3.5. La voz que aglutina.
“Pero Rut dijo: No insistas que te deje o que
deje de seguirte; porque adonde tú vayas, iré yo, y donde tú mores, moraré. Tu
pueblo será mi pueblo, tu dios será mi dios, donde
tu mueras, moriré yo.…”[1] L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
Aunque la Biblia es un libro
que refleja el patriarcado con las costumbres y símbolos propios de las
sociedades que lo fundamentan, hay relatos que rompen con lo establecido. Uno
de ellos es el de Abraham negándose (aunque se exprese en el “decir” de un
ángel) a sacrificar a su hijo, como era costumbre en esas civilizaciones. Abrahan
intenta ser fiel con los ritos pero es más fiel a “la palabra” que siente en su
interior y que lo lleva a romper con las tradiciones de muerte eligiendo la
vida. Abraham es considerado el padre de las tres religiones del libro: judíos,
cristianos y musulmanes.
Otro relato, no tan conocido,
es el que podemos leer en el libro de Rut. Rut, la viuda moabita (una
extranjera), se adhiere a su suegra, Noemí, por amor. Rut engendrará, de un
pariente de Noemí, a Obed, abuelo de David. Mateo[2], en la genealogía
masculina del inicio de su Evangelio, menciona a Rut, como menciona a la mujer
de Urías, madre de Salomón, concebido por el pecado de David al mandar a Urías
a la guerra para que este muriera y poder tener a su mujer, como así fue. No
hay más nombres de mujer hasta María, mujer de José, ya que de él es esta línea genealógica. Se incluye al
foráneo (y además mujer), al fruto del pecado de un rey (del que siempre se
arrepintió) y al considerado padre adoptivo, como parte de la línea de la vida.
Muchas voces se alzan
intentando liderar movimientos, no todas han sido o son seguidas, o lo son por
un tiempo y luego caen en el olvido. Las consignas, prédicas y proclamas pueden
aglutinar en un momento dado, cuando deseas unirte a un grupo, hasta que vuelves
a oír la voz de la propia conciencia y consciencia. La voz que aglutina es la
de verdad, la justicia y la razón. Esas voces suelen ser acalladas, es el
riesgo que se corre. Cuando te aíslan por decir la verdad tienes que atravesar
el desierto que se te abre por delante. El desierto es duro, en él te encuentras
sólo o sola, te enfrentas con tus angustias y miedos, las reconoces, aceptas
llevarlas contigo, descubres lo que, en el fondo, te mueve, te sabes
vulnerable… excavando en tu interior encuentras un pozo, emerges, sacas un agua
limpia, bebes de esa agua, te quedas donde estas, has encontrado tu centro,
acoges a caminantes, dialogas, te conviertes en la voz que aglutina, no por
decir lo que piensas sino por reconocer la verdad que cada uno lleva consigo.
El agua de tu pozo es el
agua de la fuente que mana el agua viva, es la que transmite la corriente
vivida por otros y que dará vida a otros. La reconoces en el pozo interior de
cada uno de los otros.
La voz que aglutina es la
voz que se adhiere a la causa del otro, es la voz que entra en relación para
dar más voz, es la voz acallada que desde el silencio deja escuchar el agua de
la fuente.
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