miércoles, 16 de noviembre de 2016

3.3. Voces que nos amparan y guían.

3.3. Voces que nos amparan y guían.
“… en todo ello percibimos un soplo que llega de Él, en cada Tú dirigimos la palabra a lo eterno…”[1]
L'HOSPITALET DE LLOBREGAT ISSN 2462-6325
En los relatos autobiográficos solemos encontrar que, en las cuestiones decisivas de la vida, después de atravesar un largo camino incierto, sobreviene una repentina certeza que nos dice cómo hemos de obrar. Desde la tradición que nos transmitieron, desde nuestras relaciones con el entorno y desde nuestra búsqueda, sobrevienen dichas certezas que nos impulsan a avanzar o a cambiar de ruta,  la elección es nuestra libertad.
La intuición es como la percepción sensitiva, por ella “vemos” sin ver, “oímos” sin oír. Esa intuición es la más grande verdad que se nos presenta. No contradice la razón, la engloba. De repente comprendemos y eso nos da paz.
Según Martin Buber el ser humano es un ser que se afirma y crece mediante la relación: la de la vida con la naturaleza que no necesita lenguaje, la de la vida con el ser humano, la del yo con el tú, donde la relación es clara y lingüística y la de la vida con los seres espirituales, donde la relación se manifiesta sin lenguaje, pero genera lenguaje. ¿Cómo expresarlo mejor?
… El otro día soñé que casi no me podía mover. La gente no me conocía y me miraba con desdén, me senté y fueron apareciendo mis seres queridos, en ellos reposé…
·       Vocación y Sentido
"Tot és incert, però el desig perdura
des del profund i en el profund se centra
i esdevé goig, i sentiment, i força."[2]
Hemos visto que las claves donde se fundamenta la capacidad de resistir la adversidad son la aceptación, la confianza y el sentido. El sentido necesita tanto de lo cognitivo y de la acción que ejercemos, como de las relaciones afectivas y sociales, o de los juicios éticos. El lenguaje depende de todo lo que va configurando la personalidad y contribuye, al mismo tiempo, a desarrollar nuestra comprensión del mundo y nuestra relación con él.
El Sentido no debe entenderse como la explicación racional de lo que nos sucede desde un mundo más allá del nuestro, nunca conoceremos la razón del mundo, si es que la tiene. Nuestro deseo de dicha y de razón chocará, inevitablemente, con el silencio del mundo, pero será la dirección hacia la que enfocamos nuestro caminar, si nos sentimos perdidos tenemos una brújula: la de la jerarquía de valores que nos hemos marcado. Vivimos persiguiendo bienes, nos dice Max Scheler,[3] oponiéndose a las explicaciones utilitaristas y hedonistas de nuestro obrar, expone que nuestro querer sólo es bueno si elige el valor más alto de las inclinaciones. Considera la felicidad como un estado que se nos da cuando perseguimos esos valores más altos. La felicidad no es algo que podemos alcanzar por sí misma, ni siquiera es meramente un don, la felicidad es la fuente. Toda dirección buena de la voluntad tiene su nacimiento en una superabundancia de sentimientos positivos del estrato más profundo[4].
 La vivencia que subyace en nuestro hacer y nuestro sentir es el amor. El amor es un movimiento hacia algo –alguien- individual y valioso. El amor no es ciego, al contrario, el amor ve más, descubre lo valioso, ilumina e irradia, ensancha. Lo más determinante de la persona es su amor, su modo de amar.
El sujeto moral, según Scheler, tiene ante sí no sólo los deberes comunes a todos los hombres propios de una ética general, sino también los individuales que le atañen de un modo único e intransferible: su vocación personal que le descubre su conciencia.
El amor de la madre marca esa dirección. Es nuestro objeto de deseo y constituye lo que alguna vez tuvimos y queremos recuperar. Ella[5] nos indicó lo que está bien y lo que no lo está: - lávate las manos, se cariñosa con la abuelita, haz las paces con tu hermano, no digas palabrotas, cómete las verduras…, nuestro deseo de aprobación y de afecto nos hicieron incorporar esos actos como deberes y normas. Pero la madre nos quiere siempre, hasta cuando le discutimos o desobedecemos; nos riñe, se enfada, nos grita… pero no deja de querernos. Es lo que recordamos y recuperamos en el camino del descenso. Es lo que por fin reconocemos en nosotros.
El stress, los traumas sobrevenidos, las situaciones límite, provocan la pérdida del sentido. Nos intentamos alejar para comprender lo que nos pasa, pero no lo logramos por mucho que nos esforcemos. Finalmente, el sentido se descubre cuando conectamos con ese eje de vida que nos ha ido guiando, cuando aceptamos y abrazamos las situaciones sobrevenidas como parte de esta vida, la que tenemos, en la que amamos, por fin nos reorientamos.
En la novela “Desgracia”, que citamos en la primera parte, se nos presentan dos desgracias y dos maneras de afrontarlas: la de David, el profesor que abusa de una alumna joven y la de su hija que es violada. David se enfrenta a los actos desde lo racional, aceptando su “culpa” y lo que le sobrevenga. Su hija, desde el dolor de los hechos acaecidos, no acepta entrar en ese juego mental lleno de abstracciones y prejuicios. Ella ha visto el rostro del odio. Entiende lo que refleja ese odio, acepta las consecuencias y reconstruye su vida adaptándola a las circunstancias del mundo en el que vive. No quiere huir, renuncia a odiar, construye en su propia carne y en su propio país la reconciliación al modo de la superación política del apartheid.
Apostar por la dicha (la propia, la de los otros) en situaciones de dolor es la auténtica fe, la que nos marca con el sello de nuestra esencia, la que nos permite transitar por la vida, abiertos al misterio, receptivos a  la escucha, dispuestos a encarar el por-venir.
“… Ellos no nos necesitan, pero nosotros necesitamos hacer las paces con ellos. Nos inquieta su recuerdo, creemos que hicimos algo mal, que nos tienen que perdonar y nos preguntamos si será por eso o por aquello, pero son ellos los que nos piden perdón, lo hacen para que estemos en paz, para que vivamos alegres con su recuerdo sabiendo que siempre procuraron, con mayor o menor acierto, nuestro bien. Por fin comprendemos, descansan ya en nuestra paz. Nos protegieron, nos protegen. Cumplieron.
·        Trascendencia.
“La gloria del hombre no viene de lo alto, sino que se eleva desde el humus que nos constituye como hombres (personas) en el amor”[6]
Trascendencia en filosofía significa elevarse por encima de la situación concreta para conceptualizarla y abstraerla, pero lo abstraído ya no es lo real.
El “pienso, luego existo” de Descartes ha sido cuestionado por filósofos fenomenológicos y existencialistas o por el psicoanalista Jacques Lacan en el sentido de que  “Pienso porque no soy, porque todavía no soy lo que quiero ser o lo que debo ser”, como afirma Ebner[7]. Trascendencia nos dice Edith Stein explicando y cuestionando a Heidegger significa un irrumpir desde la finitud, irrupción que le es dada junto con su comprensión del ser a una esencia personal-espiritual y, como tal, cognoscente.[8]
Trascendencia es una palabra que remite a lo espiritual, la religión se apropió del término, pero es una palabra que nos pertenece. Scheler desde el análisis fenomenológico nos explica que hay una percepción interior por la que valoramos los objetos como atractivos o repulsivos, agradables o desagradables, buenos o malos, amables u odiables, que provocan una respuesta afectiva y una tendencia dirigida a los mismos, son los “sentimientos intencionales”, por los que preferimos algo en concreto, los que nos remiten a lo trascendente. Estos actos preferidos, como la alegría por una buena noticia, la indignación por una injusticia o la admiración que alguien nos despierta, se nos muestran como algo valioso, comprensible y lleno de sentido.
Del cuerpo inerte ha desaparecido el alma, nos dice Camus. Bertrand Rusell[9]  evidencia: mi cuerpo se pudrirá (si no lo incineran), de mi ego no quedará nada, ni pensamientos, ni sentimientos. Mirar de frente estas realidades, como mirar los espacios abiertos, nos vigoriza. Trascenderla es seguir preguntándonos por lo que aún nos inquieta.
“- ¿Qué quedará de mi?, me pregunté, - la vida de los otros, la que amo, respondí, esa misma vida que alienta, ahora, la mía. Si los otros son parte de mí, esa parte quedará. Esa parte de los otros que me amaron directamente o a través de otros, va conmigo.”
·       El amor y la falta de amor
“El amor implica la contemplación y la benevolencia hacia los seres,” [1]
El amor es un movimiento interno que se siente físicamente como el dolor. Es una oleada de calor. Se siente en las entrañas cuando nos enamoramos, en el pecho cuando nos vinculamos con los hijos. En la madurez acude en forma de paz, está en la amistad que sobrevive entre las brasas del amor, en el recuerdo agradecido hacia los que se fueron, en la emoción de sentirnos queridos, aún nos recarga las endorfinas cuando reímos con o como niños. Nuestras hormonas y nuestro cerebro hacen posible que lo experimentemos manteniéndonos a salvo de la desdicha.
El amor puede convivir con el dolor crónico y con las pérdidas. El amor, fuente del sentido y de la felicidad, permite que lo sobrellevemos con esperanza.
El amor es también un movimiento externo que no sabemos muy bien a dónde va, si será recogido y por quién. Es el movimiento del decir bien, del querer bien, del desear bien y del alegrarnos con el bien del otro, aunque hayamos sentido y reconozcamos las punchadas de nuestra mezquina envidia. Está en el admirar, en el contemplar, en el escuchar, en el comprender, en el agradecer, en el tocar y en el dejarse tocar.
Lo contrario al amor es la envidia. Las acciones perjudiciales del hombre, nos dice Rusell[2], lo son desde la ignorancia y los malos deseos. La malevolencia se puede dirigir a enemigos concretos, pero, frecuentemente, se trata de un placer impersonal ante las desgracias ajenas, por envidia y decepción propia.
El rencor, nos dice María Zambrano, nace de lo que no logra, trabaja siempre, quiere ser escuchado.[3]Todos sentimos esa envidia ante los seres con los que nos comparamos, no somos perfectos, reconocerlo, abrirnos a la náusea ante nuestras pequeñas-grandes necesidades es la única manera de recuperar ese latir rítmico de nuestras entrañas: la música del corazón.
El miedo (racional o irracional) puede desencadenar la crueldad. Hemos de procurar la seguridad y aumentar el coraje para afrontar las situaciones de peligro o amenaza manteniendo la calma, luchando pero controlando la rabia o el miedo y sin perder la esperanza.
La consecuencia de la maldad o de la falta de amor es la mutua derrota, por eso el amor es mejor que el odio, Nos dice el pragmático filósofo, Rusell.
El miedo, la ira, la envidia… son emociones que todos sentimos. No somos malos por sentirlas, lo somos por abandonarnos a ellas, lo que nos hará, irremediablemente, infelices. Sólo la vida ética puede conducir a la felicidad, la que reconoce esas emociones pero opta por el bien común.
El amor, para los filósofos del diálogo, se alberga en el hueco de la relación. Es el aire que todo lo mueve, lo remueve y lo renueva. Ese espacio donde aletea el amor, es nuestra alma, el vacío entre el yo y el tú.
Muere el cuerpo, desaparece el ego, - ¡Por fin, libres! ¿Dónde va el “alma”? El alma ha sido vacío y juntura, el vacío que ha permitido pasar al aire, el aire que sigue dando de nuevo su aliento y la juntura de ese aire que respiro entre mi cuerpo, mi mente con sus razones y sus emociones y en mis entrañas que lo han hecho suyo y han dado más vida. Haber sido sus receptores es nuestro privilegio. Hace falta excavar un pozo, para descubrir el agua que corre por nuestras vidas. Ese pozo se excava desde el coraje por afrontar el propio dolor, evitando causar más dolor. Ese pozo propio es, ahora, el pozo que mana agua para todo el que tenga sed.
El amor no se puede retener como el ruiseñor[4] del cuento, hay que dejarlo ir, igual que el agua que corre entre nosotros habiendo manado de la fuente. Ese movimiento del “dejar ir” es la eternidad que nos sobreviene.


[1] Rusell, B En qué crec jo.
[2] Rusell, B. En qué crec jo.
[3] Zambrano, María Hacia un saber del alma. Pág. 69
[4] Andersen H.C. El ruiseñor del emperador.



[1] Buber, Martín
[2] Martí i Pol, M.  Solstici
[3] Scheler M. (Alemania, 1874-1928) Filósofo fenomenológico discípulo de Husserl.
[4] Sánchez-Migallón, S. Max Scheler
[5] Recordemos lo que explicábamos de la “resiliencia”, puede que la madre no haya podido ejercer ese papel, pero otra figura podrá despertar ese deseo para nosotros.
[6] Feuerbach,  L.A. (Alemania, 1804-1972) Filósofo, antropólogo, biólogo y crítico de la religión. Se le considera padre del “humanismo ateo”
[7] Ebner, F. (1995) La palabra y las realidades espirituales. (Fragmento XI)
[8] Stein, Edith (2010) p. 81
[9] Rusell, B (Gales, 1872-1970) Matemático, filósofo del lenguaje, escritor, activista…

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