miércoles, 22 de febrero de 2017

Kafka y el ICAM

ICAM: IMPOTENCIA, CONDENA, ACOSO Y MALTRATO 
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
EL PROCESO DEL ICAM: IMPOTENCIA, CONDENA, ACOSO Y MALTRATO 
De nuevo sentada delante del impotente. El impotente es el médico mayor del ICAM (Institut Català d’Avaluacions Mèdiques) que no ejerce de médico sino de guardián. Como el guardia del cuento Ante la ley” (recogido al final del artículo) que Kafka hace contar al personaje del sacerdote al final de su libro inacabado: “El proceso”.
El médico-guardia es impotente, no por ser una persona mayor un tanto abúlica, sino porque ha claudicado, se somete a las leyes del sistema y nos impide acceder a los engranajes que entrevemos por detrás de esa puerta abierta a cuya entrada no tenemos acceso. Él es el primer impedimento.
En una ocasión anterior a la de la impotencia que le contemplo y que aumenta la mía, el médico-guardia se mostró molesto y me recriminó que me presentara ante él/ellos en múltiples ocasiones. “Yo vengo porque ustedes me llaman”, hubiera dicho, si no fuera porque me puse a llorar. No entendí su “riña”. Ahora la entiendo, estaba, está, agobiado, hace ya mucho tiempo que claudicó de lo más importante para sí mismo: su vocación, su llamada a devenir siendo, a hacer realidad sus sueños.
Detrás de él están los jueces y sus leyes, leyes que sirven al sistema político del momento. Pero ya hablaremos de ellos, pasearemos, primero, por este proceso, tan parecido al que expone Kafka, buen conocedor del sistema judicial y de las trampas de la Ley.
La principal característica del proceso Kafkiano es lo absurdo. Caminos intricados que te llevan de paradoja en paradoja, caminos sin salida que te envuelven en tinieblas, que te asfixian, que te infringen una condena a la que parece que tú mismo te vayas abocando.
Me obviaron una prueba que demostraba la fatiga crónica, irreversible y acentuada, más aún en el lado izquierdo, como consecuencia de las secuelas de la malformación con la que nací. Les reclamé, me hicieron entrar en un bucle de instancias y correos hasta que desistí, - vencéis, pero no convencéis, acerté a decir, antes de sucumbir.
Continuamente les decía, y los informes así lo justificaban, que mi problema era la falta de fuerzas para aguantar una jornada laboral, me hicieron dos aumentos de pericia: los dos en psiquiatría.
En el primer juicio, la abogada de la Generalitat utilizó argucias legalistas para impugnar los informes presentados, como hizo con el del neurocirujano que me operó porque empezaba su informe diciendo “según mi opinión…”. El juez me permitió hablar al final. Rebatí los argumentos mezquinos de aquella abogada. - “No es una opinión de un cualquiera, era el jefe de neurocirugía de la Cruz Roja de Barcelona, el que abrió y vio lo que había, deberían tenerlo en cuenta, aunque lo exprese así…” En la sentencia el juez determina que el ICAM actuó conforme a sus protocolos, aunque reconoce que mis padecimientos son ciertos. No gano el juicio legalmente, pero obtengo el reconocimiento moral, gracias a mi propia defensa, otorgado por un juez que me escuchó.
Los jueces y todo el aparato legal están allí, detrás del primer guardián, como una barrera que jamás te dejará pasar a ti, un simple mortal, con tu verdad. Todo es oscuro, sólo pasan los que han aceptado engañar, los que han apagado su luz, los que han claudicado como ellos. Son “los guardianes y sus sombras, formas sin significado ni poder”, tal como los define nuestro Kafka.
Aunque detrás de todo, nos dice Kazka en su cuento, tras el guardián y la gran barrera del aparato legal, por la puerta abierta entrevemos una luz que resplandece. ¿Es la luz de la verdad?, nos preguntamos esperanzados, ¿la gran luz ante la que ya no necesite mantener mi pequeña luz oscilante? No, no es más que la luz del neón, la luz rutilante y artificial de lo que nos quieren hacer creer. Los seres oscuros no protegen la verdad, la verdad está en el campesino del cuento "ante la ley" que clama justicia, ellos sólo protegen el sistema político y económico que mantiene a los grandes echando a los pequeños en sus maquinarias. Puede que esa sea la verdad que protegen.
Aunque, individualmente, cada uno de los guardianes y de los jueces pueda reconocer, en su fuero interno, la verdad que el campesino lleva consigo, de poco le sirve, quizás el campesino espera algo ante el sitio equivocado, quizás sea equivocado esperar acceder a la compresión y a la razón; como Job, que se mantiene en sus trece de clamar ante las injusticias que le han sobrevenido, que no claudica ante los que le vienen a decir que “algo malo habrá hecho” y que finalmente es reconocido en ese único derecho que ejerce: el de clamar al cielo, aceptando que nunca accederá a la Verdad, a la Justicia… somos mortales. Aceptar la pequeña verdad de nuestro derecho a clamar como mortales, sabedores de la muerte que nos sobrevendrá, es la única luz que llevamos con nosotros.
Otros aspectos que se denotan en “el proceso” de Kafka, no así en el cuento final de “ante la ley”, son el maltrato o el acoso. El maltrato que sufre K no es un maltrato brutal ante el que nos horrorizaríamos, son pequeños maltratos en forma de interrogatorios culpabilizadores y atemorizadores, de no saber por dónde vendrá el nuevo golpe, ni qué quieren de él.
La maltratadora del ICAM es la loca que mete los resultados de las pruebas que hay encima de su mesa en la trituradora diciendo: - ¡Mire, mire que hacemos con sus papeles! Es la que me agarra por donde más me duele y no suaviza su presión ante mi queja, la que me hace arrodillar, aunque le digo que no puedo, arguyendo que ella es mayor que yo y aún lo hace. La que, en el nuevo juicio, se muestra tan arrogante que es recriminada por la juez. Los jueces son más letrados, están por encima de las falacias, contradicciones y prepotencias, reconocen nuestras pequeñas verdades, aunque no nos sirva de nada frente a la maquinaria de la ley que protege al sistema.
El acoso es el que sufre el procesado absurdamente, ante las demás personas que le infieren una culpa, aprovechan para rebajarlo o, simplemente, sospechan y vigilan. Todos somos acosadores. Sospechamos del otro y de sus intenciones. Nos sabemos malos, disimulamos y, por tanto, creemos que lo mismo harán los otros. Pero reconocer esa verdad: la de nuestra pequeñez, egoísmos, engreimiento... nos lleva a hacer las paces con nosotros mismos y, por ende, con los demás. Si nosotros, que somos malos, damos lo mejor a nuestros hij@s, a l@s que amamos, eso mismo es lo que también hacen los otros; confiar en ell@s, en la medida que aprendo a confiar en mí misma, me libra de sentir el acoso. No soy su víctima, no son mis verdugos, si dudan de mí es porque aún no confían, ya llegarán, si es que llegan.
He sufrido, sufrimos muchos, lo absurdo, la impotencia, los pequeños maltratos. El acoso se afrenta con la verdad sobre nosotros mismos, con la aceptación de la realidad, sin claudicar del todo hasta el final. El acoso viene, de quién desconfía de nosotros, como de sí mismos, de los que nos abruman cargados de razones con el único fin de hacernos callar. Cuando los que no sabéis de lo que habláis nos recomendáis vuestro superficial y culpabilizador positivismo es como si echarais vinagre en nuestras heridas. Podríais callaros.
Y aquí estoy, sin claudicar, pero intentando cambiar de estrategia. Creo que buscaré otra puerta, abandonaré mi puerta individual, la que sólo se entreabre ante mi necesidad de que sea reconocida mi verdad; la que, aunque está abierta, no es accesible; la que muestra un destello de una rutilante luz que ya no quiero alcanzar. Quizás busque por la parte de atrás una entrada colectiva, la que da acceso al sistema con su Mago de Oz, cegando al mundo.  La puerta por dónde entran los que aceptan cumplir con su función limpiando los engranajes, (“la limpieza de sus rostros le daba asco”, hace pensar a K, Kafka, en el último capítulo: “El final”), la puerta por donde hacen entrar los restos de los pobres que han sucumbido a las injusticias y sus miserias, el combustible.
Quizás reventemos esa puerta, pero si lo hacemos, si entramos y destruimos esa infernal máquina, tendremos que vigilar para no convertirnos en vigilantes, si no, sólo habremos cambiado un sistema por otro, más sutil y más perverso, como ocurre con la democracia del juego partidista, respecto de las dictaduras.

El hombre es un lobo para el hombre, con perdón de los lobos. Creamos sistemas y nos incorporamos a ellos, protegiéndolos con las instituciones que domesticarán al lobo que llevamos dentro. Reventar el sistema que nos absorbe para que, sintiéndonos protegidos, protejamos, en realidad, a los que nos gobiernan, significará quedarnos a la intemperie, da miedo, crearemos nuevos sistemas, indudablemente. Sólo nos queda saberlo; saberlo y vigilar…
Ante la ley
Franz Kafka
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
FIN
Mª Àngels García-Carpintero, l’Hospitalet de Llobregat, febrero, 2017, 
actualizado en marzo de 2017



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