ICAM:
IMPOTENCIA, CONDENA, ACOSO Y MALTRATO
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
EL PROCESO DEL ICAM: IMPOTENCIA, CONDENA, ACOSO Y MALTRATO
De nuevo sentada delante del
impotente. El impotente es el médico mayor del ICAM (Institut Català
d’Avaluacions Mèdiques) que no ejerce de médico sino
de guardián. Como el guardia del cuento “Ante la ley” (recogido al final del
artículo) que Kafka hace contar al personaje del sacerdote al final de su libro
inacabado: “El
proceso”.
El médico-guardia es
impotente, no por ser una persona mayor un tanto abúlica, sino porque ha
claudicado, se somete a las leyes del sistema y nos impide acceder a los
engranajes que entrevemos por detrás de esa puerta abierta a cuya entrada no
tenemos acceso. Él es el primer impedimento.
En una ocasión anterior a la
de la impotencia que le contemplo y que aumenta la mía, el médico-guardia se
mostró molesto y me recriminó que me presentara ante él/ellos en múltiples
ocasiones. “Yo vengo porque ustedes me llaman”, hubiera dicho, si no fuera porque me
puse a llorar. No entendí su “riña”. Ahora la entiendo, estaba, está, agobiado,
hace ya mucho tiempo que claudicó de lo más importante para sí mismo: su
vocación, su llamada a devenir siendo, a hacer realidad sus sueños.
Detrás de él están los
jueces y sus leyes, leyes que sirven al sistema político del momento. Pero ya
hablaremos de ellos, pasearemos, primero, por este proceso, tan parecido al que
expone Kafka, buen conocedor del sistema judicial y de las trampas de la Ley.
La principal característica
del proceso Kafkiano es lo absurdo. Caminos intricados que te llevan de paradoja
en paradoja, caminos sin salida que te envuelven en tinieblas, que te asfixian,
que te infringen una condena a la que parece que tú mismo te vayas abocando.
Me obviaron una prueba que
demostraba la fatiga crónica, irreversible y acentuada, más aún en el lado
izquierdo, como consecuencia de las secuelas de la malformación con la que
nací. Les reclamé, me hicieron
entrar en un bucle de instancias y correos hasta que desistí, - vencéis, pero no
convencéis, acerté a decir,
antes de sucumbir.
Continuamente les decía, y
los informes así lo justificaban, que mi problema era la falta de fuerzas para
aguantar una jornada laboral, me hicieron dos aumentos de pericia: los dos en
psiquiatría.
En el primer juicio, la abogada
de la Generalitat utilizó argucias legalistas para impugnar los informes
presentados, como hizo con el del neurocirujano que me operó porque empezaba su
informe diciendo “según
mi opinión…”. El juez me
permitió hablar al final. Rebatí los argumentos mezquinos de aquella abogada. -
“No es una opinión de un cualquiera, era el jefe de neurocirugía de la Cruz
Roja de Barcelona, el que abrió y vio lo
que había, deberían tenerlo en cuenta, aunque lo exprese así…” En la sentencia el juez determina que
el ICAM actuó conforme a sus protocolos, aunque reconoce que mis padecimientos
son ciertos. No gano el juicio legalmente, pero obtengo el reconocimiento
moral, gracias a mi propia defensa, otorgado por un juez que me escuchó.
Los jueces y todo el aparato
legal están allí, detrás del primer guardián, como una barrera que jamás te
dejará pasar a ti, un simple mortal, con tu verdad. Todo es oscuro, sólo pasan
los que han aceptado engañar, los que han apagado su luz, los que han
claudicado como ellos. Son “los guardianes y sus sombras, formas sin
significado ni poder”, tal
como los define nuestro Kafka.
Aunque detrás de todo, nos
dice Kazka en su cuento, tras el guardián y la gran barrera del aparato legal,
por la puerta abierta entrevemos una luz que resplandece. ¿Es la luz de la
verdad?, nos preguntamos esperanzados, ¿la gran luz ante la que ya no necesite
mantener mi pequeña luz oscilante? No, no es más que la luz del neón, la luz
rutilante y artificial de lo que nos quieren hacer creer. Los seres oscuros no
protegen la verdad, la verdad está en el campesino del cuento "ante la
ley" que clama justicia, ellos sólo protegen el sistema político y
económico que mantiene a los grandes echando a los pequeños en sus maquinarias.
Puede que esa sea la verdad que protegen.
Aunque, individualmente,
cada uno de los guardianes y de los jueces pueda reconocer, en su fuero
interno, la verdad que el campesino lleva consigo, de poco le sirve, quizás el
campesino espera algo ante el sitio equivocado, quizás sea equivocado esperar
acceder a la compresión y a la razón; como Job, que se mantiene en sus trece de
clamar ante las injusticias que le han sobrevenido, que no claudica
ante los que le vienen a decir que “algo
malo habrá hecho” y que
finalmente es reconocido en ese único derecho que ejerce: el de clamar al cielo, aceptando que nunca accederá a la Verdad, a la Justicia… somos mortales. Aceptar
la pequeña verdad de nuestro derecho a clamar como mortales, sabedores de la
muerte que nos sobrevendrá, es la única luz que llevamos con nosotros.
Otros aspectos que se
denotan en “el proceso” de Kafka, no
así en el cuento final de “ante la ley”, son el maltrato o el acoso. El
maltrato que sufre K no es un maltrato brutal ante el que nos horrorizaríamos,
son pequeños maltratos en forma de interrogatorios culpabilizadores y
atemorizadores, de no saber por dónde vendrá el nuevo golpe, ni qué quieren de
él.
La maltratadora del ICAM es
la loca que mete los resultados de las pruebas que hay encima de su mesa en la
trituradora diciendo: - ¡Mire,
mire que hacemos con sus papeles! Es
la que me agarra por donde más me duele y no suaviza su presión ante mi queja,
la que me hace arrodillar, aunque le digo que no puedo, arguyendo que ella es
mayor que yo y aún lo hace. La que, en el nuevo juicio, se muestra tan
arrogante que es recriminada por la juez. Los jueces son más letrados, están
por encima de las falacias, contradicciones y prepotencias, reconocen nuestras
pequeñas verdades, aunque no nos sirva de nada frente a la maquinaria de la ley
que protege al sistema.
El acoso es el que sufre el
procesado absurdamente, ante las demás personas que le infieren una culpa,
aprovechan para rebajarlo o, simplemente, sospechan y vigilan. Todos somos
acosadores. Sospechamos del otro y de sus intenciones. Nos sabemos malos,
disimulamos y, por tanto, creemos que lo mismo harán los otros. Pero reconocer
esa verdad: la de nuestra pequeñez, egoísmos, engreimiento... nos lleva a hacer
las paces con nosotros mismos y, por ende, con los demás. Si nosotros, que
somos malos, damos lo mejor a nuestros hij@s, a l@s que amamos, eso mismo es lo
que también hacen los otros; confiar en ell@s, en la medida que aprendo a
confiar en mí misma, me libra de sentir el acoso. No soy su víctima, no son mis
verdugos, si dudan de mí es porque aún no confían, ya llegarán, si es que
llegan.
He sufrido, sufrimos muchos,
lo absurdo, la impotencia, los pequeños maltratos. El acoso se afrenta con la
verdad sobre nosotros mismos, con la aceptación de la realidad, sin claudicar
del todo hasta el final. El acoso viene, de quién desconfía de nosotros, como
de sí mismos, de los que nos abruman cargados de razones con el único fin de
hacernos callar. Cuando los que no sabéis de lo que habláis nos recomendáis
vuestro superficial y culpabilizador positivismo es como si echarais vinagre en
nuestras heridas. Podríais callaros.
Y aquí estoy, sin claudicar,
pero intentando cambiar de estrategia. Creo que buscaré otra puerta, abandonaré
mi puerta individual, la que sólo se entreabre ante mi necesidad de que sea
reconocida mi verdad; la que, aunque está abierta, no es accesible; la que
muestra un destello de una rutilante luz que ya no quiero alcanzar. Quizás
busque por la parte de atrás una entrada colectiva, la que da acceso al sistema
con su Mago de Oz, cegando al mundo. La puerta por dónde entran los que
aceptan cumplir con su función limpiando los engranajes, (“la limpieza de
sus rostros le daba asco”, hace pensar a K, Kafka, en el último capítulo: “El final”), la puerta por donde hacen
entrar los restos de los pobres que han sucumbido a las injusticias y sus
miserias, el combustible.
Quizás reventemos esa
puerta, pero si lo hacemos, si entramos y destruimos esa infernal máquina,
tendremos que vigilar para no convertirnos en vigilantes, si no, sólo habremos
cambiado un sistema por otro, más sutil y más perverso, como ocurre con la
democracia del juego partidista, respecto de las dictaduras.
El hombre es un lobo para el
hombre, con perdón de los lobos. Creamos sistemas y nos incorporamos a ellos,
protegiéndolos con las instituciones que domesticarán al lobo que llevamos
dentro. Reventar el sistema que nos absorbe para que, sintiéndonos protegidos,
protejamos, en realidad, a los que nos gobiernan, significará quedarnos a la
intemperie, da miedo, crearemos nuevos sistemas, indudablemente. Sólo nos queda
saberlo; saberlo y vigilar…
Ante la ley
Franz Kafka
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este
guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta
que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más
tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el
guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo
ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi
prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los
guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso
que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo
siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser
siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su
abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y
negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le
permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al
guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con
él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son
preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre
le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas
cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al
guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián:
se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa
de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en
voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la
infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado
a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas
que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya
no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en
medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la
puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las
experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta,
que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya
que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve
obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de
estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del
campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible
entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus
desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz
atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora
voy a cerrarla.
FIN
Mª Àngels García-Carpintero, l’Hospitalet de Llobregat,
febrero, 2017,
actualizado en marzo de 2017
actualizado en marzo de 2017