jueves, 6 de octubre de 2016

2.15.Voces que conversan y dialogan. El Otro.

2.15.Voces que conversan y dialogan. El Otro.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“El espíritu y el sentimiento se forman por las buenas conversaciones, las malas los dañan.”[1]
Frente al dominio que impone el silencio, se alza la voz que “empodera” la que da a conocer estrategias y datos, la que se abre a la relación.
Los encuentros entre vecinas, las colas del mercado, las salas de espera, las entradas y salidas del colegio, los parques… han sido y son espacios de relación básicamente de mujeres, donde nos comunicamos conocimientos y saberes con más o menos propiedad. Esa conversación, que puede parecer intranscendente, ha obrado de mecanismo transmisor de la cultura, así hemos aprendido recetas de cocina, remedios caseros para pequeñas afecciones o dónde ir con los niños en el tiempo libre.
Estas conversaciones de “corrillo” muchas veces no son más que monólogos superpuestos, especialmente en países mediterráneos como el nuestro, de lo que se trata, básicamente, es de entrar en relación. El que sean convenientes, o no, dependerá de los criterios por los que nos regimos. Siempre podemos acercarnos a unas y alejarnos de otras.
El profesor Alonso-Cortés[2] nos explica el principio pragmático de cooperación de P. Grice[3] en el que se sustentaría el lenguaje. La conversación sigue unas normas básicas implícitas como son: el informar al oyente con un coste mínimo, decir la verdad, ser pertinente y ser claro, lo que supone un beneficio mutuo para los participantes, pero también implica un proceso inferencial que se activa cuando se violan dichas normas. Por ejemplo si se hace una pregunta y se responde con algo que no tiene nada que ver, el interlocutor puede inferir que incomoda hablar del tema. “Hablar es algo gratis que hacen hasta las personas más egoístas” nos dice este autor. Se sigue la norma tácita de lo que se dice es verdad (desde la concepción subjetiva de “verdad”) pero se puede mentir y, de hecho, se miente, lo que parece una contradicción con lo expuesto, lingüísticamente, esa capacidad de mentir es la que permite la creatividad en el lenguaje y la invención de historias.
Estas relaciones informales, actualmente y en nuestra civilización, se dan también en grupos mixtos, pero tradicionalmente y todavía en muchas culturas son conversaciones de género. Los varones las suelen tener en los lugares de trabajo, en los bares…, para la mujer emigrante que accede a una nueva sociedad es muy difícil entrar en estos grupos, a veces sólo lo hacen con otras mujeres de su cultura, si es que encuentran. Desde la experiencia de trabajo y trato con estas mujeres, se puede comprobar que lo que más valoran es el conocimiento mutuo que nos permite, por ejemplo, saludarnos por la calle y el intercambio de conocimientos y apoyo que se da en grupos abiertos a la relación. A veces estos grupos se han de organizar desde las entidades sociales, serán grupos más coordinados, pero posibilitaran la integración mutua y el que algún día puedan formar parte de esos “corrillos”, mucho más impenetrables de lo que pueden parecer.
Las risas, los reproches a otros colectivos, las insinuaciones… forman parte de la cohesión social que se establece en estos grupos, cargándose también de prejuicios y violencia que se transmiten como la corriente eléctrica de unos grupos a otros. El foráneo, el extraño, inevitablemente, se siente excluido.
La actitud en la conversación informal es fundamental, más que el contenido. Podemos estar relajados y con buen humor, aún discutiendo de temas políticos que nos indignan y podemos estar a la defensiva y sentirlo todo como un ataque personal, lo que se dice y lo que no se dice. Cuando nos sentimos así hemos de analizar porqué, qué resorte se ha activado en nuestro interior. La única persona a la que podemos entregarnos a conocer es a nosotros mismos, misteriosamente conociéndonos mejor a nosotros mismos, entendemos algo mejor a los demás. Detrás de las palabras y de los silencios está el misterio de la persona, el que nunca llegamos a alcanzar y sólo podemos respetar.
“… Alguien te abrazó diciendo – ¡Angelita siento mucho la muerte de Manolo!, te echaste a llorar, te di media vuelta y acto seguido, con las lágrimas aún en tu rostro, te quedaste parada y dijiste: - ¡Ay que ver!, ¡estoy llorando y no sé porqué!...”
·       Diálogo con el Otro.
“Sólo en el diálogo, en la discusión y la contraposición, así como en la aspiración a crear una nueva comunidad, surge la conciencia de mi yo como ser autónomo, diferente del otro.
Sé que existo porque sé que existe ese otro.”[4]
Ante el Otro, nos dice Kapuscinski en su recopilación de conferencias sobre el Otro[5], tenemos tres opciones: la guerra, el aislamiento o el diálogo. El miedo produce las dos primeras. La curiosidad, venciendo el miedo, me lleva a establecer contacto, ese contacto puede ser en forma de choque cuando interviene el deseo de someter al otro o puede darse en condiciones de igualdad, en forma de intercambio. En el encuentro con el otro veo y me dejo ver, lo que no es fácil, exige una voluntad y un esfuerzo que no todo el mundo está dispuesto a afrontar, pero es en ese encuentro donde se produce la mayor riqueza de nuestro mundo: la cultura.
Los denominados “filósofos del diálogo” como Martin Buber[6], Hannah Arendt o Emmanuel Lévinas,  postulan que mi Yo sólo puede definirse en relación con el Otro. Ese otro, que es un ser individual y diferente de mi y con el que puedo establecer un diálogo, no es el individuo perteneciente a una masa. Para estos filósofos, en ese encuentro personal reside el bien. El mal se da cuando el individuo actúa en nombre de un grupo, cuando, despersonalizado, se diluye pudiendo cometer las mayores barbaries. (Estos filósofos salían de la experiencia traumática de los totalitarismos que asolaron Europa)  Actualmente vivimos en un cambio de civilización, nuestro mundo es multicultural, abierto, disperso, igualmente despersonalizado, de ahí la necesidad del sentido de pertenencia que muchos identifican con la confrontación con el Otro. Será necesario recuperar símbolos, tradiciones, lenguas identitarias pero desde el diálogo y la relación entre iguales. El sentido de pertenencia sólo nos sustentará la identidad cuando reconocemos a los otros seres tan necesitados y necesarios como nosotros mismos.
A diferencia de las conversaciones de los “corrillos” que, aún cumpliendo una función social, pocas veces son edificantes, la conversación íntima, en profundidad, relajada, abierta, confiada con una amiga o entre amigos es de las mejores experiencias que podemos tener en esta vida. “Abrir el corazón” es algo generoso que sólo tiene lugar en la intimidad. Aquí la palabra veraz se acompaña de la mirada limpia.
Según Buber todo lo que acontece es diálogo, pero sucede en dos tiempos distintos. La del tiempo que pasa es la relación del yo con el ello, “ello” como  mundo de los objetos conocidos, el tú, puede también formar parte del “ello” si simplemente es algo que se conoce. En cambio la relación yo-tú, es la relación del tiempo presente, la que permanece, donde se establece el auténtico diálogo. “Sin el ello no puede vivir el ser humano. Pero quien vive solamente con el ello no es ser humano”.
En el diálogo auténtico uno se vuelve a su interlocutor, nos dice Buber, a él se dirige de verdad, aceptándolo como igual. El encuentro personal nos constituye como personas porque uno no puede decir “yo”, si no tiene delante un “tú”. Sólo cuando la persona se reconozca a sí misma en la alteridad podrán superarse las dos esferas imaginarias del individualismo y el colectivismo que nos alienan de nosotros mismos y de la realidad.
 “… Una cuidadora de tus últimos días me dijo: - ¡Qué mirada más dulce tiene!, se nota que ha sido buena, se le ve su almita. No supe que decir, sonreí y callé, supuse que entendía más que yo en estas cuestiones, no lo he recordado hasta ahora…”




[1] Pascal, B. Pensamiento resumido (6)
[2] Alonso-cortés, Lingüística. Principio de cooperación.
[3] Grice, Paul (R.U., 1913-EEUU,1988) Filósofo del lenguaje.
[4] Tischner, J. (1931-2000) sacerdote polaco y filósofo.
[5] Kapuscinski, R. “Encuentro con el Otro” Ed. Anagrama, 2007
[6] Buber, M. (Viena, 1878- Jerusalén, 1965) Filósofo fenomenológico del “Encuentro”, contemporáneo de Heidegger.

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