martes, 1 de noviembre de 2016

1.4. La escucha en la comunicación. El oído y la voz

La voz de las mujeres L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
1.4. La escucha en la comunicación. El oído y la voz.
“El lenguaje se estructura sobre el vínculo emocional que establecemos.”[1]
Las teorías de la comunicación nos explican que hay un emisor, un receptor, un canal… Siempre hemos dado protagonismo al emisor, es el que establece la comunicación, pero, en realidad, sólo nos comunicamos con quien nos escucha. Si nos ocupamos de otros “ruidos” (internos o externos) que nos distraen, no escuchamos. La escucha es activa. Implica, en primer lugar, seleccionar los estímulos y centrar la atención en la persona que escuchamos, no sólo en lo que dice sino también en cómo lo dice: sus gestos, sus silencios, sus miradas… la atención de la escucha pone en marcha todos nuestros sentidos. Nos lleva a comprender, a “hacernos cargo” de la situación del otro, de su historia, comparándola con la nuestra y a interpretar esa historia, modificando nuestros parámetros y actuando en consecuencia.
El auténtico escuchar nos va a cambiar la vida.
Lo fundamental para escuchar será la disposición, la actitud abierta, atenta y confiada que posibilitará el interactuar. Si no abrimos nuestros sentidos al otro y a la posibilidad de emprender algo nuevo, no escuchamos. Sólo nos podemos abrir desde un vacío, el vacío de ideas preconcebidas y de prejuicios.
La parte fundamental de la atención será esa capacidad de selección y de inhibición, descartando lo que no nos interesa. Es algo que hacemos continuamente de manera inconsciente, siempre que estemos en buenas condiciones fisiológicas. En esta dis-capacidad de selección e inhibición de algunos estímulos, para centrarnos en otros, radican las dificultades del denominado “Trastorno del Déficit de Atención”. Estas capacidades se educan.
Hay también, como en todo lo que hacemos o dejamos de hacer, una parte de decisión personal. Dado que no puedo escucharlo todo, escucho lo que me interesa: la música que me gusta, las charlas o conversaciones que me interesan… Contra más conscientes seamos de esa posibilidad de elección en la escucha, más centrados estaremos. Igual que, para escuchar de verdad, nuestro ánimo ha de estar abierto y libre de prejuicios, de “ruidos” que nos impiden captar la realidad del otro que haré mía. Somos libres de ponernos en disposición de esa escucha o de “no dar los oídos”.
No dar oídos significa que hay cosas que prefiero no escuchar, como las consignas publicitarias llenas de estereotipos, las recitaciones y prédicas dogmáticas o lo que se dice en forma de murmullos: los rumores infundados, las maledicencias, las burlas que sólo buscan desprestigiar al otro aumentando la carga de prejuicios y las sombras del inconsciente.

Decimos “no” a algunas cosas, para poder decir “si” a otras. La percepción y la atención necesitan regular las entradas de lo que sentimos.

Para escuchar “el decir del lenguaje”, la voz de nuestra propia vocación, la que nos permite captar el sentido, tengo que atravesar los ecos del silencio, en soledad y oscuridad, afrentando los miedos, así nos convertimos en protagonistas de nuestra propia historia.
- “Nos conocimos cuando éramos pura esencia”, dijo Rosa. - ¿Cómo reconocernos después de 40 años?, nos preguntábamos. - Lo haremos -nos dijo Isa- la voz y la mirada no se deterioran con los años. Y así fue.[2]
·       El oído y la voz.
“El oír es propiamente este concentrarse que se recoge para la interpretación y la exhortación.[3]
El primer órgano de la voz es el oído. Sabemos que es el primer sentido que se desarrolla. Los bebes cuando nacen reconocen voces que habían oído en el útero materno. Según algunos expertos el oído y la escucha se empieza a desarrollar desde las etapas más tempranas, en fase de embrión. Por eso es bueno ponerles música o cantarles (aunque no lo hagamos muy bien)
Estimular y educar el oído mediante la música es lo que hacía el Dr. Tomatis[4].
Con su reconocido método de reeducación de la voz conseguía mejorar las voces de los cantantes, al mismo tiempo que su vida psíquica, lo que le llevó a adecuar el método para ayudar a niños con problemas de aprendizaje.[5]
El Dr. Tomatis probó con multitud de músicas de Oriente y Occidente, al final se quedó con las de Mozart y  con el Canto Gregoriano, músicas de frecuencias altas que estimulan el oído y restauran las frecuencias que teníamos bloqueadas por cuestiones emocionales. Mozart compuso antes de aprender las reglas, su música siempre transmite energía, tiene un aire muy fresco y alegre, hasta en las músicas de duelo, nos explica Vanessa Tineo, profesora de conservatorio superior de Granada, hablando del método Tomatis y su aplicación en niños/-as.[6]
Parece que será un pequeño fósil de oído descubierto en Atapuerca, Burgos, el que podrá indicar mejor el origen del lenguaje. Es una noticia colateral con nuestro trabajo pero que muestra, una vez más, la importancia de la escucha para el lenguaje.[7]Esa escucha que se inicia en el seno materno. La que, quizás, propicio el hablar humano.

Si la escritura se inicia con la necesidad de dejar nuestra marca, nuestro “yo”, el nombre o señal que nos identifica; la voz nace de la necesidad de invocar a un “Tú” que nos reconozca y cuide, nace de nuestras entrañas, se inicia en forma de grito y de llanto. En función de la respuesta que encontremos, la iremos modulando. Si no hay dos caras iguales, tampoco hay dos voces iguales, nos cuesta reconocer la nuestra propia, pero reconocemos, por la escucha, la voz que nos llama y nos nombra. La palabra vocación deviene de esta escucha. Llamamos a alguien y respondemos a alguien que nos llama. El ser se construye en la relación. El lenguaje es expresión: voz que se escucha y se comprende…
Los olores y los sabores de nuestra infancia, el aire que respiramos[8], el nombre y los tonos con los que nos llamaban, las miradas, los juegos y sus canciones, los dichos rimados, los conjuros y sortilegios, las oraciones de antes de ir a dormir… son aspectos que nos constituyen, en ellos nos reconocemos.
“… Cuando ya no te reconocías como–mamá- porque eras tú quién me llamaba a mí así, te nombraba con la melodía que lo hacía tu padre en tu infancia, tal como tú misma nos habías explicado: -¡Angelita!...  Me mirabas, sonreías…”




[2] García-Carpintero, Mª Ángeles. 2015, Amatxus. Historia de un reencuentro.
[3] Heidegger, M. Logos
[4] Tomatis, A. (Francia, 1920-2001) Otorrinolaringólogo y psicólogo.
[5] Se puede encontrar mucha información sobre este método en internet, remitimos a esta noticia que explica en qué consiste el método. http://www.lavanguardia.com/lacontra/20110112/54099707610/el-metodo-tomatis-paliaria-un-tercio-del-fracaso-escolar.html
[6] Tineo Guerrero, Vanessa (2007) El método Tomatis y Mozart: http://www.filomusica.com/filo85/tomatis.html Revista de música culta en internet, nº 85
[8] A los 10 años, 5 años después, volví de vacaciones a la tierra de la que salí. Respiré hondamente el aire y seco de la Mancha, lo reconocí. (por si alguien duda de que se reconozca el aire)

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