2.15.Voces que conversan y dialogan. El Otro.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“El
espíritu y el sentimiento se forman por las buenas conversaciones, las malas
los dañan.”[1]
Frente
al dominio que impone el silencio, se alza la voz que “empodera” la que da a
conocer estrategias y datos, la que se abre a la relación.
Los
encuentros entre vecinas, las colas del mercado, las salas de espera, las
entradas y salidas del colegio, los parques… han sido y son espacios de
relación básicamente de mujeres, donde nos comunicamos conocimientos y saberes
con más o menos propiedad. Esa conversación, que puede parecer intranscendente,
ha obrado de mecanismo transmisor de la cultura, así hemos aprendido recetas de
cocina, remedios caseros para pequeñas afecciones o dónde ir con los niños en
el tiempo libre.
Estas
conversaciones de “corrillo” muchas veces no son más que monólogos superpuestos,
especialmente en países mediterráneos como el nuestro, de lo que se trata,
básicamente, es de entrar en relación. El que sean convenientes, o no,
dependerá de los criterios por los que nos regimos. Siempre podemos acercarnos
a unas y alejarnos de otras.
El
profesor Alonso-Cortés[2]
nos explica el principio pragmático de cooperación de P. Grice[3] en
el que se sustentaría el lenguaje. La conversación sigue unas normas básicas implícitas
como son: el informar al oyente con un coste mínimo, decir la verdad, ser
pertinente y ser claro, lo que supone un beneficio mutuo para los participantes,
pero también implica un proceso inferencial que se activa cuando se violan
dichas normas. Por ejemplo si se hace una pregunta y se responde con algo que
no tiene nada que ver, el interlocutor puede inferir que incomoda hablar del
tema. “Hablar es algo gratis que hacen
hasta las personas más egoístas” nos dice este autor. Se sigue la norma
tácita de lo que se dice es verdad (desde la concepción subjetiva de “verdad”)
pero se puede mentir y, de hecho, se miente, lo que parece una contradicción
con lo expuesto, lingüísticamente, esa capacidad de mentir es la que permite la
creatividad en el lenguaje y la invención de historias.
Estas
relaciones informales, actualmente y en nuestra civilización, se dan también en
grupos mixtos, pero tradicionalmente y todavía en muchas culturas son
conversaciones de género. Los varones las suelen tener en los lugares de
trabajo, en los bares…, para la mujer emigrante que accede a una nueva sociedad
es muy difícil entrar en estos grupos, a veces sólo lo hacen con otras mujeres
de su cultura, si es que encuentran. Desde la experiencia de trabajo y trato
con estas mujeres, se puede comprobar que lo que más valoran es el conocimiento
mutuo que nos permite, por ejemplo, saludarnos por la calle y el intercambio de
conocimientos y apoyo que se da en grupos abiertos a la relación. A veces estos
grupos se han de organizar desde las entidades sociales, serán grupos más
coordinados, pero posibilitaran la integración mutua y el que algún día puedan
formar parte de esos “corrillos”, mucho más impenetrables de lo que pueden
parecer.
Las
risas, los reproches a otros colectivos, las insinuaciones… forman parte de la
cohesión social que se establece en estos grupos, cargándose también de
prejuicios y violencia que se transmiten como la corriente eléctrica de unos
grupos a otros. El foráneo, el extraño, inevitablemente, se siente excluido.
La
actitud en la conversación informal es fundamental, más que el contenido. Podemos
estar relajados y con buen humor, aún discutiendo de temas políticos que nos
indignan y podemos estar a la defensiva y sentirlo todo como un ataque personal,
lo que se dice y lo que no se dice. Cuando nos sentimos así hemos de analizar
porqué, qué resorte se ha activado en nuestro interior. La única persona a la
que podemos entregarnos a conocer es a nosotros mismos, misteriosamente
conociéndonos mejor a nosotros mismos, entendemos algo mejor a los demás. Detrás
de las palabras y de los silencios está el misterio de la persona, el que nunca
llegamos a alcanzar y sólo podemos respetar.
“… Alguien te
abrazó diciendo – ¡Angelita siento mucho la muerte de Manolo!, te echaste a
llorar, te di media vuelta y acto seguido, con las lágrimas aún en tu rostro,
te quedaste parada y dijiste: - ¡Ay que ver!, ¡estoy llorando y no sé
porqué!...”
·
Diálogo con el Otro.
“Sólo
en el diálogo, en la discusión y la contraposición, así como en la aspiración a
crear una nueva comunidad, surge la conciencia de mi yo como ser autónomo,
diferente del otro.
Sé
que existo porque sé que existe ese otro.”[4]
Ante
el Otro, nos dice Kapuscinski en su recopilación de conferencias sobre el Otro[5],
tenemos tres opciones: la guerra, el aislamiento o el diálogo. El miedo produce
las dos primeras. La curiosidad, venciendo el miedo, me lleva a establecer
contacto, ese contacto puede ser en forma de choque cuando interviene el deseo
de someter al otro o puede darse en condiciones de igualdad, en forma de
intercambio. En el encuentro con el otro veo y me dejo ver, lo que no es fácil,
exige una voluntad y un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a
afrontar, pero es en ese encuentro donde se produce la mayor riqueza de nuestro
mundo: la cultura.
Los
denominados “filósofos del diálogo” como Martin Buber[6],
Hannah Arendt o Emmanuel Lévinas, postulan
que mi Yo sólo puede definirse en relación con el Otro. Ese otro, que es un ser
individual y diferente de mi y con el que puedo establecer un diálogo, no es el
individuo perteneciente a una masa. Para estos filósofos, en ese encuentro
personal reside el bien. El mal se da cuando el individuo actúa en nombre de un
grupo, cuando, despersonalizado, se diluye pudiendo cometer las mayores
barbaries. (Estos filósofos salían de la experiencia traumática de los
totalitarismos que asolaron Europa)
Actualmente vivimos en un cambio de civilización, nuestro mundo es
multicultural, abierto, disperso, igualmente despersonalizado, de ahí la
necesidad del sentido de pertenencia que muchos identifican con la
confrontación con el Otro. Será necesario recuperar símbolos, tradiciones,
lenguas identitarias pero desde el diálogo y la relación entre iguales. El
sentido de pertenencia sólo nos sustentará la identidad cuando reconocemos a los
otros seres tan necesitados y necesarios como nosotros mismos.
A
diferencia de las conversaciones de los “corrillos” que, aún cumpliendo una
función social, pocas veces son edificantes, la conversación íntima, en
profundidad, relajada, abierta, confiada con una amiga o entre amigos es de las
mejores experiencias que podemos tener en esta vida. “Abrir el corazón” es algo
generoso que sólo tiene lugar en la intimidad. Aquí la palabra veraz se
acompaña de la mirada limpia.
Según
Buber todo lo que acontece es diálogo, pero sucede en dos tiempos distintos. La
del tiempo que pasa es la relación del yo con el ello, “ello” como mundo de los objetos conocidos, el tú, puede también
formar parte del “ello” si simplemente es algo que se conoce. En cambio la
relación yo-tú, es la relación del tiempo presente, la que permanece, donde se
establece el auténtico diálogo. “Sin el
ello no puede vivir el ser humano. Pero quien vive solamente con el ello no es
ser humano”.
En
el diálogo auténtico uno se vuelve a su interlocutor, nos dice Buber, a él se
dirige de verdad, aceptándolo como igual. El encuentro personal nos constituye
como personas porque uno no puede decir “yo”, si no tiene delante un “tú”. Sólo
cuando la persona se reconozca a sí misma en la alteridad podrán superarse las
dos esferas imaginarias del individualismo y el colectivismo que nos alienan de
nosotros mismos y de la realidad.
“… Una
cuidadora de tus últimos días me dijo: -
¡Qué mirada más dulce tiene!, se nota que ha sido buena, se le ve su almita. No
supe que decir, sonreí y callé, supuse que entendía más que yo en estas
cuestiones, no lo he recordado hasta ahora…”
[1] Pascal,
B. Pensamiento resumido (6)
[2]
Alonso-cortés, Lingüística. Principio de cooperación.
[3] Grice,
Paul (R.U., 1913-EEUU,1988) Filósofo del lenguaje.
[4]
Tischner, J. (1931-2000) sacerdote
polaco y filósofo.
[6]
Buber, M. (Viena, 1878- Jerusalén, 1965) Filósofo fenomenológico del
“Encuentro”, contemporáneo de Heidegger.
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