La voz de las mujeres L’Hospitalet
de Llobregat, ISSN 2462-6325
1.4. La escucha en la comunicación. El oído y la voz.
“El lenguaje se estructura sobre el vínculo emocional que
establecemos.”[1]
Las teorías de la
comunicación nos explican que hay un emisor, un receptor, un canal… Siempre
hemos dado protagonismo al emisor, es el que establece la comunicación, pero,
en realidad, sólo nos comunicamos con quien nos escucha. Si nos ocupamos de
otros “ruidos” (internos o externos) que nos distraen, no escuchamos. La
escucha es activa. Implica, en primer lugar, seleccionar los estímulos y
centrar la atención en la persona que escuchamos, no sólo en lo que dice sino
también en cómo lo dice: sus gestos, sus silencios, sus miradas… la atención de
la escucha pone en marcha todos nuestros sentidos. Nos lleva a comprender, a
“hacernos cargo” de la situación del otro, de su historia, comparándola con la
nuestra y a interpretar esa historia, modificando nuestros parámetros y
actuando en consecuencia.
El auténtico escuchar nos va
a cambiar la vida.
Lo fundamental para escuchar
será la disposición, la actitud abierta, atenta y confiada que posibilitará el
interactuar. Si no abrimos nuestros sentidos al otro y a la posibilidad de
emprender algo nuevo, no escuchamos. Sólo nos podemos abrir desde un vacío, el
vacío de ideas preconcebidas y de prejuicios.
La parte fundamental de la
atención será esa capacidad de selección y de inhibición, descartando lo que no
nos interesa. Es algo que hacemos continuamente de manera inconsciente, siempre
que estemos en buenas condiciones fisiológicas. En esta dis-capacidad de
selección e inhibición de algunos estímulos, para centrarnos en otros, radican
las dificultades del denominado “Trastorno del Déficit de Atención”. Estas
capacidades se educan.
Hay también, como en todo lo
que hacemos o dejamos de hacer, una parte de decisión personal. Dado que no
puedo escucharlo todo, escucho lo que me interesa: la música que me gusta, las
charlas o conversaciones que me interesan… Contra más conscientes seamos de esa
posibilidad de elección en la escucha, más centrados estaremos. Igual que, para
escuchar de verdad, nuestro ánimo ha de estar abierto y libre de prejuicios, de
“ruidos” que nos impiden captar la realidad del otro que haré mía. Somos libres
de ponernos en disposición de esa escucha o de “no dar los oídos”.
No dar oídos significa que hay
cosas que prefiero no escuchar, como las consignas publicitarias llenas de
estereotipos, las recitaciones y prédicas dogmáticas o lo que se dice en forma
de murmullos: los rumores infundados, las maledicencias, las burlas que sólo
buscan desprestigiar al otro aumentando la carga de prejuicios y las sombras
del inconsciente.
Decimos “no” a algunas cosas,
para poder decir “si” a otras. La percepción y la atención necesitan regular
las entradas de lo que sentimos.
Para
escuchar “el decir del lenguaje”, la voz de nuestra propia vocación, la que nos
permite captar el sentido, tengo que atravesar los ecos del silencio, en soledad
y oscuridad, afrentando los miedos, así nos convertimos en protagonistas de
nuestra propia historia.
- “Nos
conocimos cuando éramos pura esencia”, dijo Rosa. - ¿Cómo
reconocernos después de 40 años?, nos preguntábamos. - Lo haremos -nos dijo Isa-
la voz y la mirada no se deterioran con los años. Y así fue.[2]
·
El oído y la voz.
“El oír es propiamente este concentrarse que se recoge para la
interpretación y la exhortación.[3]”
El primer órgano de la voz
es el oído. Sabemos que es el primer sentido que se desarrolla. Los bebes
cuando nacen reconocen voces que habían oído en el útero materno. Según algunos
expertos el oído y la escucha se empieza a desarrollar desde las etapas más
tempranas, en fase de embrión. Por eso es bueno ponerles música o cantarles
(aunque no lo hagamos muy bien)
Estimular y educar el oído
mediante la música es lo que hacía el Dr. Tomatis[4].
Con su reconocido método de
reeducación de la voz conseguía mejorar las voces de los cantantes, al mismo
tiempo que su vida psíquica, lo que le llevó a adecuar el método para ayudar a
niños con problemas de aprendizaje.[5]
El Dr. Tomatis probó con
multitud de músicas de Oriente y Occidente, al final se quedó con las de Mozart
y con el Canto Gregoriano, músicas de
frecuencias altas que estimulan el oído y restauran las frecuencias que
teníamos bloqueadas por cuestiones emocionales. Mozart compuso antes de
aprender las reglas, su música siempre transmite energía, tiene un aire muy
fresco y alegre, hasta en las músicas de duelo, nos explica Vanessa Tineo,
profesora de conservatorio superior de Granada, hablando del método Tomatis y
su aplicación en niños/-as.[6]
Parece que será un pequeño
fósil de oído descubierto en Atapuerca, Burgos, el que podrá indicar mejor el
origen del lenguaje. Es una noticia colateral con nuestro trabajo pero que
muestra, una vez más, la importancia de la escucha para el lenguaje.[7]Esa escucha que se inicia
en el seno materno. La que, quizás, propicio el hablar humano.
Si la escritura se inicia con
la necesidad de dejar nuestra marca, nuestro “yo”, el nombre o señal que nos
identifica; la voz nace de la necesidad de invocar a un “Tú” que nos reconozca
y cuide, nace de nuestras entrañas, se inicia en forma de grito y de llanto. En
función de la respuesta que encontremos, la iremos modulando. Si no hay dos
caras iguales, tampoco hay dos voces iguales, nos cuesta reconocer la nuestra
propia, pero reconocemos, por la escucha, la voz que nos llama y nos nombra. La
palabra vocación deviene de esta escucha. Llamamos a alguien y respondemos a
alguien que nos llama. El ser se construye en la relación. El lenguaje es
expresión: voz que se escucha y se comprende…
Los olores y los sabores de
nuestra infancia, el aire que respiramos[8], el nombre y los tonos con
los que nos llamaban, las miradas, los juegos y sus canciones, los dichos
rimados, los conjuros y sortilegios, las oraciones de antes de ir a dormir… son
aspectos que nos constituyen, en ellos nos reconocemos.
“…
Cuando ya no te reconocías como–mamá- porque
eras tú quién me llamaba a mí así, te nombraba con la melodía que lo hacía tu
padre en tu infancia, tal como tú misma nos habías explicado: -¡Angelita!... Me mirabas, sonreías…”
[2] García-Carpintero, Mª
Ángeles. 2015, Amatxus. Historia de un
reencuentro.
[3]
Heidegger, M. Logos
[4] Tomatis,
A. (Francia, 1920-2001) Otorrinolaringólogo y psicólogo.
[5] Se puede
encontrar mucha información sobre este método en internet, remitimos a esta
noticia que explica en qué consiste el método. http://www.lavanguardia.com/lacontra/20110112/54099707610/el-metodo-tomatis-paliaria-un-tercio-del-fracaso-escolar.html
[6] Tineo
Guerrero, Vanessa (2007) El método
Tomatis y Mozart: http://www.filomusica.com/filo85/tomatis.html
Revista de música culta en internet, nº 85
[8] A los 10
años, 5 años después, volví de vacaciones a la tierra de la que salí. Respiré
hondamente el aire y seco de la Mancha, lo reconocí. (por si alguien duda de
que se reconozca el aire)
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