La
joven que perdió su nombre.
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
Esto era una vez una joven que
vivía feliz y tranquila hasta que un día, estando de viaje en un país lejano,
tuvo un accidente, se dio un fuerte golpe en la cabeza y se quedó en coma. Estuvo
muchos días ingresada en un hospital hasta que, poco a poco, fue despertando. Un
día empezó a mover algún dedo, otro día probó a pedir un poco de agua y así fue
recobrando los sentidos y el habla, aunque no recordaba nada de su vida pasada,
se miraba al espejo y no se reconocía, había perdido la memoria.
Habló con el doctor y le
hizo saber lo preocupada que estaba, necesitaba recuperar su pasado, necesitaba
saber quién era, no se acordaba ni de su nombre y por ello no podía contactar
con su familia, no sabía siquiera si tenía familia. El doctor le dijo que para
ello necesitaba ir averiguando tres cosas importantes de la vida, la primera
era recordar a alguna persona a la que ella hubiera querido. La joven se estuvo
esforzando cada día, miraba las enfermeras, la gente que había por los pasillos
del hospital... pero no le recordaban a nadie, se esforzó en pensar a quien
quería, pero nada y así se lo hizo saber al doctor, él le dijo que algún día le
saldría de dentro, que se dejara llevar...
Así lo hizo, y por fin una
tarde en la que se había quedado medio adormilada y estaba muy a gustito como
en unos brazos que la envolvían, se acordó de su madre y la llamó “mamá”
recordando cuanto la quería. El primer paso estaba dado, el doctor le dijo que
ahora tenía que recordar algo bueno que hubiera hecho por alguien. Eso sí que
era difícil, al recordar a su madre, se acordó que tenía dos hermanos gemelos,
y recordó lo mucho que la molestaban con sus ruidos y travesuras, quizás por
ello había ido a estudiar a otro país, quería a su madre, suponía que también a
su padre, pero no recordaba que hubiera hecho nada bueno por ellos, más bien al
contrario.
Se había hecho amiga de unas
chicas que estaban ingresadas en el mismo hospital, pero pensaba que tampoco
había hecho nada por ellas, cada una iba “a su bola”, había una que siempre
estaba sola y un poco marginada y a ella le daba un poco de pena, pero le
costaba acercarse a ella. ¿Es que no habría hecho nada bueno por nadie? De ser
así es posible que se quedara encallada y no avanzara.
Un día paseando por el
hospital, vio una habitación abierta, se asomó y vio una anciana sentada sola
en la butaca, sin pensarlo mucho fue a la sala de las parturientas, cogió un
ramo de rosas y se las llevó a la anciana y entonces le vino a la memoria su
abuela y se acordó de que siempre la iba a ver y le llevaba flores o bombones,
charlaba con ella, miraban revistas. La abuela siempre se alegraba cuando la
veía.
Muy contenta fue a
explicárselo al doctor y éste le dijo que todo iba bien, ahora sólo quedaba la
última fase y la más difícil, tenía que ser valiente, constante y capaz de
aguantar el dolor que le causaría la recuperación, para ello tendría que
recuperar algún recuerdo en el que hubiera demostrado que tenía carácter.
Pasaron unos días y nada,
ahora ya estaba más fuerte, podía ir al jardín a pasear y fue allí donde vio a
unas niñitas llorando, su pelota había caído entre las zarzas y no las podían
coger, ella, sin pensárselo se metió a buscar la pelota y se llenó de zarpazos
y arañazos pero no le importó, entonces le vino como un flash, viendo una de
las espinas que se le habían clavado se acordó de su nombre, “Roser” y se
acordó de que tuvo el accidente porque en la carretera se lanzó a apartar a un
niño que corría detrás de una pelota y que estaba a punto de ser atropellado.
Con aquel recuerdo le vinieron todos los demás, sus apellidos, dónde vivía... y
supo por fin quién era ella. Una persona valiente y buena que podía enfrentarse
a todo lo que la vida le pusiera por delante.
A
Roser Massaguer
Por
su vida y la mía.
2003
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