3.2. Voces que nos inquietan. Los duelos.
Señor, concédeme
serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza para cambiar lo
que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia.[1]
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
Cuando
nos preguntamos - ¿por qué? siempre
es un - ¿por qué a mí? El único dolor
que experimentamos es el propio. Aunque el vínculo emocional sea muy fuerte,
cada uno asume su propio dolor. También los hijos han de pasar los suyos, podemos
tratar de evitarles daños inútiles, pero, irremediablemente, tendrán que
enfrentarse a situaciones de dolor y de angustia. La confianza en su propia
capacidad, que la tienen, será la mejor ayuda, aunque se nos remuevan las
entrañas.
Lloramos
por nosotros mismos, por nuestras pérdidas, por el dolor del otro que nos
repercute, afecta y concierne, por el que nos recuerda y aviva el propio. Por
eso no soportamos el dolor ajeno porque supone contactar con el nuestro. Lo intentamos
calmar igual que hacemos el nuestro: minimizando, evadiéndonos, enfadándonos,
mirando hacia otro lado… Sólo el que realmente ha afrontado su propio dolor
permanece en silencio acompañando al otro en el suyo, sólo quien mantiene su
esperanza puede comunicarla al otro, son las llamas de las velas que nos
encendemos unos a otros. Realmente
tenemos un cierto límite para afrontar el dolor, quizás es cuestión de
saber posicionarnos.
Ante
el dolor del otro, como ante el mío propio, sólo puedo:
·
Percibirlo, permitir
que se exprese. Mirar, escuchar, tocar… hasta donde el otro permita y quiera. El
respeto y la atención son fundamentales. A veces es la única, pero valiosa
ayuda, que se precisa.
·
Empatizar, hacerme
cargo, hasta un cierto límite. No ha de ser una carga abusiva. Empatizar significa
ponerse en el lugar del otro por un tiempo limitado, no evadiéndose del propio.
Es necesario ser conscientes de las propias necesidades de aceptación y afecto,
no sea que se pongan por delante prestándose a servicios abusivos hacia el otro
o hacia uno mismo.
·
Dejar al cuidado, al
cuidado de sí mismo, al cuidado de quien corresponda. Esto es lo que más cuesta,
a veces nuestro deseo de sentirnos bien nos lleva a sobreproteger, a no
permitir la autonomía, al paternalismo que infantiliza. humilla e inferioriza
al otro.
·
Seguir mi camino, el
único que puedo hacer.
Los
niños pasan también sus duelos, hay que acompañarlos dejándoles su espacio, su
tiempo y su propia construcción de lo simbólico, habrá que facilitarles
elementos para ello. No podemos, ni debemos, protegerlos de todo, tampoco lo
podemos controlar ni esconder todo, de nuevo la confianza y la comunicación nos
guiarán.
… Un padre me decía que él no dejaría llorar nunca
a sus hijos, no me entendió cuando le dije que tenía que permitirlo. Siempre que
lo recuerdo pienso en la carga tan dura que habrá tenido que soportar…
·
La muerte. Lo
absurdo. Lo eterno.
“…no anhelar distantes venturas y favores y bendiciones, sino vivir de
modo que queramos volver a vivir, y así por toda la
eternidad.”[2]
Borges[3] en
su “historia de la eternidad” nos conduce desde la pervivencia de las ideas
platónicas y la supuesta invariabilidad del universo de la filosofía griega
primitiva, pasando por las ideas y conceptos que el cristianismo adoptó y
adaptó para convencernos de un mundo eterno en el que se nos juzgaría, hasta la
angustia del “eterno retorno” o la posibilidad de las repeticiones cíclicas de
la historia. ¿Por qué estamos más convencidos racionalmente de la sucesión del
tiempo y no de la eternidad?, nos pregunta. Los únicos que tenemos conciencia
del tiempo que pasa somos los que nos sabemos mortales, aún así, realmente,
sólo existe el instante. Un instante con el que podemos, en ocasiones, saborear
la eternidad, como el que nos relata el mismo Borges desde su propia experiencia
o Víctor Frankl en “El hombre en busca de
sentido” o como algún momento que podamos haber vivido nosotros.
Albert Camus en “lo absurdo y el suicidio”[4] indica que no hay
más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la
vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de
la filosofía. El problema vuelve a ser el de siempre, qué tipo de pregunta y de
respuesta hacemos, desde lo meramente racional, nos dice Camus, llegaremos,
inevitablemente, al absurdo, a la contradicción, al “eterno retorno” encarnado
en el mito de Sísifo. No hay respuesta lógica válida, sólo el desafío de mirar
de frente la adversidad y hacerla tuya puede, al fin, llevar al Sísifo que
llevamos dentro a la dicha, la dicha de afrontar y cargar con nuestro destino.
La única realidad, nos dicen
los filósofos, es la inquietud de los seres, si ese temor breve y fugitivo toma
conciencia de sí mismo se convierte en angustia y busca su camino en medio del
absurdo, afrontarla es nuestro destino; es la conciencia de la muerte la que
nos llama a la existencia, nos dice Heidegger.
Evitamos la palabra
“muerte”, pero esa es nuestra única certeza. La cultura y la historia de las
civilizaciones humanas comienzan con los ritos y símbolos que se establecen
para calmar los miedos y para seguir, de alguna manera en relación con los que
murieron. Ebner[5], filósofo del diálogo y la
relación, como Martin Buber, nos recuerda que el hombre, desde el espíritu,
sigue evocando y honrando al muerto en su memoria como un semejante. La
vivencia del otro, evocada por el espíritu, da cuenta de la intensidad de la
conciencia humana.
- ¿Por qué no me suicido? ó - ¿Por qué no me suicidé en la época más angustiosa de mi vida? - ¿Por
qué otros sí lo hicieron? El cuerpo tiene sus razones, como es el apego a
la vida, nos dice Camus. A veces un fino hilo separa las dos opciones, el hilo
se puede romper fácilmente o se puede afianzar con otros hilos: los de los
afectos, los de la curiosidad, los del coraje de responder a una pregunta racional
con la palabra más veraz: la de vida misma.
·
Dolor y desdicha.
“Hi ha experiències que no es
superen, com la mort i abans de la mort definitiva a la que ens haurem de
sotmetre, hi ha tot un camí en el que ens anem trobant amb la persistència del
mal i amb les nostres impotències.”[6]
El
deseo es
la energía que nos mueve. La necesidad impone el deseo. Alcanzamos lo que
deseábamos y deseamos más. Cesa el dolor que sufríamos y nos olvidamos del
deseo de que cesara y seguimos deseando más. Siempre estaremos insatisfechos,
es una verdad que no podemos obviar, mirarla de frente nos hace sentir desdichados
ya que nos acerca a la verdad de la muerte de la que pretendemos huir, como nos
resulta intolerable nos instalamos en la mentira, pero sólo el coraje de
afrontar esta verdad nos permitirá aceptar la vida y amarla, nos dice Simone
Weil[7].
El dolor es algo físico que
experimentamos en nuestra existencia, aunque hacemos lo posible por evitarlo o
eliminarlo, no siempre podemos. El dolor por las pérdidas es algo que también
experimentamos físicamente, orgánicamente. El dolor del otro nos conmueve las
entrañas. El dolor siempre es físico.
Cuando el dolor psíquico se instaura en nuestro ser,
sufrimos. Los pensamientos y sentimientos nos llevan a este estado. No es tanto
lo que vivimos sino cómo lo vivimos. Cuando proyectamos nuestro sufrimiento
sobre otras realidades acabamos sintiendo odio, asco, fobia… a ciertos lugares,
personas o cosas con las que identificamos nuestro sufrimiento. Si no podemos
controlar el sufrimiento debemos buscar ayuda terapéutica. El sufrimiento
disminuye con pensamientos positivos, con la consciencia sobre la realidad y
sobre nuestra manera de enfrentarnos a ella, con la meditación sobre cosas
bellas: naturaleza, arte, personas… sobre las que proyectar ese sufrimiento que
sólo en ellas encontrará el sosiego.
La desdicha es un estado prolongado de dolor, por
enfermedad, pobreza, exclusión, esclavitud… que provoca una pérdida del vínculo
social. El desdichado es rechazado hasta por sí mismo. Hay mentes enfermas que
buscan el dolor o aumentan el sufrimiento, el ajeno y el propio, pero la
desdicha no la podemos atraer hacia nosotros, nos sobreviene. Mirarla de frente
sin engañarse, pasar la larga noche obscura esperando alguna luz, resistir sin permitir
que la desesperación se adueñe de nosotros, resistir por amor… así es como la
dicha, un día, te sale al encuentro.
Lo dice Simone Weil. Lo experimenté. Sucede.
…
No engañarme, no evadirme, no resignarme, ni rebelarme inútilmente, asumir y caminar.
Eso me repetía una y mil veces en mi interior dándome fuerzas. Lo vi escrito
por Simone Weil, lloré, por la desdicha pasada, a la que ya le di nombre y la
dicha sobrevenida que, finalmente, reconocí.”
·
Afrontar y Resistir.
“Quienes
rechazan la mentira y, sin rebelarse contra el destino, prefieren saber que la
vida es intolerable, acaban por recibir desde afuera, desde un lugar situado
fuera del tiempo, algo que permite aceptar la vida como es”[8]
Resistencia es ese mirar de frente el dolor y la
adversidad aceptando la fragilidad y la vulnerabilidad, dejando ir aquello que
no ayuda, concentrándonos en la confianza de lo que está por venir.
No es más fuerte quien más fuerte golpea, sino quién más
–o mejor- resiste. La resistencia frente al dominio que intenta someter se
suele manifestar en forma de abandono, negatividad, indiferencia, violencia
contra sí mismo o contra otros, hasta que uno se hace consciente y se puede
liberar mirándolo de frente.
Lo
que nos acontece y no nos agrada se oculta por miedo o por vergüenza. Más duro
que el dolor de las pérdidas de salud, económicas… es el rechazo social que, a
menudo e inconscientemente, producen. V. Frank[9]
explica la decepción que vivieron los que salieron del campo de exterminio.
Esperaban cálidos abrazos y sólo recibieron golpecitos en el hombro, si no
indiferencia. Él habla de la enorme desproporción entre lo profundo (el dolor)
y lo superficial de la mirada ajena, esto lleva a guardar tu dolor para ti
mismo.
Es una experiencia que puede durar años, la dureza de
estas situaciones imprime un sello, ese sello se llama “lo esencial”, aprendes
a valorar lo esencial y a descartar lo que no lo es. Esas valoraciones son
propias, por eso el sello es personal. Lo que uno considera esencial y a lo que
se entrega constituy la esencia del ser-uno-mismo y del ser-en-relación que
somos.
·
Lo oscuro.
“El pensar cambia el mundo llevándolo a la profundidad del pozo, del
enigma, una profundidad que, cuanto más oscura es, más alta claridad promete.”[10]
Miro
el rostro de Heidegger (1889-1976) en foto y no puedo dejar de ver a un personaje
sombrío. Heidegger calló ante el régimen nazi evitando, por ejemplo, citar a
sus amigos judíos como Martin Buber, en algunas obras, lo que recuperó una vez
acabado el régimen del terror pero le costó cierto descrédito. Su relación
“profesor-alumna” con Hannah Arent (1906-1975) también fue sombría, tan sombría
que nunca la reconoció. Hannah le dice a su amigo Jaspers por carta:
«Sé que él (H.), no
puede soportar que mi nombre aparezca en público, que escriba libros, etc. Durante mucho tiempo le he estafado, por
así decir, con respecto a mi vida;
siempre he actuado como si todo esto no
existiese y como si yo no supiese contar hasta tres, por decirlo así, a excepción
de cuando se trata de la
interpretación de sus propias cosas,
pues en ese caso apreciaba que supiese contar incluso hasta cuatro. Pues bien, de repente la estafa
se me hizo demasiado aburrida
y me han puesto un ojo morado.»[11]
A pesar de todo Arent siguió admirando y valorando el trabajo de Heidegger.
Se preocupó de que sus obras fueran publicadas en EEUU, Heidegger se lo
agradeció por carta pero ni una sola vez la mencionó en sus escritos.
Esta
relación refleja la del dominio que muchos hombres han ejercido y ejercen sobre
la mujer. A pesar de todo los queremos, hasta que dejamos de hacerlo.
También
Edith Stein (1891-1942)[12]
es crítica con Heidegger, ella había sido alumna brillante y ayudante de
Husserl, maestro de quien Heidegger también fue alumno, Edith, con un análisis
riguroso y clarificador, expone las contradicciones que se dan entre lo que
escribe Heidegger y lo que él mismo dice. Resalta aspectos no resueltos por el
mismo Heidegger en su primera obra “Ser y tiempo” y apunta los aspectos oscuros
de su “intraducible” lenguaje. Edith apuesta, como luego lo hicieron otros
filósofos, por una filosofía de la persona, más que del ser.
Aún
así mantenemos las palabras de esa persona, con sus luces y sombras, la persona
que nos dijo que el Lenguaje “es la casa
del ser, la morada donde habita nuestra esencia, eso que somos y con lo que nos
existenciamos”. Del lenguaje venimos, por él somos arrojados a la
existencia, a él vamos con la certeza de la muerte que nos posibilita nuestro
devenir. No somos lo que decimos, no somos lo que pensamos, pero con el Decir
nos existenciamos, un “Decir” que no es nuestra habladuría, un “Decir” que se
nos muestra desde el silencio y la escucha, un “decir” que nos resuena y con el
que damos nuestra palabra en el sentir, en el hacer, en el comunicar… en el
ser.
“… Por fin, vencí mis temores y me asomé al pozo. Me
vi, os vi, me senté junto al pozo, aquí estoy, el agua es de todos, podéis
beber…”
[1] Parte de una oración del teólogo de EEUU de origen
alemán: Reinhold Niebuhr y adoptada por algunos colectivos como “Alcohólicos
Anónimos” que la recitan al inicio de sus sesiones.
[2]
Nietzsche, citado por Borges, J.L. en Historia
de la eternidad.
[7] Simone
Weil (París, 1909 – Inglaterra, 1943) Filósofa y mística cristiana (aunque no
se bautizó por diferencias con la ortodoxia) De familia judía, se comprometió
activamente con la Resistencia. Consecuente hasta la muerte no se queda en
EEUU, a donde viajó, murió en Inglaterra de tuberculosis experimentando,
opcionalmente, las mismas carencias que sufrían los oprimidos de su tiempo y
lugar.
[8] Weil, Simone. (1995) Pensamientos desordenados.
[9] Frankl, V. (2016) El hombre en busca de sentido.
[10] Heidegguer, M.
Logos.
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