lunes, 10 de septiembre de 2018

Nosotras y los sesudos


Nosotras y los sesudos
He leído a bastantes filósofos, lingüistas, psicólogos, educadores, teólogos, historiadores… para saber más acerca del lenguaje, de la educación y de las grandes preguntas de la humanidad, especialmente. Esto es lo que he encontrado en referencia a la mujer:
La mayoría de ellos, simplemente nos omite, por todas partes encuentras la palabra “hombre” como genérico, ¿del ser humano?, me suena más de “ellos”.
En todo caso, cuando hablan de la mujer, lo hacen en términos sexistas o de cosificación. Por ejemplo, el lingüista Coseriu (1921-2002), en su tratado de lingüística general, no nombra ni una vez a las madres, sólo dice: “El niño aprende generalmente el idioma de sus padres, que le enseñan la norma dominante en su comunidad”.[1] Aun aceptando las generalizaciones, ¿no es extraño que en todo su tratado no nombre a las madres como transmisoras del lenguaje? y ¿realmente de lo que se trata es de enseñar una norma “dominante” cuando favorecemos el uso del lenguaje? La única vez que utiliza la palabra “mujer” es para poner una frase de ejemplo acerca de “una mujer con las piernas bonitas”.
Chomsky sí reconoce la importancia de los dos primeros años para el establecimiento del lenguaje, pero minimiza su importancia, cosa en la que discrepamos profunda y demostradamente, pero eso es ya un ensayo en sí.
No son más que ejemplos que expongo en mi trabajo sobre “El lenguaje de las madres” porque me han hecho gracia o me han resultado chocantes. La mayoría de mensajes misóginos, sexistas y vilipendiadores con respecto a nosotras no he podido recogerlos, duele demasiado, por otra parte tampoco querría repetirlos, están ahí, en los libros de los sesudos.
Lo que más duele es que eso ha revertido en la sociedad, como la creencia de que son las madres las culpables de todo. ¿Os imagináis el dolor de una madre con una criatura con síntomas autistas leyendo a Betthelheim en “La fortaleza vacía”? Yo sí y no puedo soportarlo.
Ha habido algunos honrados filósofos que sí que han reconocido las valiosas aportaciones de las mujeres que han tenido a su lado, como hizo John Stuart Mill con respecto a su segunda mujer Harriet Taylor Mill (1807-1858), feminista que influyó en su pensamiento, algo que, aunque él siempre reconoció, no transcendió.
Otras muchas fueron también silenciadas, si no por sus mismos compañeros de pensamiento, por sus coetáneos, expondré dos ejemplos más:
Isabel de Bohemia (1618-1680), pidió a Descartes que le diera clases de filosofía, mantuvo después con él una asidua correspondencia en la que se mostró crítica, especialmente con el dualismo de intentar separar la razón de la pasión, el cuerpo y el alma, considerando ésta como la facultad de pensar que debía ejercer un dominio sobre las pasiones. Ella le hace observar la importancia de la experiencia y de lo que vendría a ser “el sentido común”. Descartes conversa con ella, no lo rechaza, pero no ve cómo integrarlo. Los razonamientos de Isabel son valorados por el filósofo, como otros que mantuvo con otras amigas, pero él siempre se mostrará como el maestro de ellas.
Anne Finch Conway (1631-1679), mujer de amplios intereses científicos y filosóficos, pretendía aunar las observaciones empíricas con los principios filosóficos y morales. Consideraba que la naturaleza estaba constituida por mónadas[2], sustancias indivisibles de toda materia, dotadas de fuerzas vitales e integradas en el orden universal. Su tratado «Principios de la Más Antigua y Moderna Filosofía», publicado anónima y póstumamente en 1690, propone una ontología del espíritu. A la muerte de Ana Finch, Jan Baptista van Helmont viajó a Hanover y presentó la obra a Leibniz que incorporó ideas de Ana a sus sistema filosófico contrario al mecanicismo, dando origen al Vitalismo. Aunque Leibniz reiteró las referencias a la condesa de Conway, como fuente de sus ideas, su obra fue atribuida a van Helmont. 

Pero lo peor es cuando son vilipendiadas y no por sus escritos, que si perduran es porque son válidos, sino por su aspecto personal. A Simone Weil (1909-1943) filósofa, activista sindical, obrera, maestra…  todo el mundo le reconoce su gran valía intelectual, pero lo que se rememora una y otra vez son los descalificativos que se dieron a su persona desde círculos reaccionarios. ¿Cómo se atreven? Se puede y se debe criticar las ideas pero no repitiendo insultos, eso demuestra la escasa talla intelectual y moral de quien lo hace. Pero se hace, especialmente con las mujeres, aunque también con otros colectivos, como los de homosexuales. (Si una es mujer y homosexual, el colmo del desprecio cae sobre ella)
No fue siempre así en la antigüedad. Las civilizaciones antiguas tenían diosas de la fertilidad y de la fecundidad que adoptaron diferentes nombres según la procedencia: las “damas” ibéricas encontradas en zonas del Mediterráneo, el culto a Tànit de los cartagineses o Astarté para los fenicios parecen provenir de la Isis egipcia. En el mundo helénico, los “misterios eleusinos” fundamentados en el reencuentro de la diosa Deméter y su hija Perséfone (o Kore), estaban muy extendidos y representaban la fertilidad de la vida y de la tierra y el Amor entre madre e hija. Los griegos no sólo tenían diosas que luego pasaron al mundo romano, también profetisas y mujeres que, reales o imaginadas, impregnaban de sabiduría tanto como las figuras masculinas. Platón hace intervenir a Diotima de Mantinea en “El Banquete”, un diálogo sobre el amor en el que también hace intervenir a Sócrates. Aunque las mujeres griegas estaban tan relegadas como otras, tenían su representación.
El imperio romano, incorporó algunas de estas figuras, pero su régimen de patriarcado unido al de los hebreos con la romanización del cristianismo, acabó despreciando totalmente a la mujer. El cristianismo tuvo que aceptar aquellas deidades femeninas míticas para extenderse y las adaptó a la figura de María, la madre de Jesús. Una figura que representa la maternidad pero que ya nunca tuvo una hija en brazos, con lo que el poderoso vínculo madre-hija por el que circula la vida, quedó relegado tanto como la mujer.
En la Edad Media hubo mujeres que ejercían su autoridad y sus amplios y variados conocimientos desde los monasterios, la noble cuna o las asociaciones laicas como las de las beguinas que ofrecían consuelo y educación y que fueron arrasadas por la Inquisición. Las brujas eran mujeres que ayudaban en los partos o en los abortos, ayudaban a nacer y morir.
Silvia Federici[3] relaciona la caza de brujas que se produjo entre los siglos XIV y XVII[4] con el desarrollo contemporáneo de una nueva división sexual del trabajo que confina a las mujeres al trabajo reproductivo al servicio de los que dominan el mundo, para lo cual la Iglesia tomó el control sobre el cuerpo de las mujeres. Tras la peste y otras enfermedades que redujeron la población, se permitió la violación y la prostitución.
El paso de una economía de subsistencia de la sociedad feudal a una economía de acumulación y especulación trajo consigo la degradación del trabajo, que pasó a ser asalariado para el varón y relegó a la mujer al ámbito reproductivo o a la prostitución, dado el aumento del hambre entre la población y las escasas posibilidades de la mujer, a la que se le impedía la educación. En dos siglos se consiguió someter a la mujer mediante la violencia, las leyes y el juicio moral establecido por las iglesias y asumido por ellas mismas.
Nos indigna la violencia feroz, primitiva y contundente, la que acaba con la vida de las mujeres o las somete a base de golpes e insultos, pero lo que se lee en los libros escritos por los sesudos es mucho más preocupante, ellos marcaron las tendencias. ¿Cómo cambiar siglos de opresión?
Será difícil, pero lo vamos a hacer. Lo primero es combatir los micromachismos que se dan continuamente a nuestro alrededor, descubrir las falacias que se esconden tras el lenguaje sexista, relegar aquellos desprecios que nos duelen y dar valor a los y a las que reconocen el valor de la vida de todos y de todas.
¿He encontrado ese reconocimiento en lo que llevo leído? Sí, algo.
Lo he encontrado en algunos –pocos- pedagogos que basan su educación (teoría y práctica) en lo que aprendieron de sus madres, como Pestalozzi (Suiza, 1746-1827) que fue uno de los primeros educadores que dio importancia al papel de las madres en la educación de los primeros años de vida, lo que consideraba fundamental para el buen desarrollo humano. Él, no sólo lo pensó y lo escribió, sino que lo aplicó entre los huérfanos, intentando educar en un ambiente de hogar, con el amor y buen criterio con que su madre lo había educado a él.
Lo he encontrado en algunos grandes autores (grandes como escritores y como personas, como Eduardo Galeano), en mujeres filósofas que trabajan con perspectiva de género, como en la UB o en lingüistas como Julia Kristeva (Bulgaria, 1941)... lo bueno es que ellas (y algunos conscientes compañeros) critican ideas respetando personas. Si no me creéis, leerl@s.
También en los místicos y las místicas de cualquier religión. La mística siempre es la misma y lleva a volver la mirada al otro. Pero eso será otro ensayo.
Aún hay mucho camino por recorrer. Ahí andamos.
Mª Àngels García-Carpintero
L’Hospitalet, septiembre, 2018

Alguna bibliografia:
Arendt, H. (2011) La condición humana. Barcelona: Paidós, 1ª ed. 1958
(2016) La última entrevista y otras conversaciones. Bcn.: Página Indómita.
Àvila i Serra, Martí (2006) Breu història del cristianisme. Barcelona: Publicacions de l’abadia de Montserrat. Bibl. Serra d’or.
Birulés, F., Rius, R.(2011) Pensadoras del S. XX. Aportaciones al pensamiento filosófico femenino. Publicación 114 de la Adm. General del Estado. Instituto de la mujer.
Borges, J. L. (1996) Historia de la eternidad. Madrid: Alianza (1ª ed. 1971).
Bruzzese, M. y Demartino, G. (2000) Las filósofas. Las mujeres protagonistas en la historia del pensamiento. Madrid: Cátedra.
Camps, Victoria. (2003) El siglo de las mujeres. Madrid: Cátedra. (1ª ed. 1998)
Chiaia, M. y otras. (2006) Mujeres místicas, desde Hildegarda a Simone Weil. Narcea.
Egeria (2017), Viaje de Egeria. El primer relato de una viajera hispana. Ed., prólogo y trad. Carlos Pascual. La línea del horizonte.
Ferry, L. y Jerphagnon, L. (2010) La tentación del cristianismo. De secta a religión. Paidós.
Galeano, E. (2015) Mujeres. Madrid: S. XXI
Goldman, Emma (2017) Feminismo y Anarquismo.  Madrid: Enclave
Federici, Silvia (2017. 7ª ed.). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Ed. Traficantes de Sueños. Historia.
Gleichauf, Ingeborg (2005) Vull comprendre, historia de dones filòsofes. La Desclosa.
Institut Català de les dones. (2009) Moments històrics de les dones a Catalunya.
Llinàs, Masó i Sánchez (2002) Les dones i les filosofies. Col. D+1, 4 Dip. de Barcelona.
Mitre, E. (2000) Las herejías medievales de Oriente y Occidente. Madrid: Arco Libros. Cuadernos de historia.
Murano, Luisa (1994) El orden simbólico de la madre. Madrid: Ed. Horas y horas. Col. Cuadernos inacabados.
Paz, Octavio (1982) Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe. Méjico: Fondo de cultura económica.
Pestalozzi, J. H. Cómo Gertrudis enseña a sus hijos. Fines y métodos de la educación del pueblo. Cartas dirigidas a Gessner. Versión española de J. Tadeo Sepúlveda

Pizán, C. (2013) La ciudad de las damas. Madrid: Siruela pról. V. Cirlot.
Porete, M. (2005) El espejo de las almas simples. Madrid: Siruela, trad. i ed. B. Garí.
Rivera, María-Milagros. (2003) Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000. Barcelona: Icaria (1ª ed. 2001)
Rodriguez Madga, Rosa Ma.  (ed.) (1997) Mujeres en la historia del pensamiento. Revista Anthropos, núm. 94
Tommasi, W. (2002) Filósofos y mujeres. La diferencia sexual en la historia de la filosofía. Madrid: Narcea
Varis autors (1995) Quinze pedagogs. La seva influència avui. UOC



[1] Coseriu, E. (1986) Introducción a la lingüística, 4.3.2. La realidad del lenguaje.
[2] Concepto que deriva de la Cábala (mística judía).
[3] Federici, Silvia (2017. 7ª ed.). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria. Ed. Traficantes de Sueños. Historia.
[4] Aunque aún se producen “cazas de brujas” como explica Federici en una entrevista de 2017:

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