Nosotras y los sesudos
He leído a bastantes filósofos, lingüistas, psicólogos,
educadores, teólogos, historiadores… para saber más acerca del lenguaje, de la
educación y de las grandes preguntas de la humanidad, especialmente. Esto es lo
que he encontrado en referencia a la mujer:
La mayoría de ellos, simplemente nos omite, por todas
partes encuentras la palabra “hombre” como genérico, ¿del ser humano?, me suena
más de “ellos”.
En todo
caso, cuando hablan de la mujer, lo hacen en términos sexistas o de cosificación.
Por ejemplo, el lingüista Coseriu (1921-2002), en su tratado de lingüística general, no
nombra ni una vez a las madres, sólo dice: “El
niño aprende generalmente el idioma de sus padres, que le enseñan la norma dominante en su comunidad”.[1]
Aun aceptando las generalizaciones, ¿no es extraño que en todo su tratado no
nombre a las madres como transmisoras del lenguaje? y ¿realmente de lo que se
trata es de enseñar una norma “dominante” cuando favorecemos el uso del
lenguaje? La única vez que utiliza la palabra “mujer” es para poner una frase
de ejemplo acerca de “una mujer con las
piernas bonitas”.
Chomsky sí reconoce
la importancia de los dos primeros años para el establecimiento del lenguaje,
pero minimiza su importancia, cosa en la que discrepamos profunda y demostradamente,
pero eso es ya un ensayo en sí.
No son más que ejemplos que expongo
en mi trabajo sobre “El lenguaje de las madres” porque me han hecho gracia o me han
resultado chocantes. La mayoría de mensajes misóginos, sexistas y
vilipendiadores con respecto a nosotras no he podido recogerlos, duele
demasiado, por otra parte tampoco querría repetirlos, están ahí, en los libros
de los sesudos.
Lo que más duele es que eso ha
revertido en la sociedad, como la creencia de que son las madres las culpables
de todo. ¿Os imagináis el dolor de una madre con una criatura con síntomas
autistas leyendo a Betthelheim en “La
fortaleza vacía”? Yo sí y no puedo soportarlo.
Ha habido algunos
honrados filósofos que sí que han reconocido las valiosas aportaciones de las
mujeres que han tenido a su lado, como hizo John Stuart Mill con respecto a su segunda mujer Harriet Taylor Mill (1807-1858), feminista que influyó en su pensamiento, algo que, aunque él
siempre reconoció, no transcendió.
Otras muchas fueron también silenciadas, si no por sus mismos compañeros de
pensamiento, por sus coetáneos, expondré dos ejemplos más:
Isabel de Bohemia (1618-1680), pidió a Descartes que le diera clases de filosofía, mantuvo después con él
una asidua correspondencia en la que se mostró crítica, especialmente con el
dualismo de intentar separar la razón de la pasión, el cuerpo y el alma,
considerando ésta como la facultad de pensar que debía ejercer un dominio sobre
las pasiones. Ella le hace observar la importancia de la experiencia y de lo
que vendría a ser “el sentido común”. Descartes conversa con ella, no lo
rechaza, pero no ve cómo integrarlo. Los razonamientos de Isabel son valorados
por el filósofo, como otros que mantuvo con otras amigas, pero él siempre se
mostrará como el maestro de ellas.
Anne Finch Conway (1631-1679), mujer de amplios intereses científicos y filosóficos, pretendía aunar las
observaciones empíricas con los principios filosóficos y morales. Consideraba
que la naturaleza estaba constituida por mónadas[2], sustancias indivisibles de toda materia, dotadas de
fuerzas vitales e integradas en el orden universal. Su tratado «Principios de la Más Antigua y Moderna
Filosofía», publicado anónima y póstumamente en 1690, propone una
ontología del espíritu. A la muerte de Ana Finch, Jan Baptista van Helmont viajó a Hanover y presentó la obra a Leibniz que incorporó ideas de Ana a sus sistema filosófico contrario al mecanicismo, dando origen al Vitalismo. Aunque Leibniz reiteró las referencias a la condesa de Conway, como fuente de sus ideas, su obra fue atribuida a van Helmont.
Pero lo peor es cuando son
vilipendiadas y no por sus escritos, que si perduran es porque son válidos,
sino por su aspecto personal. A Simone
Weil (1909-1943) filósofa, activista sindical, obrera, maestra… todo el mundo le reconoce su gran valía
intelectual, pero lo que se rememora una y otra vez son los descalificativos
que se dieron a su persona desde círculos reaccionarios. ¿Cómo se atreven? Se
puede y se debe criticar las ideas pero no repitiendo insultos, eso demuestra
la escasa talla intelectual y moral de quien lo hace. Pero se hace,
especialmente con las mujeres, aunque también con otros colectivos, como los de
homosexuales. (Si una es mujer y homosexual, el colmo del desprecio cae sobre
ella)
No fue siempre así en la
antigüedad. Las civilizaciones antiguas tenían diosas de la fertilidad y de la
fecundidad que adoptaron diferentes nombres según la procedencia: las “damas” ibéricas encontradas en zonas del
Mediterráneo, el culto a Tànit de los cartagineses o Astarté para los fenicios
parecen provenir de la Isis egipcia. En el mundo helénico, los “misterios
eleusinos” fundamentados en el reencuentro de la diosa Deméter y su hija
Perséfone (o Kore), estaban muy extendidos y representaban la fertilidad de la
vida y de la tierra y el Amor entre madre e hija. Los griegos no sólo tenían
diosas que luego pasaron al mundo romano, también profetisas y mujeres que,
reales o imaginadas, impregnaban de sabiduría tanto como las figuras
masculinas. Platón hace intervenir a
Diotima de Mantinea en “El Banquete”, un diálogo sobre el amor
en el que también hace intervenir a Sócrates.
Aunque las mujeres griegas estaban tan relegadas como otras, tenían su
representación.
El
imperio romano, incorporó algunas de estas figuras, pero su régimen de
patriarcado unido al de los hebreos con la romanización del cristianismo, acabó
despreciando totalmente a la mujer. El cristianismo tuvo que aceptar aquellas
deidades femeninas míticas para extenderse y las adaptó a la figura de María,
la madre de Jesús. Una figura que representa la maternidad pero que ya nunca
tuvo una hija en brazos, con lo que el poderoso vínculo madre-hija por el que
circula la vida, quedó relegado tanto como la mujer.
En la
Edad Media hubo mujeres que ejercían su autoridad y sus amplios y variados
conocimientos desde los monasterios, la noble cuna o las asociaciones laicas
como las de las beguinas que ofrecían consuelo y educación y que fueron
arrasadas por la Inquisición. Las brujas eran mujeres que ayudaban en los
partos o en los abortos, ayudaban a nacer y morir.
Silvia Federici[3] relaciona la
caza de brujas que se produjo entre los siglos XIV y XVII[4] con el
desarrollo contemporáneo de una nueva división sexual del trabajo que confina a
las mujeres al trabajo reproductivo al servicio de los que dominan el mundo,
para lo cual la Iglesia tomó el control sobre el cuerpo de las mujeres. Tras la peste y otras enfermedades que
redujeron la población, se permitió la violación y la prostitución.
El paso de una economía de
subsistencia de la sociedad feudal a una economía de acumulación y especulación
trajo consigo la degradación del trabajo, que pasó a ser asalariado para el
varón y relegó a la mujer al ámbito reproductivo o a la prostitución, dado el
aumento del hambre entre la población y las escasas posibilidades de la mujer,
a la que se le impedía la educación. En dos siglos se consiguió someter a la
mujer mediante la violencia, las leyes y el juicio moral establecido por las
iglesias y asumido por ellas mismas.
Nos
indigna la violencia feroz, primitiva y contundente, la que acaba con la vida
de las mujeres o las somete a base de golpes e insultos, pero lo que se lee en
los libros escritos por los sesudos es mucho más preocupante, ellos marcaron
las tendencias. ¿Cómo cambiar siglos de opresión?
Será
difícil, pero lo vamos a hacer. Lo primero es combatir los micromachismos que
se dan continuamente a nuestro alrededor, descubrir las falacias que se
esconden tras el lenguaje sexista, relegar aquellos desprecios que nos duelen y
dar valor a los y a las que reconocen el valor de la vida de todos y de todas.
¿He
encontrado ese reconocimiento en lo que llevo leído? Sí, algo.
Lo he
encontrado en algunos –pocos- pedagogos que basan su educación (teoría y
práctica) en lo que aprendieron de sus madres, como Pestalozzi (Suiza, 1746-1827) que fue uno de los
primeros educadores que dio importancia al papel de las madres en la educación
de los primeros años de vida, lo que consideraba fundamental para el buen
desarrollo humano. Él, no sólo lo pensó y lo escribió, sino que lo aplicó entre
los huérfanos, intentando educar en un ambiente de hogar, con el amor y buen
criterio con que su madre lo había educado a él.
Lo he
encontrado en algunos grandes autores (grandes como escritores y como personas,
como Eduardo Galeano), en mujeres
filósofas que trabajan con perspectiva de género, como en la UB o en lingüistas
como Julia Kristeva (Bulgaria,
1941)... lo bueno es que ellas (y algunos conscientes compañeros) critican
ideas respetando personas. Si no me creéis, leerl@s.
También
en los místicos y las místicas de cualquier religión. La mística siempre es la
misma y lleva a volver la mirada al otro. Pero eso será otro ensayo.
Aún
hay mucho camino por recorrer. Ahí andamos.
Mª
Àngels García-Carpintero
L’Hospitalet,
septiembre, 2018
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[2]
Concepto que deriva de la Cábala (mística judía).
[3] Federici, Silvia (2017. 7ª
ed.). Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo
y acumulación originaria. Ed. Traficantes de Sueños. Historia.
[4]
Aunque aún se producen “cazas de brujas” como explica Federici en una
entrevista de 2017:
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