viernes, 18 de noviembre de 2016

3.4. Voces que expresan. Dar la palabra.

3.4. Voces que expresan. Dar la palabra.
La voz está íntimamente ligada a nuestro cuerpo y emociones. Desde el llanto del nacimiento hasta el grito de la muerte. Es expresión, es comunicación, hacia fuera. A su vez, la voz es una llave para el interior.[1] L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
Delacroix[2], un filósofo francés que quedó relegado por no utilizar el método científico, reflexionó sobre lo simbólico del lenguaje, del arte o de la religión, como formas de expresión y de constitución, a la vez, del pensamiento y del sentimiento. Nos parece importante resaltar esa conjugación del pensamiento y del sentimiento a través de realidades simbólicas, la sentimos como propia.
Según él, el lenguaje depende de tres factores: la vida social, el progreso de la expresión de las emociones y la estructura de la inteligencia. Para que haya lenguaje, hace falta un espíritu… es necesario dejar de ser una cosa entre las cosas, hay que situarse fuera de ellas, para “apercibirlas” y actuar sobre ellas. El pensamiento representa las cosas y sus relaciones, los actos mentales o posibles actuaciones y los juicios de valor y constituye los símbolos como las palabras, los conceptos o la identidad.
El que por primera vez “desnuda” su alma lo hace en la penumbra de la voz monótona y de la mirada ausente. El que no acaba de hacer las paces con su dolor, lo expresa en el contraste desarmónico de cambios de altos y bajos.
Actualmente se habla mucho de las “personas tóxicas”, no es más que un calificativo despreciativo. Cierto que hay voces intoxicadas, esperpénticas, disonantes, que muestran el mucho dolor que se siente. Escuchar estas voces es escuchar el dolor, implica acercarse a la persona que sufre, dejarse interpelar, consolarla, permitir que siga su camino, desear que encuentre la paz. Cuando el discurso es tóxico, envenenado por esas emociones primarias que conocemos bien porque son también las nuestras, no es necesario entrar en él, oímos la voz, comprendemos el dolor, permitimos que se exprese y “dejamos ir”, en paz.
La voz y la mirada nos identifican toda la vida, pero a veces se distorsionan, hay personas que no pueden o no saben adentrarse en su interior, pretenden eludir el miedo o el dolor y quedan atrapados. El “yo” atrapado es el yo en el silencio del otro,  el del monólogo que nadie escucha, es la locura del yo que no entra en relación con un tu, que no escucha, que no se deja interpelar… La mayor demencia que se puede padecer es la de la ausencia de un “tu”.[3]
Nadie puede hablar más que por sí mismo. Devolver la palabra a los maltratados, esclavizados… a “los nadies”[4], no significa hablar por ellos, significa escuchar. Las personas que han atravesado la desdicha de la exclusión social, los que se ven al borde del abismo, saben muy bien qué es lo esencial de su palabra, suele fundamentarse en lo que les enseñaron sus madres, esa es su dignidad incondicional, si no me creéis, escuchadles.
Reconociendo las emociones, contactando con los sentimientos y las entrañas, abrimos el pensamiento y nos hacemos capaces de modular la voz, dando nuestra propia palabra. Dar la palabra es decir SI y decir NO, decimos “no” para preservar y cuidar nuestros “si”.
Sólo los niños –y los locos- dicen la verdad. Pertenecer a la verdad representa hacerse como niños y, consecuentemente, ser menospreciado, algo a lo que no estamos dispuestos. Nos engañamos, aparentando ser lo que no somos, callando para no ser mal vistos, conformándonos con la opinión pública que se impone como el más vil de los tiranos. La incoherencia entre lo que manifestamos y nuestro interior tiene un coste personal muy alto, atravesar las incomprensiones, silencios o menosprecios lleva a la honestidad que es la auténtica fuente de paz interior.
Pertenecer a la verdad no quiere decir exponernos pública e innecesariamente. El pudor es un valor con el cual nos guardamos a nosotros mismos. Preservar la intimidad es una parte esencial de nuestro ser-mismo.
El arte es la manera de expresarnos desde nosotros mismos en las infinitas formas simbólicas creadas y re-creadas. El arte, como la mística, es ver y reflejar lo bello en lo feo, lo espiritual en lo cotidiano, lo alegre en lo triste. Es tomarse el desamor y las contrariedades con humor, es cantar de melancolía y salir, así, de ésta. Es ponerse a interpretar un papel que no es el nuestro dando lo mejor de nuestra esencia en ese otro en cuya piel nos ponemos
El amor expresa y crea la relación del yo con el tú. “La esencia invisible de nuestra alma se revela a través de las palabras”[5] y del arte, de lo simbólico.
La palabra auténtica es siempre expresión del amor. La palabra sin amor es un abuso del don de la palabra, la palabrería convencional está petrificada, no dice nada. La palabra viva es fruto de la vida espiritual y de la relación y el amor… puede alcanzar a cualquiera.



[1] Cerezo Arce, Cristina. Gestalt, Voz y Cuerpo. Técnica Roy Hart. http://www.escuelagestalt.com/wp-content/uploads/2011/11/Gestalt-Voz-y-Cuerpo.pdf
[2] Delacroix, H. (Paris, 1873-1937)
[3] Ebner, la palabra… (fragmento VII)
[4] Galeano, E. (1940) Los nadies. Poema.
[5] Ebner, la palabra… (fragmento II)

miércoles, 16 de noviembre de 2016

3.3. Voces que nos amparan y guían.

3.3. Voces que nos amparan y guían.
“… en todo ello percibimos un soplo que llega de Él, en cada Tú dirigimos la palabra a lo eterno…”[1]
L'HOSPITALET DE LLOBREGAT ISSN 2462-6325
En los relatos autobiográficos solemos encontrar que, en las cuestiones decisivas de la vida, después de atravesar un largo camino incierto, sobreviene una repentina certeza que nos dice cómo hemos de obrar. Desde la tradición que nos transmitieron, desde nuestras relaciones con el entorno y desde nuestra búsqueda, sobrevienen dichas certezas que nos impulsan a avanzar o a cambiar de ruta,  la elección es nuestra libertad.
La intuición es como la percepción sensitiva, por ella “vemos” sin ver, “oímos” sin oír. Esa intuición es la más grande verdad que se nos presenta. No contradice la razón, la engloba. De repente comprendemos y eso nos da paz.
Según Martin Buber el ser humano es un ser que se afirma y crece mediante la relación: la de la vida con la naturaleza que no necesita lenguaje, la de la vida con el ser humano, la del yo con el tú, donde la relación es clara y lingüística y la de la vida con los seres espirituales, donde la relación se manifiesta sin lenguaje, pero genera lenguaje. ¿Cómo expresarlo mejor?
… El otro día soñé que casi no me podía mover. La gente no me conocía y me miraba con desdén, me senté y fueron apareciendo mis seres queridos, en ellos reposé…
·       Vocación y Sentido
"Tot és incert, però el desig perdura
des del profund i en el profund se centra
i esdevé goig, i sentiment, i força."[2]
Hemos visto que las claves donde se fundamenta la capacidad de resistir la adversidad son la aceptación, la confianza y el sentido. El sentido necesita tanto de lo cognitivo y de la acción que ejercemos, como de las relaciones afectivas y sociales, o de los juicios éticos. El lenguaje depende de todo lo que va configurando la personalidad y contribuye, al mismo tiempo, a desarrollar nuestra comprensión del mundo y nuestra relación con él.
El Sentido no debe entenderse como la explicación racional de lo que nos sucede desde un mundo más allá del nuestro, nunca conoceremos la razón del mundo, si es que la tiene. Nuestro deseo de dicha y de razón chocará, inevitablemente, con el silencio del mundo, pero será la dirección hacia la que enfocamos nuestro caminar, si nos sentimos perdidos tenemos una brújula: la de la jerarquía de valores que nos hemos marcado. Vivimos persiguiendo bienes, nos dice Max Scheler,[3] oponiéndose a las explicaciones utilitaristas y hedonistas de nuestro obrar, expone que nuestro querer sólo es bueno si elige el valor más alto de las inclinaciones. Considera la felicidad como un estado que se nos da cuando perseguimos esos valores más altos. La felicidad no es algo que podemos alcanzar por sí misma, ni siquiera es meramente un don, la felicidad es la fuente. Toda dirección buena de la voluntad tiene su nacimiento en una superabundancia de sentimientos positivos del estrato más profundo[4].
 La vivencia que subyace en nuestro hacer y nuestro sentir es el amor. El amor es un movimiento hacia algo –alguien- individual y valioso. El amor no es ciego, al contrario, el amor ve más, descubre lo valioso, ilumina e irradia, ensancha. Lo más determinante de la persona es su amor, su modo de amar.
El sujeto moral, según Scheler, tiene ante sí no sólo los deberes comunes a todos los hombres propios de una ética general, sino también los individuales que le atañen de un modo único e intransferible: su vocación personal que le descubre su conciencia.
El amor de la madre marca esa dirección. Es nuestro objeto de deseo y constituye lo que alguna vez tuvimos y queremos recuperar. Ella[5] nos indicó lo que está bien y lo que no lo está: - lávate las manos, se cariñosa con la abuelita, haz las paces con tu hermano, no digas palabrotas, cómete las verduras…, nuestro deseo de aprobación y de afecto nos hicieron incorporar esos actos como deberes y normas. Pero la madre nos quiere siempre, hasta cuando le discutimos o desobedecemos; nos riñe, se enfada, nos grita… pero no deja de querernos. Es lo que recordamos y recuperamos en el camino del descenso. Es lo que por fin reconocemos en nosotros.
El stress, los traumas sobrevenidos, las situaciones límite, provocan la pérdida del sentido. Nos intentamos alejar para comprender lo que nos pasa, pero no lo logramos por mucho que nos esforcemos. Finalmente, el sentido se descubre cuando conectamos con ese eje de vida que nos ha ido guiando, cuando aceptamos y abrazamos las situaciones sobrevenidas como parte de esta vida, la que tenemos, en la que amamos, por fin nos reorientamos.
En la novela “Desgracia”, que citamos en la primera parte, se nos presentan dos desgracias y dos maneras de afrontarlas: la de David, el profesor que abusa de una alumna joven y la de su hija que es violada. David se enfrenta a los actos desde lo racional, aceptando su “culpa” y lo que le sobrevenga. Su hija, desde el dolor de los hechos acaecidos, no acepta entrar en ese juego mental lleno de abstracciones y prejuicios. Ella ha visto el rostro del odio. Entiende lo que refleja ese odio, acepta las consecuencias y reconstruye su vida adaptándola a las circunstancias del mundo en el que vive. No quiere huir, renuncia a odiar, construye en su propia carne y en su propio país la reconciliación al modo de la superación política del apartheid.
Apostar por la dicha (la propia, la de los otros) en situaciones de dolor es la auténtica fe, la que nos marca con el sello de nuestra esencia, la que nos permite transitar por la vida, abiertos al misterio, receptivos a  la escucha, dispuestos a encarar el por-venir.
“… Ellos no nos necesitan, pero nosotros necesitamos hacer las paces con ellos. Nos inquieta su recuerdo, creemos que hicimos algo mal, que nos tienen que perdonar y nos preguntamos si será por eso o por aquello, pero son ellos los que nos piden perdón, lo hacen para que estemos en paz, para que vivamos alegres con su recuerdo sabiendo que siempre procuraron, con mayor o menor acierto, nuestro bien. Por fin comprendemos, descansan ya en nuestra paz. Nos protegieron, nos protegen. Cumplieron.
·        Trascendencia.
“La gloria del hombre no viene de lo alto, sino que se eleva desde el humus que nos constituye como hombres (personas) en el amor”[6]
Trascendencia en filosofía significa elevarse por encima de la situación concreta para conceptualizarla y abstraerla, pero lo abstraído ya no es lo real.
El “pienso, luego existo” de Descartes ha sido cuestionado por filósofos fenomenológicos y existencialistas o por el psicoanalista Jacques Lacan en el sentido de que  “Pienso porque no soy, porque todavía no soy lo que quiero ser o lo que debo ser”, como afirma Ebner[7]. Trascendencia nos dice Edith Stein explicando y cuestionando a Heidegger significa un irrumpir desde la finitud, irrupción que le es dada junto con su comprensión del ser a una esencia personal-espiritual y, como tal, cognoscente.[8]
Trascendencia es una palabra que remite a lo espiritual, la religión se apropió del término, pero es una palabra que nos pertenece. Scheler desde el análisis fenomenológico nos explica que hay una percepción interior por la que valoramos los objetos como atractivos o repulsivos, agradables o desagradables, buenos o malos, amables u odiables, que provocan una respuesta afectiva y una tendencia dirigida a los mismos, son los “sentimientos intencionales”, por los que preferimos algo en concreto, los que nos remiten a lo trascendente. Estos actos preferidos, como la alegría por una buena noticia, la indignación por una injusticia o la admiración que alguien nos despierta, se nos muestran como algo valioso, comprensible y lleno de sentido.
Del cuerpo inerte ha desaparecido el alma, nos dice Camus. Bertrand Rusell[9]  evidencia: mi cuerpo se pudrirá (si no lo incineran), de mi ego no quedará nada, ni pensamientos, ni sentimientos. Mirar de frente estas realidades, como mirar los espacios abiertos, nos vigoriza. Trascenderla es seguir preguntándonos por lo que aún nos inquieta.
“- ¿Qué quedará de mi?, me pregunté, - la vida de los otros, la que amo, respondí, esa misma vida que alienta, ahora, la mía. Si los otros son parte de mí, esa parte quedará. Esa parte de los otros que me amaron directamente o a través de otros, va conmigo.”
·       El amor y la falta de amor
“El amor implica la contemplación y la benevolencia hacia los seres,” [1]
El amor es un movimiento interno que se siente físicamente como el dolor. Es una oleada de calor. Se siente en las entrañas cuando nos enamoramos, en el pecho cuando nos vinculamos con los hijos. En la madurez acude en forma de paz, está en la amistad que sobrevive entre las brasas del amor, en el recuerdo agradecido hacia los que se fueron, en la emoción de sentirnos queridos, aún nos recarga las endorfinas cuando reímos con o como niños. Nuestras hormonas y nuestro cerebro hacen posible que lo experimentemos manteniéndonos a salvo de la desdicha.
El amor puede convivir con el dolor crónico y con las pérdidas. El amor, fuente del sentido y de la felicidad, permite que lo sobrellevemos con esperanza.
El amor es también un movimiento externo que no sabemos muy bien a dónde va, si será recogido y por quién. Es el movimiento del decir bien, del querer bien, del desear bien y del alegrarnos con el bien del otro, aunque hayamos sentido y reconozcamos las punchadas de nuestra mezquina envidia. Está en el admirar, en el contemplar, en el escuchar, en el comprender, en el agradecer, en el tocar y en el dejarse tocar.
Lo contrario al amor es la envidia. Las acciones perjudiciales del hombre, nos dice Rusell[2], lo son desde la ignorancia y los malos deseos. La malevolencia se puede dirigir a enemigos concretos, pero, frecuentemente, se trata de un placer impersonal ante las desgracias ajenas, por envidia y decepción propia.
El rencor, nos dice María Zambrano, nace de lo que no logra, trabaja siempre, quiere ser escuchado.[3]Todos sentimos esa envidia ante los seres con los que nos comparamos, no somos perfectos, reconocerlo, abrirnos a la náusea ante nuestras pequeñas-grandes necesidades es la única manera de recuperar ese latir rítmico de nuestras entrañas: la música del corazón.
El miedo (racional o irracional) puede desencadenar la crueldad. Hemos de procurar la seguridad y aumentar el coraje para afrontar las situaciones de peligro o amenaza manteniendo la calma, luchando pero controlando la rabia o el miedo y sin perder la esperanza.
La consecuencia de la maldad o de la falta de amor es la mutua derrota, por eso el amor es mejor que el odio, Nos dice el pragmático filósofo, Rusell.
El miedo, la ira, la envidia… son emociones que todos sentimos. No somos malos por sentirlas, lo somos por abandonarnos a ellas, lo que nos hará, irremediablemente, infelices. Sólo la vida ética puede conducir a la felicidad, la que reconoce esas emociones pero opta por el bien común.
El amor, para los filósofos del diálogo, se alberga en el hueco de la relación. Es el aire que todo lo mueve, lo remueve y lo renueva. Ese espacio donde aletea el amor, es nuestra alma, el vacío entre el yo y el tú.
Muere el cuerpo, desaparece el ego, - ¡Por fin, libres! ¿Dónde va el “alma”? El alma ha sido vacío y juntura, el vacío que ha permitido pasar al aire, el aire que sigue dando de nuevo su aliento y la juntura de ese aire que respiro entre mi cuerpo, mi mente con sus razones y sus emociones y en mis entrañas que lo han hecho suyo y han dado más vida. Haber sido sus receptores es nuestro privilegio. Hace falta excavar un pozo, para descubrir el agua que corre por nuestras vidas. Ese pozo se excava desde el coraje por afrontar el propio dolor, evitando causar más dolor. Ese pozo propio es, ahora, el pozo que mana agua para todo el que tenga sed.
El amor no se puede retener como el ruiseñor[4] del cuento, hay que dejarlo ir, igual que el agua que corre entre nosotros habiendo manado de la fuente. Ese movimiento del “dejar ir” es la eternidad que nos sobreviene.


[1] Rusell, B En qué crec jo.
[2] Rusell, B. En qué crec jo.
[3] Zambrano, María Hacia un saber del alma. Pág. 69
[4] Andersen H.C. El ruiseñor del emperador.



[1] Buber, Martín
[2] Martí i Pol, M.  Solstici
[3] Scheler M. (Alemania, 1874-1928) Filósofo fenomenológico discípulo de Husserl.
[4] Sánchez-Migallón, S. Max Scheler
[5] Recordemos lo que explicábamos de la “resiliencia”, puede que la madre no haya podido ejercer ese papel, pero otra figura podrá despertar ese deseo para nosotros.
[6] Feuerbach,  L.A. (Alemania, 1804-1972) Filósofo, antropólogo, biólogo y crítico de la religión. Se le considera padre del “humanismo ateo”
[7] Ebner, F. (1995) La palabra y las realidades espirituales. (Fragmento XI)
[8] Stein, Edith (2010) p. 81
[9] Rusell, B (Gales, 1872-1970) Matemático, filósofo del lenguaje, escritor, activista…

jueves, 3 de noviembre de 2016

3.2. Voces que nos inquietan. Los duelos.

3.2.    Voces que nos inquietan. Los duelos.
Señor, concédeme serenidad para aceptar todo aquello que no puedo cambiar,
fortaleza para cambiar lo que soy capaz de cambiar
y sabiduría para entender la diferencia.[1]

L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
Cuando nos preguntamos - ¿por qué? siempre es un - ¿por qué a mí? El único dolor que experimentamos es el propio. Aunque el vínculo emocional sea muy fuerte, cada uno asume su propio dolor. También los hijos han de pasar los suyos, podemos tratar de evitarles daños inútiles, pero, irremediablemente, tendrán que enfrentarse a situaciones de dolor y de angustia. La confianza en su propia capacidad, que la tienen, será la mejor ayuda, aunque se nos remuevan las entrañas.
Lloramos por nosotros mismos, por nuestras pérdidas, por el dolor del otro que nos repercute, afecta y concierne, por el que nos recuerda y aviva el propio. Por eso no soportamos el dolor ajeno porque supone contactar con el nuestro. Lo intentamos calmar igual que hacemos el nuestro: minimizando, evadiéndonos, enfadándonos, mirando hacia otro lado… Sólo el que realmente ha afrontado su propio dolor permanece en silencio acompañando al otro en el suyo, sólo quien mantiene su esperanza puede comunicarla al otro, son las llamas de las velas que nos encendemos unos a otros. Realmente  tenemos un cierto límite para afrontar el dolor, quizás es cuestión de saber posicionarnos.
Ante el dolor del otro, como ante el mío propio, sólo puedo:
·         Percibirlo, permitir que se exprese. Mirar, escuchar, tocar… hasta donde el otro permita y quiera. El respeto y la atención son fundamentales. A veces es la única, pero valiosa ayuda, que se precisa.
·         Empatizar, hacerme cargo, hasta un cierto límite. No ha de ser una carga abusiva. Empatizar significa ponerse en el lugar del otro por un tiempo limitado, no evadiéndose del propio. Es necesario ser conscientes de las propias necesidades de aceptación y afecto, no sea que se pongan por delante prestándose a servicios abusivos hacia el otro o hacia uno mismo.
·         Dejar al cuidado, al cuidado de sí mismo, al cuidado de quien corresponda. Esto es lo que más cuesta, a veces nuestro deseo de sentirnos bien nos lleva a sobreproteger, a no permitir la autonomía, al paternalismo que infantiliza. humilla e inferioriza al otro.
·         Seguir mi camino, el único que puedo hacer.
Los niños pasan también sus duelos, hay que acompañarlos dejándoles su espacio, su tiempo y su propia construcción de lo simbólico, habrá que facilitarles elementos para ello. No podemos, ni debemos, protegerlos de todo, tampoco lo podemos controlar ni esconder todo, de nuevo la confianza y la comunicación nos guiarán.
… Un padre me decía que él no dejaría llorar nunca a sus hijos, no me entendió cuando le dije que tenía que permitirlo. Siempre que lo recuerdo pienso en la carga tan dura que habrá tenido que soportar…
·        La muerte. Lo absurdo. Lo eterno.
“…no anhelar distantes venturas y favores y bendiciones, sino vivir de modo que queramos volver a vivir, y así por toda la eternidad.”[2]
Borges[3] en su “historia de la eternidad” nos conduce desde la pervivencia de las ideas platónicas y la supuesta invariabilidad del universo de la filosofía griega primitiva, pasando por las ideas y conceptos que el cristianismo adoptó y adaptó para convencernos de un mundo eterno en el que se nos juzgaría, hasta la angustia del “eterno retorno” o la posibilidad de las repeticiones cíclicas de la historia. ¿Por qué estamos más convencidos racionalmente de la sucesión del tiempo y no de la eternidad?, nos pregunta. Los únicos que tenemos conciencia del tiempo que pasa somos los que nos sabemos mortales, aún así, realmente, sólo existe el instante. Un instante con el que podemos, en ocasiones, saborear la eternidad, como el que nos relata el mismo Borges desde su propia experiencia o Víctor Frankl en “El hombre en busca de sentido” o como algún momento que podamos haber vivido nosotros.
Albert Camus en “lo absurdo y el suicidio”[4] indica que no hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no vale la pena vivirla es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. El problema vuelve a ser el de siempre, qué tipo de pregunta y de respuesta hacemos, desde lo meramente racional, nos dice Camus, llegaremos, inevitablemente, al absurdo, a la contradicción, al “eterno retorno” encarnado en el mito de Sísifo. No hay respuesta lógica válida, sólo el desafío de mirar de frente la adversidad y hacerla tuya puede, al fin, llevar al Sísifo que llevamos dentro a la dicha, la dicha de afrontar y cargar con nuestro destino.
La única realidad, nos dicen los filósofos, es la inquietud de los seres, si ese temor breve y fugitivo toma conciencia de sí mismo se convierte en angustia y busca su camino en medio del absurdo, afrontarla es nuestro destino; es la conciencia de la muerte la que nos llama a la existencia, nos dice Heidegger.
Evitamos la palabra “muerte”, pero esa es nuestra única certeza. La cultura y la historia de las civilizaciones humanas comienzan con los ritos y símbolos que se establecen para calmar los miedos y para seguir, de alguna manera en relación con los que murieron. Ebner[5], filósofo del diálogo y la relación, como Martin Buber, nos recuerda que el hombre, desde el espíritu, sigue evocando y honrando al muerto en su memoria como un semejante. La vivencia del otro, evocada por el espíritu, da cuenta de la intensidad de la conciencia humana.
- ¿Por qué no me suicido? ó - ¿Por qué no me suicidé en la época más angustiosa de mi vida? - ¿Por qué otros sí lo hicieron? El cuerpo tiene sus razones, como es el apego a la vida, nos dice Camus. A veces un fino hilo separa las dos opciones, el hilo se puede romper fácilmente o se puede afianzar con otros hilos: los de los afectos, los de la curiosidad, los del coraje de responder a una pregunta racional con la palabra más veraz: la de vida misma.
·       Dolor y desdicha.
“Hi ha experiències que no es superen, com la mort i abans de la mort definitiva a la que ens haurem de sotmetre, hi ha tot un camí en el que ens anem trobant amb la persistència del mal i amb les nostres impotències.”[6]
El deseo es la energía que nos mueve. La necesidad impone el deseo. Alcanzamos lo que deseábamos y deseamos más. Cesa el dolor que sufríamos y nos olvidamos del deseo de que cesara y seguimos deseando más. Siempre estaremos insatisfechos, es una verdad que no podemos obviar, mirarla de frente nos hace sentir desdichados ya que nos acerca a la verdad de la muerte de la que pretendemos huir, como nos resulta intolerable nos instalamos en la mentira, pero sólo el coraje de afrontar esta verdad nos permitirá aceptar la vida y amarla, nos dice Simone Weil[7].
El dolor es algo físico que experimentamos en nuestra existencia, aunque hacemos lo posible por evitarlo o eliminarlo, no siempre podemos. El dolor por las pérdidas es algo que también experimentamos físicamente, orgánicamente. El dolor del otro nos conmueve las entrañas. El dolor siempre es físico.
Cuando el dolor psíquico se instaura en nuestro ser, sufrimos. Los pensamientos y sentimientos nos llevan a este estado. No es tanto lo que vivimos sino cómo lo vivimos. Cuando proyectamos nuestro sufrimiento sobre otras realidades acabamos sintiendo odio, asco, fobia… a ciertos lugares, personas o cosas con las que identificamos nuestro sufrimiento. Si no podemos controlar el sufrimiento debemos buscar ayuda terapéutica. El sufrimiento disminuye con pensamientos positivos, con la consciencia sobre la realidad y sobre nuestra manera de enfrentarnos a ella, con la meditación sobre cosas bellas: naturaleza, arte, personas… sobre las que proyectar ese sufrimiento que sólo en ellas encontrará el sosiego.
La desdicha es un estado prolongado de dolor, por enfermedad, pobreza, exclusión, esclavitud… que provoca una pérdida del vínculo social. El desdichado es rechazado hasta por sí mismo. Hay mentes enfermas que buscan el dolor o aumentan el sufrimiento, el ajeno y el propio, pero la desdicha no la podemos atraer hacia nosotros, nos sobreviene. Mirarla de frente sin engañarse, pasar la larga noche obscura esperando alguna luz, resistir sin permitir que la desesperación se adueñe de nosotros, resistir por amor… así es como la dicha, un día, te sale al encuentro.
Lo dice Simone Weil. Lo experimenté. Sucede.
… No engañarme, no evadirme, no resignarme, ni rebelarme inútilmente, asumir y caminar. Eso me repetía una y mil veces en mi interior dándome fuerzas. Lo vi escrito por Simone Weil, lloré, por la desdicha pasada, a la que ya le di nombre y la dicha sobrevenida que, finalmente, reconocí.”
·         Afrontar y Resistir.
“Quienes rechazan la mentira y, sin rebelarse contra el destino, prefieren saber que la vida es intolerable, acaban por recibir desde afuera, desde un lugar situado fuera del tiempo, algo que permite aceptar la vida como es”[8]
Resistencia es ese mirar de frente el dolor y la adversidad aceptando la fragilidad y la vulnerabilidad, dejando ir aquello que no ayuda, concentrándonos en la confianza de lo que está por venir.
No es más fuerte quien más fuerte golpea, sino quién más –o mejor- resiste. La resistencia frente al dominio que intenta someter se suele manifestar en forma de abandono, negatividad, indiferencia, violencia contra sí mismo o contra otros, hasta que uno se hace consciente y se puede liberar mirándolo de frente.
Lo que nos acontece y no nos agrada se oculta por miedo o por vergüenza. Más duro que el dolor de las pérdidas de salud, económicas… es el rechazo social que, a menudo e inconscientemente, producen. V. Frank[9] explica la decepción que vivieron los que salieron del campo de exterminio. Esperaban cálidos abrazos y sólo recibieron golpecitos en el hombro, si no indiferencia. Él habla de la enorme desproporción entre lo profundo (el dolor) y lo superficial de la mirada ajena, esto lleva a guardar tu dolor para ti mismo.
Es una experiencia que puede durar años, la dureza de estas situaciones imprime un sello, ese sello se llama “lo esencial”, aprendes a valorar lo esencial y a descartar lo que no lo es. Esas valoraciones son propias, por eso el sello es personal. Lo que uno considera esencial y a lo que se entrega constituy la esencia del ser-uno-mismo y del ser-en-relación que somos.
·        Lo oscuro.
“El pensar cambia el mundo llevándolo a la profundidad del pozo, del enigma, una profundidad que, cuanto más oscura es, más alta claridad promete.”[10]
Miro el rostro de Heidegger (1889-1976) en foto y no puedo dejar de ver a un personaje sombrío. Heidegger calló ante el régimen nazi evitando, por ejemplo, citar a sus amigos judíos como Martin Buber, en algunas obras, lo que recuperó una vez acabado el régimen del terror pero le costó cierto descrédito. Su relación “profesor-alumna” con Hannah Arent (1906-1975) también fue sombría, tan sombría que nunca la reconoció. Hannah le dice a su amigo Jaspers por carta:
            «Sé que él (H.), no puede soportar que mi nombre aparezca en público, que escriba libros, etc. Durante mucho tiempo le he estafado, por así decir, con respecto a mi vida; siempre he actuado como si todo esto       no existiese y como si yo no supiese contar hasta tres, por decirlo así, a excepción de cuando se     trata de la interpretación de sus propias             cosas, pues en ese caso apreciaba que supiese contar incluso hasta        cuatro. Pues bien, de repente la estafa se me hizo demasiado             aburrida y me han puesto un ojo morado.»[11]
A pesar de todo Arent siguió admirando y valorando el trabajo de Heidegger. Se preocupó de que sus obras fueran publicadas en EEUU, Heidegger se lo agradeció por carta pero ni una sola vez la mencionó en sus escritos.
Esta relación refleja la del dominio que muchos hombres han ejercido y ejercen sobre la mujer. A pesar de todo los queremos, hasta que dejamos de hacerlo.
También Edith Stein (1891-1942)[12] es crítica con Heidegger, ella había sido alumna brillante y ayudante de Husserl, maestro de quien Heidegger también fue alumno, Edith, con un análisis riguroso y clarificador, expone las contradicciones que se dan entre lo que escribe Heidegger y lo que él mismo dice. Resalta aspectos no resueltos por el mismo Heidegger en su primera obra “Ser y tiempo” y apunta los aspectos oscuros de su “intraducible” lenguaje. Edith apuesta, como luego lo hicieron otros filósofos, por una filosofía de la persona, más que del ser.
Aún así mantenemos las palabras de esa persona, con sus luces y sombras, la persona que nos dijo que el Lenguaje “es la casa del ser, la morada donde habita nuestra esencia, eso que somos y con lo que nos existenciamos”. Del lenguaje venimos, por él somos arrojados a la existencia, a él vamos con la certeza de la muerte que nos posibilita nuestro devenir. No somos lo que decimos, no somos lo que pensamos, pero con el Decir nos existenciamos, un “Decir” que no es nuestra habladuría, un “Decir” que se nos muestra desde el silencio y la escucha, un “decir” que nos resuena y con el que damos nuestra palabra en el sentir, en el hacer, en el comunicar… en el ser.
“… Por fin, vencí mis temores y me asomé al pozo. Me vi, os vi, me senté junto al pozo, aquí estoy, el agua es de todos, podéis beber…”




[1]  Parte de una oración del teólogo de EEUU de origen alemán: Reinhold Niebuhr y adoptada por algunos colectivos como “Alcohólicos Anónimos” que la recitan al inicio de sus sesiones.
[2] Nietzsche, citado por Borges, J.L. en Historia de la eternidad.
[3] Borges, J. L. (1996) Historia de la eternidad.
[4] Camus, A. (1996) “El mito de Sísifo” Alianza 6ª ed. (1ª ed. 1981)
[5] Ebner, F. (Viena: 1882-1931) (1995) La palabra y las realidades espirituales. (Fragmento IX)
[6] Esquirol, J.M. (2015) La resistencia íntima.
[7] Simone Weil (París, 1909 – Inglaterra, 1943) Filósofa y mística cristiana (aunque no se bautizó por diferencias con la ortodoxia) De familia judía, se comprometió activamente con la Resistencia. Consecuente hasta la muerte no se queda en EEUU, a donde viajó, murió en Inglaterra de tuberculosis experimentando, opcionalmente, las mismas carencias que sufrían los oprimidos de su tiempo y lugar.
[8] Weil, Simone. (1995) Pensamientos desordenados.
[9] Frankl, V. (2016) El hombre en busca de sentido.
[10] Heidegguer, M. Logos.
[11] Hannah Arendt / Karl Jaspers: Correspondencia 1926-1969.
[12] Stein, Edith, 2010 (1936: la filosofía existencial de Martin Heidegger

martes, 1 de noviembre de 2016

1.4. La escucha en la comunicación. El oído y la voz

La voz de las mujeres L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
1.4. La escucha en la comunicación. El oído y la voz.
“El lenguaje se estructura sobre el vínculo emocional que establecemos.”[1]
Las teorías de la comunicación nos explican que hay un emisor, un receptor, un canal… Siempre hemos dado protagonismo al emisor, es el que establece la comunicación, pero, en realidad, sólo nos comunicamos con quien nos escucha. Si nos ocupamos de otros “ruidos” (internos o externos) que nos distraen, no escuchamos. La escucha es activa. Implica, en primer lugar, seleccionar los estímulos y centrar la atención en la persona que escuchamos, no sólo en lo que dice sino también en cómo lo dice: sus gestos, sus silencios, sus miradas… la atención de la escucha pone en marcha todos nuestros sentidos. Nos lleva a comprender, a “hacernos cargo” de la situación del otro, de su historia, comparándola con la nuestra y a interpretar esa historia, modificando nuestros parámetros y actuando en consecuencia.
El auténtico escuchar nos va a cambiar la vida.
Lo fundamental para escuchar será la disposición, la actitud abierta, atenta y confiada que posibilitará el interactuar. Si no abrimos nuestros sentidos al otro y a la posibilidad de emprender algo nuevo, no escuchamos. Sólo nos podemos abrir desde un vacío, el vacío de ideas preconcebidas y de prejuicios.
La parte fundamental de la atención será esa capacidad de selección y de inhibición, descartando lo que no nos interesa. Es algo que hacemos continuamente de manera inconsciente, siempre que estemos en buenas condiciones fisiológicas. En esta dis-capacidad de selección e inhibición de algunos estímulos, para centrarnos en otros, radican las dificultades del denominado “Trastorno del Déficit de Atención”. Estas capacidades se educan.
Hay también, como en todo lo que hacemos o dejamos de hacer, una parte de decisión personal. Dado que no puedo escucharlo todo, escucho lo que me interesa: la música que me gusta, las charlas o conversaciones que me interesan… Contra más conscientes seamos de esa posibilidad de elección en la escucha, más centrados estaremos. Igual que, para escuchar de verdad, nuestro ánimo ha de estar abierto y libre de prejuicios, de “ruidos” que nos impiden captar la realidad del otro que haré mía. Somos libres de ponernos en disposición de esa escucha o de “no dar los oídos”.
No dar oídos significa que hay cosas que prefiero no escuchar, como las consignas publicitarias llenas de estereotipos, las recitaciones y prédicas dogmáticas o lo que se dice en forma de murmullos: los rumores infundados, las maledicencias, las burlas que sólo buscan desprestigiar al otro aumentando la carga de prejuicios y las sombras del inconsciente.

Decimos “no” a algunas cosas, para poder decir “si” a otras. La percepción y la atención necesitan regular las entradas de lo que sentimos.

Para escuchar “el decir del lenguaje”, la voz de nuestra propia vocación, la que nos permite captar el sentido, tengo que atravesar los ecos del silencio, en soledad y oscuridad, afrentando los miedos, así nos convertimos en protagonistas de nuestra propia historia.
- “Nos conocimos cuando éramos pura esencia”, dijo Rosa. - ¿Cómo reconocernos después de 40 años?, nos preguntábamos. - Lo haremos -nos dijo Isa- la voz y la mirada no se deterioran con los años. Y así fue.[2]
·       El oído y la voz.
“El oír es propiamente este concentrarse que se recoge para la interpretación y la exhortación.[3]
El primer órgano de la voz es el oído. Sabemos que es el primer sentido que se desarrolla. Los bebes cuando nacen reconocen voces que habían oído en el útero materno. Según algunos expertos el oído y la escucha se empieza a desarrollar desde las etapas más tempranas, en fase de embrión. Por eso es bueno ponerles música o cantarles (aunque no lo hagamos muy bien)
Estimular y educar el oído mediante la música es lo que hacía el Dr. Tomatis[4].
Con su reconocido método de reeducación de la voz conseguía mejorar las voces de los cantantes, al mismo tiempo que su vida psíquica, lo que le llevó a adecuar el método para ayudar a niños con problemas de aprendizaje.[5]
El Dr. Tomatis probó con multitud de músicas de Oriente y Occidente, al final se quedó con las de Mozart y  con el Canto Gregoriano, músicas de frecuencias altas que estimulan el oído y restauran las frecuencias que teníamos bloqueadas por cuestiones emocionales. Mozart compuso antes de aprender las reglas, su música siempre transmite energía, tiene un aire muy fresco y alegre, hasta en las músicas de duelo, nos explica Vanessa Tineo, profesora de conservatorio superior de Granada, hablando del método Tomatis y su aplicación en niños/-as.[6]
Parece que será un pequeño fósil de oído descubierto en Atapuerca, Burgos, el que podrá indicar mejor el origen del lenguaje. Es una noticia colateral con nuestro trabajo pero que muestra, una vez más, la importancia de la escucha para el lenguaje.[7]Esa escucha que se inicia en el seno materno. La que, quizás, propicio el hablar humano.

Si la escritura se inicia con la necesidad de dejar nuestra marca, nuestro “yo”, el nombre o señal que nos identifica; la voz nace de la necesidad de invocar a un “Tú” que nos reconozca y cuide, nace de nuestras entrañas, se inicia en forma de grito y de llanto. En función de la respuesta que encontremos, la iremos modulando. Si no hay dos caras iguales, tampoco hay dos voces iguales, nos cuesta reconocer la nuestra propia, pero reconocemos, por la escucha, la voz que nos llama y nos nombra. La palabra vocación deviene de esta escucha. Llamamos a alguien y respondemos a alguien que nos llama. El ser se construye en la relación. El lenguaje es expresión: voz que se escucha y se comprende…
Los olores y los sabores de nuestra infancia, el aire que respiramos[8], el nombre y los tonos con los que nos llamaban, las miradas, los juegos y sus canciones, los dichos rimados, los conjuros y sortilegios, las oraciones de antes de ir a dormir… son aspectos que nos constituyen, en ellos nos reconocemos.
“… Cuando ya no te reconocías como–mamá- porque eras tú quién me llamaba a mí así, te nombraba con la melodía que lo hacía tu padre en tu infancia, tal como tú misma nos habías explicado: -¡Angelita!...  Me mirabas, sonreías…”




[2] García-Carpintero, Mª Ángeles. 2015, Amatxus. Historia de un reencuentro.
[3] Heidegger, M. Logos
[4] Tomatis, A. (Francia, 1920-2001) Otorrinolaringólogo y psicólogo.
[5] Se puede encontrar mucha información sobre este método en internet, remitimos a esta noticia que explica en qué consiste el método. http://www.lavanguardia.com/lacontra/20110112/54099707610/el-metodo-tomatis-paliaria-un-tercio-del-fracaso-escolar.html
[6] Tineo Guerrero, Vanessa (2007) El método Tomatis y Mozart: http://www.filomusica.com/filo85/tomatis.html Revista de música culta en internet, nº 85
[8] A los 10 años, 5 años después, volví de vacaciones a la tierra de la que salí. Respiré hondamente el aire y seco de la Mancha, lo reconocí. (por si alguien duda de que se reconozca el aire)