viernes, 18 de noviembre de 2016

3.4. Voces que expresan. Dar la palabra.

3.4. Voces que expresan. Dar la palabra.
La voz está íntimamente ligada a nuestro cuerpo y emociones. Desde el llanto del nacimiento hasta el grito de la muerte. Es expresión, es comunicación, hacia fuera. A su vez, la voz es una llave para el interior.[1] L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
Delacroix[2], un filósofo francés que quedó relegado por no utilizar el método científico, reflexionó sobre lo simbólico del lenguaje, del arte o de la religión, como formas de expresión y de constitución, a la vez, del pensamiento y del sentimiento. Nos parece importante resaltar esa conjugación del pensamiento y del sentimiento a través de realidades simbólicas, la sentimos como propia.
Según él, el lenguaje depende de tres factores: la vida social, el progreso de la expresión de las emociones y la estructura de la inteligencia. Para que haya lenguaje, hace falta un espíritu… es necesario dejar de ser una cosa entre las cosas, hay que situarse fuera de ellas, para “apercibirlas” y actuar sobre ellas. El pensamiento representa las cosas y sus relaciones, los actos mentales o posibles actuaciones y los juicios de valor y constituye los símbolos como las palabras, los conceptos o la identidad.
El que por primera vez “desnuda” su alma lo hace en la penumbra de la voz monótona y de la mirada ausente. El que no acaba de hacer las paces con su dolor, lo expresa en el contraste desarmónico de cambios de altos y bajos.
Actualmente se habla mucho de las “personas tóxicas”, no es más que un calificativo despreciativo. Cierto que hay voces intoxicadas, esperpénticas, disonantes, que muestran el mucho dolor que se siente. Escuchar estas voces es escuchar el dolor, implica acercarse a la persona que sufre, dejarse interpelar, consolarla, permitir que siga su camino, desear que encuentre la paz. Cuando el discurso es tóxico, envenenado por esas emociones primarias que conocemos bien porque son también las nuestras, no es necesario entrar en él, oímos la voz, comprendemos el dolor, permitimos que se exprese y “dejamos ir”, en paz.
La voz y la mirada nos identifican toda la vida, pero a veces se distorsionan, hay personas que no pueden o no saben adentrarse en su interior, pretenden eludir el miedo o el dolor y quedan atrapados. El “yo” atrapado es el yo en el silencio del otro,  el del monólogo que nadie escucha, es la locura del yo que no entra en relación con un tu, que no escucha, que no se deja interpelar… La mayor demencia que se puede padecer es la de la ausencia de un “tu”.[3]
Nadie puede hablar más que por sí mismo. Devolver la palabra a los maltratados, esclavizados… a “los nadies”[4], no significa hablar por ellos, significa escuchar. Las personas que han atravesado la desdicha de la exclusión social, los que se ven al borde del abismo, saben muy bien qué es lo esencial de su palabra, suele fundamentarse en lo que les enseñaron sus madres, esa es su dignidad incondicional, si no me creéis, escuchadles.
Reconociendo las emociones, contactando con los sentimientos y las entrañas, abrimos el pensamiento y nos hacemos capaces de modular la voz, dando nuestra propia palabra. Dar la palabra es decir SI y decir NO, decimos “no” para preservar y cuidar nuestros “si”.
Sólo los niños –y los locos- dicen la verdad. Pertenecer a la verdad representa hacerse como niños y, consecuentemente, ser menospreciado, algo a lo que no estamos dispuestos. Nos engañamos, aparentando ser lo que no somos, callando para no ser mal vistos, conformándonos con la opinión pública que se impone como el más vil de los tiranos. La incoherencia entre lo que manifestamos y nuestro interior tiene un coste personal muy alto, atravesar las incomprensiones, silencios o menosprecios lleva a la honestidad que es la auténtica fuente de paz interior.
Pertenecer a la verdad no quiere decir exponernos pública e innecesariamente. El pudor es un valor con el cual nos guardamos a nosotros mismos. Preservar la intimidad es una parte esencial de nuestro ser-mismo.
El arte es la manera de expresarnos desde nosotros mismos en las infinitas formas simbólicas creadas y re-creadas. El arte, como la mística, es ver y reflejar lo bello en lo feo, lo espiritual en lo cotidiano, lo alegre en lo triste. Es tomarse el desamor y las contrariedades con humor, es cantar de melancolía y salir, así, de ésta. Es ponerse a interpretar un papel que no es el nuestro dando lo mejor de nuestra esencia en ese otro en cuya piel nos ponemos
El amor expresa y crea la relación del yo con el tú. “La esencia invisible de nuestra alma se revela a través de las palabras”[5] y del arte, de lo simbólico.
La palabra auténtica es siempre expresión del amor. La palabra sin amor es un abuso del don de la palabra, la palabrería convencional está petrificada, no dice nada. La palabra viva es fruto de la vida espiritual y de la relación y el amor… puede alcanzar a cualquiera.



[1] Cerezo Arce, Cristina. Gestalt, Voz y Cuerpo. Técnica Roy Hart. http://www.escuelagestalt.com/wp-content/uploads/2011/11/Gestalt-Voz-y-Cuerpo.pdf
[2] Delacroix, H. (Paris, 1873-1937)
[3] Ebner, la palabra… (fragmento VII)
[4] Galeano, E. (1940) Los nadies. Poema.
[5] Ebner, la palabra… (fragmento II)

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