1 Mentiras
Crecimos rodeados de silencio
y envueltos de mentiras. No sólo en la infancia fascista de la postguerra. No
sólo mientras el franquismo daba los últimos coletazos y le ayudábamos a caer
desde diversos frentes, mientras nos preparaban esta tibia y vomitiva
democracia que tenemos ahora. Las más
grandes mentiras las oí en la Universidad, allí las mentiras “sientan cátedra”.
La visión que se tiene de
los barrios obreros, por ejemplo, estaba, y aún está, llena de prejuicios y de estereotipos. - ¿Tú eres de Bellvitge? Bueno debes ser un
caso raro. – No, justamente soy fruto de la educación recibida en el barrio.
Cara de póker. – En esos barrios no viven
catalanes, por eso apenas oyes hablar un catalán de clase baja. ¿Cómo lo
sabes? ¿Has vivido allí? ¿Te has paseado por las calles? ¿Has tenido vecinos en
esos barrios?
La visión del mundo, para
algunos, desde la tarima, es nefasta: -
Somos demasiados, en los próximos años sobrarán muchas personas. ¿Sobrarán?,
si así lo crees di, al menos, sobraremos.
Para nosotros los otros son “ellos”, pero nosotros somos “ellos” para
otros.
Barbaridades más grandes se
oyen en los cafés o los mercados, pero en la Universidad se tendría que hablar
con propiedad y respeto a la inteligencia y al saber recogido. Se hace valer la
ciencia para fundar las creencias, citando escasos y tendenciosos estudios
pseudocientíficos. Nunca se habla de lo que no conviene, como, por ejemplo de
la crueldad y de la a menudo menudencia de la denominada “ciencia”. Evidentemente,
no hablo en contra de la ciencia, pero sí de que se la endiose como se endiosan
muchos que hablan desde cualquier púlpito. La lógica preponderante sigue siendo
la lógica cartesiana, la que se desarrolla partiendo de premisas, pero ¿y si
son falsas las premisas? Todo se desmorona.
No hay conocimiento más
grande que el que revela la
intuición. La intuición no es irracional, como algunos pretenden hacernos
creer. Con la intuición “ves”. Nada más certero que la intuición sobre la base
de la razón que atiende al corazón, del conocimiento que da la experiencia, del
pensar que promueven los que de verdad estimulan nuestra mente desde las
preguntas y no desde las doctrinas, del interés por estar de parte de lo bueno, lo cierto, lo justo. El
pensamiento intuitivo se desenvuelve en ondas, como el agua, el sonido o los
astros en el cielo. Esa
es la manera de desenvolver nuestro pensar los excluidos: algunas mujeres, algunos
filósofos, los auténticos artistas, los locos y
los niños. Lo desprecian porque no lo alcanzan.
Luego están las historias, las
muertas y las mortales, escritas desde lo ya escrito, desde la falta de conocimiento
real, desde las tendencias y desde el sometimiento, la humillación y el aniquilamiento.
Esa es la historia que nos hacían tragar sin paliativos. La historia, como la
lengua, está viva y es abierta, receptiva y plural o no es. La historia ha de buscar
como todas las disciplinas, la verdad, aunque ésta nunca se alcance. La verdad sólo accede a crear en nosotros adhesión o rechazo. Adhesión porque estamos dispuestos a conocer nuestras miserias, a intentar comprender las razones del otro y a aceptar las consecuencias de nuestros actos.
Si en la Universidad oyes algunas
mentiras, los medios las propagan a raudales y por doquier. El “Gran Hermano” de la novela 1984 de George Orwell o el más
dulcificado “Mundo Feliz” de Aldous Huxley,
ya están aquí. Y da pavor. Todo se vuelve en contra de las personas,
grupos y entidades que intentan con todas sus fuerzas contrarrestar la
iniquidad y la malevolencia. No os penséis que son pocas, no, son muchas, pero
el sistema nos engulló a todos y es más fuerte. Se hace pasar por criminal al
que vive al margen del sistema. Se condena al que denuncia los delitos del
sistema. Luego, el sistema fagocitará esos cambios y promoverá leyes para
contrarrestar aquellos delitos, pero ya se habrán ingeniado otros. Mientras
tanto, los inocentes habrán sido crucificados, eso sí, luego los subirán a los
altares.
Las instituciones no tienen
más misión que la supervivencia del sistema, de cualquier sistema con su carga de
mentiras. Si en algo coinciden todas las instituciones sean de signo religioso,
político o social, sean “carcas” o de ideas avanzadas es en el ejercicio del
poder, el que se ejerce con presión y mentira. Las instituciones fijan y dan
esplendor a las mentiras. No es sólo lo que se dice incorrecta y falsamente, es
también lo que se acalla, lo que se insinúa y se lanza a la murmuración y al descrédito,
lo que se exagera con intención de ridiculizar, lo que se tergiversa sesgadamente
y es también lo que acaba en manos de los que lo socavaban y lo proclaman como propio.
Sólo hay dos maneras de
hablar: discursear proclamas o escuchar y, desde la escucha, conversar, decirse
de alguien a alguien, entenderse. Aguanté muchas horas de prédicas. Me aburristeis
mucho. Desconectaba y fantaseaba. Esta sería una tercera forma de hablar:
Fantasear. Sólo queda lo que se ha escuchado, lo que se comprende, lo que se
integra, lo que se hace vida… y los sueños, siempre nos quedarán los sueños.
Me enseñaron que lo peor de todo era la mentira. No
sabía, no sé, mentir. La mirada infantil es así, limpia, libre de prejuicios,
veraz y contundente, aunque sesgada y limitada. Los niños siempre dicen la
verdad, a su manera, hay que saber escuchar, recuperar esa voz que nos dice la
verdad. Me escuché. Me sobrevino una gran certeza: toda mi vida era una
mentira, vivía instalada en la mentira, intentando ocultar lo que me
avergonzaba. Al final todo es vanidad. Me adherí a esa verdad.
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