lunes, 20 de marzo de 2017

La fibromialgia y nosotr@s

LA FIBROMIALGIA Y NOSOTR@S
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325

Según el Dr. José-Vicente Moreno Muelas, Presidente Emérito de la sociedad española de Reumatología, entre otros títulos, la fibromialgia es una enfermedad reumática crónica, no inflamatoria, que afecta a las partes blandas del aparato locomotor, raramente remite, por lo que ocasiona una marcada discapacidad ya que no se conoce tratamiento curativo. Es una buena definición de algo complejo. Luego están las circunstancias personales: el tiempo de evolución, las otras enfermedades y limitaciones que la suelen acompañar: dolor, fatiga a esfuerzos mínimos, artrosis, rigidez muscular, trastornos del sueño, cuadros de ansiedad y depresión, alteraciones de memoria y atención, hipersensibilidad química y electromagnética, poca tolerancia a los medicamentos, etc., en función de estas variables se califica el grado de la enfermedad.
Es más frecuente en mujeres, aunque no exclusivo de nuestro género. Muchas enfermedades, entre ellas la nuestra, se han etiquetado como enfermedades “de mujeres”, histéricas, neuróticas… Según los que no padecen esta enfermedad, todo está en nuestra cabeza, si somos “positivas” se nos pasará. ¡No se imaginan como aumentan nuestro dolor!
No quieren oír nuestras quejas, pues bien, nosotr@s tampoco queremos oír sus moralinas, si no se saben callar ante el dolor del otro, si no saben, o no quieren, acompañar, pueden seguir su camino, nosotr@s haremos el nuestro.
La definición del Dr. Moreno, la que veo escrita en mi informe, me obliga a tomar contacto con la realidad: Estoy enferma. Nadie quiere estar enfermo, lo estuve desde joven, luché contra mi misma para esconderlo, para no molestar a nadie con mis quejas. Lo hice muy bien, tanto que casi me muero sin hacerme sentir. L@s que hemos estado en la antesala de la muerte sabemos que hay paz y hay luz, la agonía está antes, a la agonía regresamos cuando aún no es nuestra hora, en agonía vivimos nuestro día a día. Me dejaron sola, me contaron todos los males de este mundo para minimizar el mío, alguno hubo que aprovechó cruelmente la información sobre mi enfermedad. Me reprimí, me avergonzaba sentirme mal. Cuando fui consciente del mal que, durante 30 años, me había hecho a mí misma, decidí que se acabó. Ser consciente de la enfermedad quiere decir empezar a aceptarla yendo a favor de una misma, no en contra. Es tiempo de cuidarnos.
Pero la fibromialgia no nos lo pone fácil, si es complejo para los demás, no es sencillo tampoco para nosotr@s mism@s. Queremos hacer cosas y a la hora de la verdad no podemos, o desconfiamos de nuestras fuerzas y rechazamos ofertas y luego nos sabe mal. Nos duele todo y no podemos mover un músculo, pero los movemos a nuestra medida y nos sentimos mejor, tras el lapso en que nos animamos, nos encontramos peor…  Nunca podemos dominar del todo este cuerpo hipersensible que se bambolea al compás de múltiples variables, como un barco en medio de una tempestad perpetua que, si nos da tregua, es habiéndonos dejado extenuad@s. Quizás esta inconsistencia es la más difícil de soportar.
Esa es la vida que tenemos y, de momento, tendremos. ¿Ya nunca podremos ser felices? La felicidad es un deseo más que un estado. Nadie es feliz o completamente feliz, pero todos podemos saborear momentos de felicidad, depende más de nuestra actitud que de nuestras circunstancias. Aceptar la impotencia es lo más duro, pero el reconocer la verdad de nuestra condición nos hace humus (humildad viene de humus) y, misteriosamente, sabedores de la situación en que estamos, nos centramos y podemos conectar con la vida que circula en nuestro interior y en nuestro entorno y, así, descubrimos nuestro poder. Para Hannah Arendt no puede haber felicidad sin participación en la vida activa, la del trabajo, la de las aficiones, la de la participación en la vida pública. Puede que estemos incapacitadas para cumplir con un contrato laboral, lo que no quiere decir que no podamos mantener nuestra vida activa con nuestro ritmo inconsistente, con nuestro dolor y fatiga, con nuestros pequeños momentos felices.  Pero la vida activa es, también, la del pensar, la del querer y la del juzgar. El querer, la voluntad, consiste, según Arendt, en la capacidad de comenzar de nuevo, en esto se basa la libertad humana, algo posible pero infrecuente. La facultad de juzgar o valorar implica la capacidad de entender diferentes puntos de vista y “tomar partido” a favor de la posibilidad mejor para todos, aunque no sea la del propio punto de vista.
Si es así, la nuestra es una auténtica y completa vida activa, continuamente estamos recomenzando, pensando en lo que nos acontece y en lo que acontece a otros dolientes como nosotr@s, tomar partido a favor de la vida más humana para todos es lo que nos permitirá mirarnos al espejo y, reconociéndonos enferm@s, sonreírnos.
Si nadie es feliz del todo, sí se es infeliz. No seremos infelices. Esa es nuestra acción.
Ánimo a tod@s
Mª Ángeles García-Carpintero
L’Hospitalet de Llobregat, marzo, 2017


domingo, 19 de marzo de 2017

La joven que perdió su nombre.

La joven que perdió su nombre. 
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325

Esto era una vez una joven que vivía feliz y tranquila hasta que un día, estando de viaje en un país lejano, tuvo un accidente, se dio un fuerte golpe en la cabeza y se quedó en coma. Estuvo muchos días ingresada en un hospital hasta que, poco a poco, fue despertando. Un día empezó a mover algún dedo, otro día probó a pedir un poco de agua y así fue recobrando los sentidos y el habla, aunque no recordaba nada de su vida pasada, se miraba al espejo y no se reconocía, había perdido la memoria.

Habló con el doctor y le hizo saber lo preocupada que estaba, necesitaba recuperar su pasado, necesitaba saber quién era, no se acordaba ni de su nombre y por ello no podía contactar con su familia, no sabía siquiera si tenía familia. El doctor le dijo que para ello necesitaba ir averiguando tres cosas importantes de la vida, la primera era recordar a alguna persona a la que ella hubiera querido. La joven se estuvo esforzando cada día, miraba las enfermeras, la gente que había por los pasillos del hospital... pero no le recordaban a nadie, se esforzó en pensar a quien quería, pero nada y así se lo hizo saber al doctor, él le dijo que algún día le saldría de dentro, que se dejara llevar...

Así lo hizo, y por fin una tarde en la que se había quedado medio adormilada y estaba muy a gustito como en unos brazos que la envolvían, se acordó de su madre y la llamó “mamá” recordando cuanto la quería. El primer paso estaba dado, el doctor le dijo que ahora tenía que recordar algo bueno que hubiera hecho por alguien. Eso sí que era difícil, al recordar a su madre, se acordó que tenía dos hermanos gemelos, y recordó lo mucho que la molestaban con sus ruidos y travesuras, quizás por ello había ido a estudiar a otro país, quería a su madre, suponía que también a su padre, pero no recordaba que hubiera hecho nada bueno por ellos, más bien al contrario.

Se había hecho amiga de unas chicas que estaban ingresadas en el mismo hospital, pero pensaba que tampoco había hecho nada por ellas, cada una iba “a su bola”, había una que siempre estaba sola y un poco marginada y a ella le daba un poco de pena, pero le costaba acercarse a ella. ¿Es que no habría hecho nada bueno por nadie? De ser así es posible que se quedara encallada y no avanzara.

Un día paseando por el hospital, vio una habitación abierta, se asomó y vio una anciana sentada sola en la butaca, sin pensarlo mucho fue a la sala de las parturientas, cogió un ramo de rosas y se las llevó a la anciana y entonces le vino a la memoria su abuela y se acordó de que siempre la iba a ver y le llevaba flores o bombones, charlaba con ella, miraban revistas. La abuela siempre se alegraba cuando la veía.

Muy contenta fue a explicárselo al doctor y éste le dijo que todo iba bien, ahora sólo quedaba la última fase y la más difícil, tenía que ser valiente, constante y capaz de aguantar el dolor que le causaría la recuperación, para ello tendría que recuperar algún recuerdo en el que hubiera demostrado que tenía carácter.

Pasaron unos días y nada, ahora ya estaba más fuerte, podía ir al jardín a pasear y fue allí donde vio a unas niñitas llorando, su pelota había caído entre las zarzas y no las podían coger, ella, sin pensárselo se metió a buscar la pelota y se llenó de zarpazos y arañazos pero no le importó, entonces le vino como un flash, viendo una de las espinas que se le habían clavado se acordó de su nombre, “Roser” y se acordó de que tuvo el accidente porque en la carretera se lanzó a apartar a un niño que corría detrás de una pelota y que estaba a punto de ser atropellado. Con aquel recuerdo le vinieron todos los demás, sus apellidos, dónde vivía... y supo por fin quién era ella. Una persona valiente y buena que podía enfrentarse a todo lo que la vida le pusiera por delante.

                                                                       A Roser Massaguer
                                                                       Por su vida y la mía.

                                                                       2003