobre. En cambio las hermanas Bronté (Jane Eyre, Cumbres borrascosas…), nos dirá Woolf en otro ensayo, escriben
desde la pobreza y el reconocimiento de sí mismas y del mundo, por eso nos
con-mueven.
Pero seguimos con los de la torre inclinada, cuando
todo se tambalea nos hacemos egoístas y nos aferramos a lo que tenemos, así es
como, huyendo de sí mismos se encuentran hablando de sí (se escriben muchas
autobiografías, por ejemplo), ese aspecto, nos dice la
lúcida Virginia, es lo que salvará el legado de esa generación, los artistas de
la torre inclinada, nos dice, han tenido el valor de lanzar por la ventana las
cajitas de juguetes con las que los escritores aristocráticos construían sus
mundos ficticios.
Ella ya no entrará en la siguiente generación,
en ese tiempo, 1940, poco antes de morir, espera que los próximos escritores –o
escritoras- puedan penetrar la realidad y que escriban obras que la gente
recuerde cuando estén solas. Espera que el acceso más generalizado al
conocimiento mediante la enseñanza pública y el sistema de bibliotecas del
estado, junto a una recaudación de impuestos más equitativa pueda hacer que las
torres caigan, que los escritores escriban desde el mundo y desde la sinceridad
consigo mismos, una conjunción difícil pero necesaria. Algo que se suele dar
más desde un pensamiento en femenino.
Virginia Woolf no llegaría a conocer todo el
horror de la segunda guerra. Aun así podemos pensar que lo que ella esperaba
llegó a pasar ya que la educación, la lectura y la escritura están más
generalizadas, pero ¿qué diría hoy en día de los escritores de la generación
precedente?, ¿han dejado de existir las torres?
Mi opinión es que algunos sí lo han hecho como
el periodista y novelista García Márquez, como Borges o Cortazar que nos recrean mundos en los que se vislumbra lo real y los sueños, la verdad
de sí mismos y del mundo envueltas en formas imaginadas, antiguas y nuevas, con
un lenguaje que se nos inserta en nuestro existir, algo que podemos hacer
presente cuando hemos de afrontar la realidad. Pensemos también en los autores
que nos narran la experiencia de la segunda guerra o de los campos desde su propio
y auténtico sentir, algo muy grande cargado de eso que llamamos “humanidad”.
Existen las torres, pero los que nos dan sus
opiniones personales en forma de lección desde ellas (Vargas Llosa, Pérez
Reverte…) no están allí por disponer de mejores conocimientos que el resto sino
porque la gran empresa del mundo global les ha puesto allí. Viven de libros que
fabrican mediocres (ellos, Coelho). ¿Cuántos buenos escritores andan perdidos
tras las autopublicaciones que sólo llegan a unos pocos? Claro que también hay
mucha mediocridad, lo mediocre abunda, la mayoría de l@s que escribimos nos movemos en la mediocridad con más o menos oficio, ya es mucho que no hayamos huido ni de
nosotr@s mismas, ni del mundo.
Reconocer el genio en otr@s, valorar el genio
de otr@s, sólo eso podemos hacer para resistir ante la actual “democratización[1]”
de la escritura y dejar caer algunas torres, eso también.
La literatura es un territorio común que nos
puede salvar del abismo siempre que aprendamos por nuestra cuenta a leer y a
escribir, a conservar y a crear.
Mª Àngels García-Carpintero
L’H, 28-3-19
