3.3. Voces que nos amparan y guían.
“… en todo ello percibimos un soplo que
llega de Él, en cada Tú dirigimos la palabra a lo eterno…”
L'HOSPITALET DE LLOBREGAT ISSN 2462-6325
En
los relatos autobiográficos solemos encontrar que, en las cuestiones decisivas
de la vida, después de atravesar un largo camino incierto, sobreviene una
repentina certeza que nos dice cómo hemos de obrar. Desde la tradición que nos
transmitieron, desde nuestras relaciones con el entorno y desde nuestra
búsqueda, sobrevienen dichas certezas que nos impulsan a avanzar o a cambiar de
ruta, la elección es nuestra libertad.
La
intuición es como la percepción sensitiva, por ella “vemos” sin ver, “oímos”
sin oír. Esa intuición es la más grande verdad que se nos presenta. No
contradice la razón, la engloba. De repente comprendemos y eso nos da paz.
Según Martin Buber el ser
humano es un ser que se afirma y crece mediante la relación: la de la vida con
la naturaleza que no necesita lenguaje, la de la vida con el ser humano, la del
yo con el tú, donde la relación es clara y lingüística y la de la vida con los
seres espirituales, donde la relación se manifiesta sin lenguaje, pero genera lenguaje. ¿Cómo expresarlo
mejor?
…
El otro día soñé que casi no me podía mover. La gente no me conocía y me miraba
con desdén, me senté y fueron apareciendo mis seres queridos, en ellos reposé…
·
Vocación y Sentido
"Tot
és incert, però el desig perdura
des
del profund i en el profund se centra
i esdevé goig, i
sentiment, i força."
Hemos
visto que las claves donde se fundamenta la capacidad de resistir la adversidad
son la aceptación, la confianza y el sentido. El sentido necesita tanto de lo
cognitivo y de la acción que ejercemos, como de las relaciones afectivas y
sociales, o de los juicios éticos. El lenguaje depende de todo lo que va
configurando la personalidad y contribuye, al mismo tiempo, a desarrollar
nuestra comprensión del mundo y nuestra relación con él.
El
Sentido no debe entenderse como la explicación racional de lo que nos sucede
desde un mundo más allá del nuestro, nunca
conoceremos la razón del mundo, si es que la tiene. Nuestro deseo de dicha y de
razón chocará, inevitablemente, con el silencio del mundo, pero será la dirección
hacia la que enfocamos nuestro caminar, si nos sentimos perdidos tenemos una
brújula: la de la jerarquía de valores que nos hemos marcado. Vivimos
persiguiendo bienes, nos dice Max Scheler,
oponiéndose a las explicaciones utilitaristas y hedonistas de nuestro obrar,
expone que nuestro querer sólo es bueno si elige el valor más alto de las
inclinaciones. Considera la felicidad como un estado que se nos da cuando
perseguimos esos valores más altos. La felicidad no es algo que podemos
alcanzar por sí misma, ni siquiera es meramente un don, la felicidad es la
fuente. Toda dirección buena de la
voluntad tiene su nacimiento en una superabundancia de sentimientos positivos
del estrato más profundo.
La vivencia que
subyace en nuestro hacer y nuestro sentir es el amor. El amor es un movimiento
hacia algo –alguien- individual y valioso. El amor no es ciego, al contrario,
el amor ve más, descubre lo valioso, ilumina e irradia, ensancha. Lo más
determinante de la persona es su amor, su modo de amar.
El
sujeto moral, según Scheler, tiene ante sí no sólo los deberes comunes a todos
los hombres propios de una ética general, sino también los individuales que le
atañen de un modo único e intransferible: su vocación personal que le descubre
su conciencia.
El
amor de la madre marca esa dirección. Es nuestro objeto de deseo y constituye
lo que alguna vez tuvimos y queremos recuperar. Ella
nos indicó lo que está bien y lo que no lo está: - lávate las manos, se cariñosa con la abuelita, haz las paces con tu
hermano, no digas palabrotas, cómete las verduras…, nuestro deseo de
aprobación y de afecto nos hicieron incorporar esos actos como deberes y
normas. Pero la madre nos quiere siempre, hasta cuando le discutimos o
desobedecemos; nos riñe, se enfada, nos grita… pero no deja de querernos. Es lo
que recordamos y recuperamos en el camino del descenso. Es lo que por fin
reconocemos en nosotros.
El
stress, los traumas sobrevenidos, las situaciones límite, provocan la pérdida
del sentido. Nos intentamos alejar para comprender lo que nos pasa, pero no lo
logramos por mucho que nos esforcemos. Finalmente, el sentido se descubre
cuando conectamos con ese eje de vida que nos ha ido guiando, cuando aceptamos
y abrazamos las situaciones sobrevenidas como parte de esta vida, la que
tenemos, en la que amamos, por fin nos reorientamos.
En
la novela “Desgracia”, que citamos en la primera parte, se nos presentan dos
desgracias y dos maneras de afrontarlas: la de David, el profesor que abusa de
una alumna joven y la de su hija que es violada. David se enfrenta a los actos
desde lo racional, aceptando su “culpa” y lo que le sobrevenga. Su hija, desde
el dolor de los hechos acaecidos, no acepta entrar en ese juego mental lleno de
abstracciones y prejuicios. Ella ha visto el rostro del odio. Entiende lo que
refleja ese odio, acepta las consecuencias y reconstruye su vida adaptándola a
las circunstancias del mundo en el que vive. No quiere huir, renuncia a odiar,
construye en su propia carne y en su propio país la reconciliación al modo de
la superación política del apartheid.
Apostar
por la dicha (la propia, la de los otros) en situaciones de dolor es la
auténtica fe, la que nos marca con el sello de nuestra esencia, la que nos
permite transitar por la vida, abiertos al misterio, receptivos a la escucha, dispuestos a encarar el por-venir.
“… Ellos no nos necesitan, pero nosotros
necesitamos hacer las paces con ellos. Nos inquieta su recuerdo, creemos que
hicimos algo mal, que nos tienen que perdonar y nos preguntamos si será por eso
o por aquello, pero son ellos los que nos piden perdón, lo hacen para que
estemos en paz, para que vivamos alegres con su recuerdo sabiendo que siempre
procuraron, con mayor o menor acierto, nuestro bien. Por fin comprendemos, descansan
ya en nuestra paz. Nos protegieron, nos protegen. Cumplieron.
·
Trascendencia.
“La gloria del hombre no viene
de lo alto, sino que se eleva desde el humus que nos constituye como hombres (personas)
en el amor”
Trascendencia en filosofía
significa elevarse por encima de la situación concreta para conceptualizarla y
abstraerla, pero lo abstraído ya no es lo real.
El “pienso, luego existo” de
Descartes ha sido cuestionado por filósofos fenomenológicos y existencialistas
o por el psicoanalista Jacques Lacan en el sentido de que “Pienso porque no soy, porque todavía no soy
lo que quiero ser o lo que debo ser”, como afirma Ebner. Trascendencia nos dice
Edith Stein explicando y cuestionando a Heidegger significa un irrumpir desde la finitud, irrupción que le es dada junto
con su comprensión del ser a una esencia personal-espiritual y, como tal,
cognoscente.
Trascendencia es una palabra que remite a lo espiritual,
la religión se apropió del término, pero es una palabra que nos pertenece.
Scheler desde el análisis fenomenológico nos explica que hay una percepción
interior por la que valoramos los objetos como atractivos o repulsivos,
agradables o desagradables, buenos o malos, amables u odiables, que provocan
una respuesta afectiva y una tendencia dirigida a los mismos, son los
“sentimientos intencionales”, por los que preferimos algo en concreto, los que
nos remiten a lo trascendente. Estos actos preferidos, como la alegría por una
buena noticia, la indignación por una injusticia o la admiración que alguien
nos despierta, se nos muestran como algo valioso, comprensible y lleno de
sentido.
Del cuerpo inerte ha desaparecido el alma, nos dice
Camus. Bertrand Rusell evidencia: mi cuerpo se pudrirá (si no lo
incineran), de mi ego no quedará nada, ni pensamientos, ni sentimientos. Mirar
de frente estas realidades, como mirar los espacios abiertos, nos vigoriza.
Trascenderla es seguir preguntándonos por lo que aún nos inquieta.
“- ¿Qué quedará de mi?, me pregunté, - la vida de los otros, la que amo, respondí, esa misma vida que alienta, ahora, la mía. Si los otros son parte
de mí, esa parte quedará. Esa parte de los otros que me amaron directamente o a
través de otros, va conmigo.”
·
El amor y la falta de
amor
El
amor es un movimiento interno que se siente físicamente como el dolor. Es una
oleada de calor. Se siente en las entrañas cuando nos enamoramos, en el pecho
cuando nos vinculamos con los hijos. En la madurez acude en forma de paz, está
en la amistad que sobrevive entre las brasas del amor, en el recuerdo
agradecido hacia los que se fueron, en la emoción de sentirnos queridos, aún nos
recarga las endorfinas cuando reímos con o como niños. Nuestras hormonas y
nuestro cerebro hacen posible que lo experimentemos manteniéndonos a salvo de
la desdicha.
El
amor puede convivir con el dolor crónico y con las pérdidas. El amor, fuente
del sentido y de la felicidad, permite que lo sobrellevemos con esperanza.
El
amor es también un movimiento externo que no sabemos muy bien a dónde va, si
será recogido y por quién. Es el movimiento del decir bien, del querer bien, del
desear bien y del alegrarnos con el bien del otro, aunque hayamos sentido y
reconozcamos las punchadas de nuestra mezquina envidia. Está en el admirar, en
el contemplar, en el escuchar, en el comprender, en el agradecer, en el tocar y
en el dejarse tocar.
Lo contrario al amor es la
envidia. Las acciones perjudiciales del hombre, nos dice Rusell, lo son desde la
ignorancia y los malos deseos. La malevolencia se puede dirigir a enemigos
concretos, pero, frecuentemente, se trata de un placer impersonal ante las
desgracias ajenas, por envidia y decepción propia.
El rencor, nos dice María Zambrano, nace de lo que no
logra, trabaja siempre, quiere ser escuchado.Todos sentimos esa envidia
ante los seres con los que nos comparamos, no somos perfectos, reconocerlo,
abrirnos a la náusea ante nuestras pequeñas-grandes necesidades es la única
manera de recuperar ese latir rítmico de nuestras entrañas: la música del corazón.
El miedo (racional o irracional) puede desencadenar la
crueldad. Hemos de procurar la seguridad y aumentar el coraje para afrontar las
situaciones de peligro o amenaza manteniendo la calma, luchando pero controlando
la rabia o el miedo y sin perder la esperanza.
La consecuencia de la maldad o de la falta de amor es la
mutua derrota, por eso el amor es mejor que el odio, Nos dice el pragmático
filósofo, Rusell.
El miedo, la ira, la envidia… son emociones que todos
sentimos. No somos malos por sentirlas, lo somos por abandonarnos a ellas, lo
que nos hará, irremediablemente, infelices. Sólo la vida ética puede conducir a
la felicidad, la que reconoce esas emociones pero opta por el bien común.
El
amor, para los filósofos del diálogo, se alberga en el hueco de la relación. Es
el aire que todo lo mueve, lo remueve y lo renueva. Ese espacio donde aletea el
amor, es nuestra alma, el vacío entre el yo y el tú.
Muere
el cuerpo, desaparece el ego, - ¡Por fin,
libres! ¿Dónde va el “alma”? El alma ha sido vacío y juntura, el vacío que
ha permitido pasar al aire, el aire que sigue dando de nuevo su aliento y la
juntura de ese aire que respiro entre mi cuerpo, mi mente con sus razones y sus
emociones y en mis entrañas que lo han hecho suyo y han dado más vida. Haber
sido sus receptores es nuestro privilegio. Hace falta excavar un pozo, para
descubrir el agua que corre por nuestras vidas. Ese pozo se excava desde el
coraje por afrontar el propio dolor, evitando causar más dolor. Ese pozo propio
es, ahora, el pozo que mana agua para todo el que tenga sed.
El
amor no se puede retener como el ruiseñor
del cuento, hay que dejarlo ir, igual que el agua que corre entre nosotros
habiendo manado de la fuente. Ese movimiento del “dejar ir” es la eternidad que
nos sobreviene.