2.14. La voz del dominio y maltrato.
El silencio que se
impone.
L’Hospitalet
de Llobregat, ISSN 2462-6325
“Si no puedo bailar, tu revolución no me
interesa.”[1]
“Conocimiento y poder son uno”, nos dice, Michael Foucault[2],
también nos explica que el poder se impone con la vigilancia y el castigo. Para
este atormentado autor, recopilador de multitud de historias clínicas con las
que documentó el tratamiento a lo largo de la historia de, entre otras
cuestiones, la enfermedad mental[3],
la escuela es una institución disciplinaria como lo son las cárceles o lo eran
los manicomios.
En
sí el poder no es malo, pueden ser malos los fines con los que se ejerce y los
medios utilizados. Lo contrario del poder es la impotencia. Sentirse impotente
es una experiencia terrible que nos puede deshumanizar si nos abandonamos a
ella. No queremos y no debemos sentirnos impotentes, sólo tenemos que aprender
a manejar nuestro propio poder. Algo que a las mujeres de mi generación nadie
enseñó, más bien nos socavaron nuestros juveniles intentos, en esto sí somos
diferentes, aprendimos, si es que lo hicimos, como “pudimos”, sin más modelos
que los masculinos.
Hay
un poder que ejercemos sin ser conscientes, dada la poca valoración, es el
poder de cuidar, ayudar, guiar, colaborar… Poderes ancestrales de las mujeres
de todos los tiempos, que seguimos ejerciendo en colaboración con el otro sexo
en algunos afortunados casos. Es un poder que necesita reconocimiento social.
La entrada de la mujer en la política, nos dice Victoria Camps[4],
no supone sólo un aumento de cuotas sino el que el cuidado del otro, relegado a
la vida familiar, sea reconocido en la vida política y entre a formar parte de
ella.
La
acción, como el conocimiento, es poder, hay que saber poner límites al poder,
el límite siempre será el respeto al otro. El poder se ejerce desde el hacer y
desde el no-hacer, el decir y el no-decir… significa, pensar, actuar, repensar…el
que estas acciones, o las no-acciones, sean buenas o malas dependerá de
nuestras intenciones, el que resulten buenas o malas dependerá de las
consecuencias y de las consideraciones de los otros, siempre podemos valorar,
corregir y cambiar, o no. Los psicólogos hablan de la “tríada oscura” para
referirse a los narcisistas, los maquiavélicos y los sociópatas. No tienen en
cuenta cómo se puede sentir el otro.
El
poder que se ejerce sin respeto al otro es dominio y conlleva maltrato. No es
exclusivo del género masculino, quizás es más visible, más abusivo cuando se
utiliza la fuerza física, más terrible por sus consecuencias… pero no
exclusivo, ya que se ejerce de muchas maneras, la manipulación emocional, que
utilizamos ambos sexos, es una de ellas.
El
dominio se puede ejercer, como “los actos de habla”, directa o indirectamente.
Se puede decir: - ¡Ves a comprar el pan!,
es una orden directa, o - ¿Puedes ir
a comprar el pan?, es una pregunta con la que damos la misma orden de una
manera indirecta, también podemos decir: -
¡No eres capaz ni de ir a comprar el pan! Con lo que además de pedir que
vayan a comprar el pan, estamos introduciendo un reproche y generando un
sentimiento de culpa.
El
dominio intenta controlar el derecho a la palabra o al silencio. Las mujeres
que sufren violencia y maltrato se quedan sin voz. La atención hacia las
personas que han sufrido maltrato u otras situaciones adversas, supone no
despojarlas de su dignidad, de su capacidad de ser conscientes de su situación,
de expresarla o no y de sobreponerse buscando el propio camino.
La
voz del maltrato es la voz agresiva que insulta, reprocha y condena; la voz altiva
que humilla, desprecia y rechaza; las voces taimadas que lanzan y propagan
mentiras o medias mentiras… que aíslan al sujeto de la difamación; Es la voz
que impone el silencio por miedo o por interés propio y es la voz que obliga a
hablar cuando el otro no quiere; la voz que impone las prédicas y consignas del
poder, acallando las críticas; la voz de los estereotipos y prejuicios con las
que nos situamos por encima de los demás. Es la voz de la última palabra que
cierra en falso.
Más
terrible que la voz que maltrata es el silencio que se impone. “La ley del
silencio” es considerada una de las peores torturas que se infringen a los
presos. La Iglesia la ha administrado y no sólo durante la Inquisición. El
“bullyng” se sustenta más en el no reconocimiento, que socava la autoestima,
que en el rechazo directo, ejercido alguna vez por el que detenta el poder que
el grupo le ha otorgado y hecho efectivo con la burla, el desprecio y el aislamiento
del resto del grupo. Ocurre en todos los grupos humanos, en los adolescentes,
en los partidos políticos, en las familias…
Romper
el silencio es una muestra de valentía que muchas veces puede acabar con el
maltrato o ser el principio del fin.
El
silencio que se impone muestra desconocimiento y rechazo al diferente. El
sentido de pertenencia es una parte de nuestra identidad, lo alimentamos
creando semejanzas y diferencias. Cuando Hanna Arent[5]
habla de la “banalidad del mal”, se refiere a ese mecanismo de nuestro egoísmo,
miedo o pereza, por el que nos sometemos al grupo o sistema al que pertenecemos
y participamos en actos que no haríamos por nosotros mismos. Para caminar hacia
la verdad, la belleza y la bondad, que contrapone como profundas, deberíamos
cambiar nuestra percepción, pasar a la percepción de lo concreto, no quedarnos
en las primera generalizaciones superficiales con las que encasillamos nuestros
conocimientos iniciales. Conociendo el rostro del Otro, nuestro sentido de
pertenencia, como nuestra comprensión del mundo, saldrá de los esquemas
iniciales y entrará en un nuevo universo más dinámico y rico.
Según
la mitología romana “Tácita”, la ninfa del río antes llamada Lara o Lala
(lalismo significa hablar) por su inclinación a charlar, destapa un secreto,
por lo que Júpiter le corta la lengua y manda a Mercurio que la encierre en los
infiernos, éste, en el camino, la viola. Lala es castigada, no por usar la
palabra, sino por usarla inadecuadamente o libremente, característica que se
atribuye a las mujeres. Los varones, en las civilizaciones griegas y romanas,
como en muchas otras, son los únicos que pueden ejercer el poder de la palabra.
Finalmente, Tácita, por su largo tiempo en el inframundo, se convierte en una
deidad de las que, enterradas, sostienen el ciclo de la vida. La elevan a los
altares considerando que el silencio de Tácita era tan necesario para el
gobierno de la nación como la elocuencia (reservada a los hombres) Y es que,
dejando aparte la crueldad y el dominio masculino reflejados en el mito, lo
tácito del decir es, a veces, mucho más elocuente que las palabras.
El
dominio de la voz del varón se ha impuesto, socialmente, a través del lenguaje
escrito, al que la mujer ha tenido (y tiene aún en muchas culturas) difícil
acceso. Con la pluma se han dictado las normas que han sometido a las mujeres y
a otros colectivos o se ha escrito la historia, desde uno u otro signo, pero,
en todo caso, obviando o menospreciado el papel de la mujer. Las mujeres hemos
accedido a la universidad y vamos accediendo al poder político, al ejercicio
del derecho, a la ciencia… El feminismo no intenta doblegar a los hombres como
ellos hicieron con nosotras, sólo que se nos reconozca, que seamos consideradas
personas en igualdad de condiciones, que podamos ejercer nuestra acción y dar
nuestra palabra de una manera que nos sea propia, que recuperemos lo que las
mujeres han aportado a la sociedad, no poniéndolo en los altares, sino en el
centro mismo del ser.
En
este mundo, que no nos lo pone nada fácil a nadie, el único dominio que podemos
y debemos ejercer es el propio. El autodominio, parte fundamental de la
inteligencia emocional, se basa en el respeto, el autoconocimiento y la
confianza y genera más respeto y más confianza.
Si
el dominio intenta doblegar y someter, la autoridad busca el bien del otro, el
ejercicio consciente, libre y responsable de la voluntad del otro. La autoridad
no se impone, se ejerce y se confiere al ser aceptada. La autoridad se sustenta
en la escucha y en la palabra plena o veraz. Cuando falla la palabra, falla la
autoridad. La palabra veraz nace de la ética de la justicia y el amor.
“… Angelita, patuda, patas de alambre se cayó de la
torre y no se hizo sangre. Aquella frase con la que tus hermanos te hacían
rabiar, se convirtió en nuestro último diálogo, liberada ya de todo complejo, te
reías…”
[1] Emma
Goldman, anarquista. (Lituania, 1869 – Toronto, 1940)
[2]
Foucault, M. (Francia, 1926-1984) Filósofo
[3]
Foucault, M. “Historia de la locura en la época clásica” I y II Ed. Fondo de
cultura Económica, 1976, 1ª edic. París, 1964
[4] Camps,
Victoria “El siglo de las mujeres” Ed. Cátedra, 2003, 1ª ed. 1998
[5] Arent, Hannah (Hanover,
1906-New York, 1975) Filósofa, alumna de Heidegger.
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