domingo, 2 de octubre de 2016

2.14.La voz del dominio y maltrato. El silencio que se impone.

2.14. La voz del dominio y maltrato.
El silencio que se impone. 
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“Si no puedo bailar, tu revolución no me interesa.”[1]
“Conocimiento y poder son uno”, nos dice, Michael Foucault[2], también nos explica que el poder se impone con la vigilancia y el castigo. Para este atormentado autor, recopilador de multitud de historias clínicas con las que documentó el tratamiento a lo largo de la historia de, entre otras cuestiones, la enfermedad mental[3], la escuela es una institución disciplinaria como lo son las cárceles o lo eran los manicomios.
En sí el poder no es malo, pueden ser malos los fines con los que se ejerce y los medios utilizados. Lo contrario del poder es la impotencia. Sentirse impotente es una experiencia terrible que nos puede deshumanizar si nos abandonamos a ella. No queremos y no debemos sentirnos impotentes, sólo tenemos que aprender a manejar nuestro propio poder. Algo que a las mujeres de mi generación nadie enseñó, más bien nos socavaron nuestros juveniles intentos, en esto sí somos diferentes, aprendimos, si es que lo hicimos, como “pudimos”, sin más modelos que los masculinos.
Hay un poder que ejercemos sin ser conscientes, dada la poca valoración, es el poder de cuidar, ayudar, guiar, colaborar… Poderes ancestrales de las mujeres de todos los tiempos, que seguimos ejerciendo en colaboración con el otro sexo en algunos afortunados casos. Es un poder que necesita reconocimiento social. La entrada de la mujer en la política, nos dice Victoria Camps[4], no supone sólo un aumento de cuotas sino el que el cuidado del otro, relegado a la vida familiar, sea reconocido en la vida política y entre a formar parte de ella.
La acción, como el conocimiento, es poder, hay que saber poner límites al poder, el límite siempre será el respeto al otro. El poder se ejerce desde el hacer y desde el no-hacer, el decir y el no-decir… significa, pensar, actuar, repensar…el que estas acciones, o las no-acciones, sean buenas o malas dependerá de nuestras intenciones, el que resulten buenas o malas dependerá de las consecuencias y de las consideraciones de los otros, siempre podemos valorar, corregir y cambiar, o no. Los psicólogos hablan de la “tríada oscura” para referirse a los narcisistas, los maquiavélicos y los sociópatas. No tienen en cuenta cómo se puede sentir el otro.
El poder que se ejerce sin respeto al otro es dominio y conlleva maltrato. No es exclusivo del género masculino, quizás es más visible, más abusivo cuando se utiliza la fuerza física, más terrible por sus consecuencias… pero no exclusivo, ya que se ejerce de muchas maneras, la manipulación emocional, que utilizamos ambos sexos, es una de ellas.
El dominio se puede ejercer, como “los actos de habla”, directa o indirectamente. Se puede decir: - ¡Ves a comprar el pan!, es una orden directa, o - ¿Puedes ir a comprar el pan?, es una pregunta con la que damos la misma orden de una manera indirecta, también podemos decir: - ¡No eres capaz ni de ir a comprar el pan! Con lo que además de pedir que vayan a comprar el pan, estamos introduciendo un reproche y generando un sentimiento de culpa.
El dominio intenta controlar el derecho a la palabra o al silencio. Las mujeres que sufren violencia y maltrato se quedan sin voz. La atención hacia las personas que han sufrido maltrato u otras situaciones adversas, supone no despojarlas de su dignidad, de su capacidad de ser conscientes de su situación, de expresarla o no y de sobreponerse buscando el propio camino.
La voz del maltrato es la voz agresiva que insulta, reprocha y condena; la voz altiva que humilla, desprecia y rechaza; las voces taimadas que lanzan y propagan mentiras o medias mentiras… que aíslan al sujeto de la difamación; Es la voz que impone el silencio por miedo o por interés propio y es la voz que obliga a hablar cuando el otro no quiere; la voz que impone las prédicas y consignas del poder, acallando las críticas; la voz de los estereotipos y prejuicios con las que nos situamos por encima de los demás. Es la voz de la última palabra que cierra en falso.
Más terrible que la voz que maltrata es el silencio que se impone. “La ley del silencio” es considerada una de las peores torturas que se infringen a los presos. La Iglesia la ha administrado y no sólo durante la Inquisición. El “bullyng” se sustenta más en el no reconocimiento, que socava la autoestima, que en el rechazo directo, ejercido alguna vez por el que detenta el poder que el grupo le ha otorgado y hecho efectivo con la burla, el desprecio y el aislamiento del resto del grupo. Ocurre en todos los grupos humanos, en los adolescentes, en los partidos políticos, en las familias…
Romper el silencio es una muestra de valentía que muchas veces puede acabar con el maltrato o ser el principio del fin.
El silencio que se impone muestra desconocimiento y rechazo al diferente. El sentido de pertenencia es una parte de nuestra identidad, lo alimentamos creando semejanzas y diferencias. Cuando Hanna Arent[5] habla de la “banalidad del mal”, se refiere a ese mecanismo de nuestro egoísmo, miedo o pereza, por el que nos sometemos al grupo o sistema al que pertenecemos y participamos en actos que no haríamos por nosotros mismos. Para caminar hacia la verdad, la belleza y la bondad, que contrapone como profundas, deberíamos cambiar nuestra percepción, pasar a la percepción de lo concreto, no quedarnos en las primera generalizaciones superficiales con las que encasillamos nuestros conocimientos iniciales. Conociendo el rostro del Otro, nuestro sentido de pertenencia, como nuestra comprensión del mundo, saldrá de los esquemas iniciales y entrará en un nuevo universo más dinámico y rico.
Según la mitología romana “Tácita”, la ninfa del río antes llamada Lara o Lala (lalismo significa hablar) por su inclinación a charlar, destapa un secreto, por lo que Júpiter le corta la lengua y manda a Mercurio que la encierre en los infiernos, éste, en el camino, la viola. Lala es castigada, no por usar la palabra, sino por usarla inadecuadamente o libremente, característica que se atribuye a las mujeres. Los varones, en las civilizaciones griegas y romanas, como en muchas otras, son los únicos que pueden ejercer el poder de la palabra. Finalmente, Tácita, por su largo tiempo en el inframundo, se convierte en una deidad de las que, enterradas, sostienen el ciclo de la vida. La elevan a los altares considerando que el silencio de Tácita era tan necesario para el gobierno de la nación como la elocuencia (reservada a los hombres) Y es que, dejando aparte la crueldad y el dominio masculino reflejados en el mito, lo tácito del decir es, a veces, mucho más elocuente que las palabras.
El dominio de la voz del varón se ha impuesto, socialmente, a través del lenguaje escrito, al que la mujer ha tenido (y tiene aún en muchas culturas) difícil acceso. Con la pluma se han dictado las normas que han sometido a las mujeres y a otros colectivos o se ha escrito la historia, desde uno u otro signo, pero, en todo caso, obviando o menospreciado el papel de la mujer. Las mujeres hemos accedido a la universidad y vamos accediendo al poder político, al ejercicio del derecho, a la ciencia… El feminismo no intenta doblegar a los hombres como ellos hicieron con nosotras, sólo que se nos reconozca, que seamos consideradas personas en igualdad de condiciones, que podamos ejercer nuestra acción y dar nuestra palabra de una manera que nos sea propia, que recuperemos lo que las mujeres han aportado a la sociedad, no poniéndolo en los altares, sino en el centro mismo del ser.
En este mundo, que no nos lo pone nada fácil a nadie, el único dominio que podemos y debemos ejercer es el propio. El autodominio, parte fundamental de la inteligencia emocional, se basa en el respeto, el autoconocimiento y la confianza y genera más respeto y más confianza.
Si el dominio intenta doblegar y someter, la autoridad busca el bien del otro, el ejercicio consciente, libre y responsable de la voluntad del otro. La autoridad no se impone, se ejerce y se confiere al ser aceptada. La autoridad se sustenta en la escucha y en la palabra plena o veraz. Cuando falla la palabra, falla la autoridad. La palabra veraz nace de la ética de la justicia y el amor.
“… Angelita, patuda, patas de alambre se cayó de la torre y no se hizo sangre. Aquella frase con la que tus hermanos te hacían rabiar, se convirtió en nuestro último diálogo, liberada ya de todo complejo, te reías…”



[1] Emma Goldman, anarquista. (Lituania, 1869 – Toronto, 1940)
[2] Foucault, M. (Francia, 1926-1984) Filósofo
[3] Foucault, M. “Historia de la locura en la época clásica” I y II Ed. Fondo de cultura Económica, 1976, 1ª edic. París, 1964
[4] Camps, Victoria “El siglo de las mujeres” Ed. Cátedra, 2003, 1ª ed. 1998
[5] Arent, Hannah (Hanover, 1906-New York, 1975) Filósofa, alumna de Heidegger.

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