3.1. La voz interna del
conocimiento.
Discernir significa hacerse la pregunta
correcta.
Cada uno ha de hacer su propio camino y no
puede hacer ninguno más que éste. Sólo podemos, a veces, lanzar preguntas,
ayudar a pensar. Si de joven alguien me hubiera explicado todo lo que ahora sé,
no me hubiera servido de mucho. Recuerdo algunas preguntas que me hicieron en
momentos claves, con cuyo “pensar” me fui orientando.
El “pensar”,
nos dice H. Arendt[1],
está presente, como algo invisible, en toda experiencia. El pensamiento protege
al ser humano de hacer el mal, en este sentido habla de la “banalidad” del mal,
refiriéndose, no a las consecuencias de este mal, que puede extenderse “como
los hongos”, dice ella, sino a la irreflexión, a la superficialidad. Sólo las
personas buenas desarrollan malas conciencias, nos dice, no así los criminales.
Las otras dos actividades
“espirituales” de la vida activa, además del pensamiento serían el querer y el juzgar. El querer, la
voluntad, consiste en la capacidad de comenzar de nuevo, en esto se basa la
libertad humana, algo posible pero infrecuente. La facultad de juzgar o valorar
implica la capacidad de entender diferentes puntos de vista y “tomar partido” a
favor de la posibilidad mejor para todos, aunque no sea la del propio punto de
vista.
Nada dificulta más la
comunicación que los pre-juicios, de los que cuesta ser conscientes y
desprendernos de ellos. Un método válido para revisar la propia vida, que a
veces se utiliza en grupos de apoyo mutuo es el de “ver-juzgar-actuar”, se
presentan los hechos, se valoran desde diferentes puntos de vista con ayuda del
grupo y se decide, libremente, el actuar. La parte fundamental de este método
es que aprendes a distinguir entre hechos (aunque puedan ser vividos subjetivamente)
y apreciaciones o juicios y que puedes enfocar después la realidad de un modo
más global y comprensivo, lo que te permite decidir mejor.
Jaspers[2] distingue tres niveles en
los que habremos de elegir el bien o el mal.
1. El
dominio de nuestra voluntad para que prevalezca lo correcto por encima de
nuestros impulsos inmediatos.
2. La
veracidad sobre nuestras propias motivaciones evitando el autoengaño de
creernos buenos cuando, en realidad, sólo actuamos bien si las condiciones nos
son favorables.
3. Lo
auténticamente malo o la voluntad de hacer mal, la crueldad, el destrozar lo
que existe y tiene valor. El amor construye, mientras que el odio o la envidia
destruye.
La persona es moral cuando
elige lo bueno y lo correcto por encima de lo inmediatamente placentero para
uno mismo. Es ética cuando es honesta y sincera con sus motivaciones e
intenciones. Es espiritual cuando vive del amor y para el amor. Para mantenerse
en este camino es importante desconfiar de uno mismo. No se puede amar si no se
procura que los seres amados existan en sí mismos, en su propia libertad.
S. Agustin[3] nos dice: Ama y haz lo que quieras. Si callas, callarás con amor; si gritas, gritarás con
amor; si corriges, corregirás con amor; si perdonas, perdonarás con amor. Si
tienes el amor arraigado en ti, ninguna otra cosa sino amor serán tus frutos.
…
El día antes de la operación pregunté: -¿Por
qué ahora, tan joven, sin haber hecho nada en la vida? Él me miró sonriendo
y me contestó con una nueva pregunta: -
¿Y qué es lo importante en la vida? Esa pregunta guió mi devenir.
·
Consciencia
Existe toda una vasta
ciencia llamada «psicología del lenguaje», cultivada por estudiosos ilustres
como H. Delacroix o Karl Bühler, cuyo objeto lo constituyen todos aquellos
aspectos que en el lenguaje pueden considerarse hechos psíquicos, como son
imágenes, intuiciones y percepciones verbales.[1]
La conciencia según Carl
Jung[2] es el conocimiento
progresivo que adquiere el hombre respecto de la totalidad psíquica y de su
propia existencia. La consciencia, nos dice este psicoanalista, seguidor de
Freud en un principio pero que luego buscó su propio camino y nos dio su propio
entendimiento y tratamiento, busca la estabilidad y la coherencia, para ello,
inevitablemente, acumula “sombra” en el inconsciente (fantasías,
potencialidades reprimidas, inhibiciones, traumas, complejos…). Nos angustia y nos aterra adentrarnos en nuestros miedos
y mentiras, pero sólo contactando con esos fantasmas que, a modo de
“Frankestein”[3],
necesitan ser reconocidos, aceptados y abrazados, podremos integrar esa
“sombra” y generar un nuevo “Yo” más consciente.
La
aceptación de la realidad permite el diálogo entre inconsciente y consciente, entre la realidad
exterior y la realidad interior, permite reconocer al “mi-mismo” que soy, que
voy siendo.
Daniel Goleman, uno de los
padres de la “Inteligencia Emocional”, en uno de sus últimos libros[4]
relaciona los tres aspectos claves de la IE (Autoconciencia o ética, Autoregulación
de las emociones y Autodominio que nos permite gestionar mejor nuestro interior
con nuestro entorno) con los descubrimientos neurocientíficos del cerebro. Hay
un centro regulador para nuestras emociones, que se nos dispara alertándonos
ante situaciones difíciles, lo cual es beneficioso, pero que se nos puede
convertir en crónico y nocivo. Cuando el stress se nos instala, generando
ansiedad, hay que aprender a desconectar, a calmarse. Deberíamos practicar la
relajación igual que el ejercicio, algo que ya se está incorporando en algunas
escuelas. El sueño reparador es el momento ideal de “dejarnos ir”, cosa que no
siempre estamos dispuestos a hacer.
La consciencia es activa; la
relajación, un medio para conseguirla; la inclinación hacia el bien y la paz
interior, sus consecuencias. También los niños y las niñas pueden
practicar ejercicios y técnicas destinados a su edad y apropiados para
relajarse, encarar mejor las situaciones y actuar de la mejor manera.[5]
La vida activa consciente y centrada es otro medio para
conseguirla. Centrada quiere decir que hacemos lo que nos corresponde hacer
(nuestras obligaciones), lo que nos gusta hacer (sin perjudicar a nadie) y lo
que nos hemos propuesto hacer.
En medio de la vida diaria, en los entresueños, en
nuestro hablar… a veces nos asaltan imágenes, errores, tensiones… lo que
irrumpe extrañamente, sin esperarlo, nos indica que debemos conectar con
nuestra “sombra”.
El análisis terapéutico, el
sueño, el ejercicio físico, la relajación, la vida cotidiana, la expresión
creativa, lo simbólico, la reflexión… son medios para activar la consciencia y
regular mejor nuestra vida armonizando nuestro interior con nuestro entorno.
·
El camino del
descenso.
“La verdad
necesita de un gran vacío, de un silencio donde aposentarse.”[6]
En
el año 1946, la OMS (Organización Mundial de la Salud), define así el concepto
de salud: “La salud es un
estado de completo bienestar físico, mental y social y no sólo la ausencia de
afecciones o enfermedades.”[7]
Se intentaba ampliar el término de salud como “ausencia de enfermedad” a otros
como “estilo de vida saludable”.
En el año 1976, un grupo de expertos reunidos en el X Congrés de Metges i Biòlegs
de Llengua Catalana, celebrado en
Perpignan, adoptaron y
expresaron en la ponencia coordinada por el Dr. Jordi Gol i Gurina esta definición:
“La salut és aquella manera de viure que és autònoma,
solidària i joiosa”
Nos parece más adecuada esta definición porque todos podemos acceder a
esta “manera” de vivir hasta con la enfermedad y la minusvalía o “discapacidad”,
por otra parte, ¿quién puede encontrarse dentro de los parámetros de la
definición de la OMS? El pleno estado de salud, irremediablemente, será
temporal. El bienestar, como hemos comprobado en nuestras sociedades, también.
La manera de vivir autónoma, solidaria y alegre es una opción, una
elección de nuestra orientación. No quiere decir que siempre nos sintamos así,
pero es lo que procuramos, lo que preferimos, lo que elegimos, en la medida que
podemos, para nosotros mismos y para los que nos rodean. Hacer esa opción del
vivir autónomo, solidario y alegre es optar por vivir en la verdad, porque sólo
desde la verdad del conocimiento de nuestras limitaciones, con la consciencia
de nuestras necesidades, miedos y motivaciones, podemos decidir hacia donde nos
dirigimos, aunque a partir de entonces nos asalta de nuevo la duda, los
temores, la angustia…
Caminamos
con la duda. La verdad no se alcanza por mucho que nos esforcemos, es como
cuando llegamos a la cima de la montaña y vemos que siguen habiendo otras
montañas que escalar. La verdad, como la belleza, se nos muestra, lo que no
quiere decir que no debamos buscarla, desearla, reclamarla… ese es nuestro
cometido, así es como un día, puede que en el camino de descenso más que en la
cima, se nos mostrará; no la podremos retener, la verdad nos hará libres y nos
impulsará a seguir caminando con una certeza que nos asaltó en medio de las
dudas y sombras y que nos lleva por caminos de más dudas y más sombras.
Desde
nuestras limitaciones reconocidas, nuestras vulnerabilidades aceptadas, con
confianza y esperanza, somos capaces de acoger las del otro, tal como lo hemos
hecho con las nuestras. El que da un paso más y se pone de parte del pobre, de
la verdad y de la justicia suele acabar su vida en la incomprensión, el fracaso
y la soledad. Aún así muchas personas lo hicieron, lo hacen, su aliento sigue
dando vigor al nuestro.