sábado, 30 de septiembre de 2017

DEL DOMINIO Y SUS RESISTENCIAS

La voz de las mujeres. Lenguaje compartido y transmitido.
Mª Àngels García-Carpintero Sánchez-Miguel
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325

Sin ánimo de ser exhaustiva, unas reflexiones que no son sólo en referencia al 1-O
DEL DOMINIO Y SUS RESISTENCIAS
Las formas más primitivas y arcaicas para intentar ejercer el dominio responden a la violencia física y verbal, son las más fácilmente reconocibles. Ante ese tipo de violencia podemos plantearnos:
·         Reconocer el dolor del que grita o agrade. Atender a ese dolor o no.
·         Retirarnos sintiéndonos ni ofendidos ni ofensores
·   Responder. Antes de lo cual sería bueno pensar las posibilidades de respuesta, las características de esa violencia recibida: el grado, la procedencia y la frecuencia, así como las consecuencias de nuestra respuesta, considerando la proporcionalidad y el límite.
    Una posible respuesta será recurrir a la ley. La respuesta agresiva supone el ejercicio de una nueva violencia.
La peor violencia de este tipo es la que se ejerce reiteradamente sobre alguien del que tenemos que cuidar. Por ejemplo, hacia un niño al que continuamente le manifestamos desvalorización.
Pero hay formas más sutiles, indirectas y sistemáticas que pueden causar un daño más profundo, porque son más difíciles de resistir o contrarrestar.
Una de ellas es la manipulación que suele ser un abuso de quien detenta más poder, pero que resulta ser la manera más cobarde ya que siempre se suele ejercer con el respaldo de más medios y/o de un grupo o colectivo.
Otra es la que Lorenz[1] explicó acerca de los comportamientos de algunas aves de corral que se arremolinan alrededor de la más débil para picotearla[2]. No hace falta que sea débil en realidad, sólo que sea menos agresiva. Lo que es seguro es que, si así nos comportamos, lo hacemos como las gallinas.
Por ejemplo, cuando alguien se arma con el escudo de la violencia machista sufrida por las mujeres para agredir a otros a los que, en realidad, sólo se quiere someter, despegados ya de cualquier hecho real.
Hannah Arendt en su entrevista sobre el juicio de Eichman[3] dice que ningún nazi ha reivindicado nunca su causa. El que lucha, aunque sea sólo y erróneamente por una causa que considera justa, siempre podrá dar razones de su lucha. A los cobardes sólo les queda “Cumplía órdenes” y a los que tienen intenciones oscuras ni eso. Además de lo que dice Arendt, pensamos que ningún nazi, que sepamos, llevó a sus hijos a mostrarles lo que hacían, explicando lo que de verdad hacían, claro.
Pensemos en lo que hacemos y pensemos en porqué lo hacemos. Podemos ir a votar movidos por la indignación, es justo, aunque deberemos separar esa reacción del voto en sí, que es mío y de nadie más. Podemos no ir a votar por cobardía. Pensemos qué verdad podremos explicarnos ante el espejo. Y, si llevamos a nuestros hijos para que vean, es que de verdad lo creemos, luego ellos tomarán sus decisiones.
Mª Ángeles García-Carpintero, 30/09/17







[1] Konrad Lorenz (Austria, 1903-1989) Se dedicó a investigar las conductas de los animales.
[2] Ese es el centro de la experiencia de la desdicha. También Simone Weil se sintió así.[3] Arendt, H. (2016) La última entrevista y otras conversaciones. Bcn. Página Indómita.

viernes, 21 de julio de 2017

Mendicante

Mendicante
L'Hospitalet de Ll. ISSN 2462
Por enésima vez en estos casi seis años acudo al ICAM-SGAM, puede que sea la última vez porque me han citado para la propuesta final, pero hoy voy como una mendicante. No fue así como empecé. Empecé con seguridad, dispuesta a explicar mi verdad, convencida de que me entenderían, tal como lo hacían los otros médicos y reflejaban los informes.
Ya sabéis que no fue así, no es así hoy en día para casi nadie. He trabajado, me he esforzado más allá de mis límites, he cotizado, -como la mayoría de vosot@s- hay unos derechos, los mismos que pido para mí deseo para todos. No he cobrado nunca nada más que mi salario. No he mentido. Denuncié a mi maltratadora, pero no he maltratado a nadie (no me dan las fuerzas para ello). Aun así, me han convertido en mendicante.
Me atiende, en una nueva planta, el médico más amable del mundo. Han acabado conmigo. Saben que estoy acabada. Ni puedo trabajar, ni puedo, apenas, valerme y, además, ya no tengo orgullo. Sabiéndome así, me dan la palmadita en el hombro y lo comprenden todo.
Me voy, por fin he entendido este maldito parquin y encuentro el coche a la primera. Pienso en vosotr@s, l@s que seguís ahí, con el maldito maltrato, no quiero que os convirtáis en mendicantes. Justo ahí, en el hueco de mi orgullo herido, me encuentro con vosotr@s y me devolvéis la vida. No seáis ingenuas y mantened la dignidad… La luz que os pueda mostrar es la que me encendéis con vuestro coraje y cariño.

Mª Àngels García-Carpintero

domingo, 9 de abril de 2017

FRENTE AL ICAM: PAICAM[

FRENTE AL ICAM[1]: PAICAM[2]
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
“La justicia consiste en vigilar para que no se haga daño a los hombres. Se le está haciendo daño a un ser humano cuando grita interiormente: ¿Por qué se me hace daño? Se equivoca a menudo en cuanto intenta darse cuenta de qué mal sufre, quién se lo inflige, por qué se lo inflige. Pero el grito es infalible. (…) Si se le hace daño a alguien, el mal penetra verdaderamente en él; no sólo el dolor, el sufrimiento, sino el horror mismo del mal. (…) Preservar la justicia, proteger a los hombres de todo mal, es ante todo impedir que se les haga daño.”[3]
La racionalización del trabajo, como la de los recursos, es algo obvio y necesario que proponen muchos, como nuestra filósofa Simone Weil, pero ella lo hace desde el pensar y desde su experiencia como obrera en una fábrica de la que acaba extenuada debido a su frágil salud.
¿Cómo es posible que unos trabajen hasta la extenuación y se les obligue a seguir en activo cuando ya no pueden rendir y otros muchos estén esperando acceder al mundo laboral con todas sus energías para ello?
Se nos dice: antes se abusaba y ahora no hay para todos, pero sí hay para pagar indemnizaciones millonarias a los que nos generaron una deuda que, sí o sí, tenemos que pagar y ¿realmente se abusa exponiendo la miseria de la enfermedad? O alimentamos el sistema que nos devora o nos cuidamos, no hay más opción. El ICAM es uno de los guardianes del sistema capitalista, que lucra a algunos y que expulsa y condena a la miseria a muchos más.
PAICAM, como o la PAH, como el “No a la Guerra” intenta, desde la experiencia de la extenuación, el dolor y la indigencia, apoyarnos mutuamente ante las grandes puertas del sistema que nos ha expulsado a la intemperie ¿porqué se nos hace daño?, nos preguntamos.
Mª Ángeles García-Carpintero Sánchez-Miguel, miembro de PAICAM, marzo, 2017




[1] Institut Català d’Avaluacions Mèdiques de Catalunya.
[2] Plataforma d’Afectats contra les injustícies de l’ICAM. Contra les altes injustificades i el maltractament cap a les persones malaltes.
[3] Weil, Simone. (1942) La persona y lo sagrado. Escritos de Londres.

lunes, 20 de marzo de 2017

La fibromialgia y nosotr@s

LA FIBROMIALGIA Y NOSOTR@S
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325

Según el Dr. José-Vicente Moreno Muelas, Presidente Emérito de la sociedad española de Reumatología, entre otros títulos, la fibromialgia es una enfermedad reumática crónica, no inflamatoria, que afecta a las partes blandas del aparato locomotor, raramente remite, por lo que ocasiona una marcada discapacidad ya que no se conoce tratamiento curativo. Es una buena definición de algo complejo. Luego están las circunstancias personales: el tiempo de evolución, las otras enfermedades y limitaciones que la suelen acompañar: dolor, fatiga a esfuerzos mínimos, artrosis, rigidez muscular, trastornos del sueño, cuadros de ansiedad y depresión, alteraciones de memoria y atención, hipersensibilidad química y electromagnética, poca tolerancia a los medicamentos, etc., en función de estas variables se califica el grado de la enfermedad.
Es más frecuente en mujeres, aunque no exclusivo de nuestro género. Muchas enfermedades, entre ellas la nuestra, se han etiquetado como enfermedades “de mujeres”, histéricas, neuróticas… Según los que no padecen esta enfermedad, todo está en nuestra cabeza, si somos “positivas” se nos pasará. ¡No se imaginan como aumentan nuestro dolor!
No quieren oír nuestras quejas, pues bien, nosotr@s tampoco queremos oír sus moralinas, si no se saben callar ante el dolor del otro, si no saben, o no quieren, acompañar, pueden seguir su camino, nosotr@s haremos el nuestro.
La definición del Dr. Moreno, la que veo escrita en mi informe, me obliga a tomar contacto con la realidad: Estoy enferma. Nadie quiere estar enfermo, lo estuve desde joven, luché contra mi misma para esconderlo, para no molestar a nadie con mis quejas. Lo hice muy bien, tanto que casi me muero sin hacerme sentir. L@s que hemos estado en la antesala de la muerte sabemos que hay paz y hay luz, la agonía está antes, a la agonía regresamos cuando aún no es nuestra hora, en agonía vivimos nuestro día a día. Me dejaron sola, me contaron todos los males de este mundo para minimizar el mío, alguno hubo que aprovechó cruelmente la información sobre mi enfermedad. Me reprimí, me avergonzaba sentirme mal. Cuando fui consciente del mal que, durante 30 años, me había hecho a mí misma, decidí que se acabó. Ser consciente de la enfermedad quiere decir empezar a aceptarla yendo a favor de una misma, no en contra. Es tiempo de cuidarnos.
Pero la fibromialgia no nos lo pone fácil, si es complejo para los demás, no es sencillo tampoco para nosotr@s mism@s. Queremos hacer cosas y a la hora de la verdad no podemos, o desconfiamos de nuestras fuerzas y rechazamos ofertas y luego nos sabe mal. Nos duele todo y no podemos mover un músculo, pero los movemos a nuestra medida y nos sentimos mejor, tras el lapso en que nos animamos, nos encontramos peor…  Nunca podemos dominar del todo este cuerpo hipersensible que se bambolea al compás de múltiples variables, como un barco en medio de una tempestad perpetua que, si nos da tregua, es habiéndonos dejado extenuad@s. Quizás esta inconsistencia es la más difícil de soportar.
Esa es la vida que tenemos y, de momento, tendremos. ¿Ya nunca podremos ser felices? La felicidad es un deseo más que un estado. Nadie es feliz o completamente feliz, pero todos podemos saborear momentos de felicidad, depende más de nuestra actitud que de nuestras circunstancias. Aceptar la impotencia es lo más duro, pero el reconocer la verdad de nuestra condición nos hace humus (humildad viene de humus) y, misteriosamente, sabedores de la situación en que estamos, nos centramos y podemos conectar con la vida que circula en nuestro interior y en nuestro entorno y, así, descubrimos nuestro poder. Para Hannah Arendt no puede haber felicidad sin participación en la vida activa, la del trabajo, la de las aficiones, la de la participación en la vida pública. Puede que estemos incapacitadas para cumplir con un contrato laboral, lo que no quiere decir que no podamos mantener nuestra vida activa con nuestro ritmo inconsistente, con nuestro dolor y fatiga, con nuestros pequeños momentos felices.  Pero la vida activa es, también, la del pensar, la del querer y la del juzgar. El querer, la voluntad, consiste, según Arendt, en la capacidad de comenzar de nuevo, en esto se basa la libertad humana, algo posible pero infrecuente. La facultad de juzgar o valorar implica la capacidad de entender diferentes puntos de vista y “tomar partido” a favor de la posibilidad mejor para todos, aunque no sea la del propio punto de vista.
Si es así, la nuestra es una auténtica y completa vida activa, continuamente estamos recomenzando, pensando en lo que nos acontece y en lo que acontece a otros dolientes como nosotr@s, tomar partido a favor de la vida más humana para todos es lo que nos permitirá mirarnos al espejo y, reconociéndonos enferm@s, sonreírnos.
Si nadie es feliz del todo, sí se es infeliz. No seremos infelices. Esa es nuestra acción.
Ánimo a tod@s
Mª Ángeles García-Carpintero
L’Hospitalet de Llobregat, marzo, 2017


domingo, 19 de marzo de 2017

La joven que perdió su nombre.

La joven que perdió su nombre. 
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325

Esto era una vez una joven que vivía feliz y tranquila hasta que un día, estando de viaje en un país lejano, tuvo un accidente, se dio un fuerte golpe en la cabeza y se quedó en coma. Estuvo muchos días ingresada en un hospital hasta que, poco a poco, fue despertando. Un día empezó a mover algún dedo, otro día probó a pedir un poco de agua y así fue recobrando los sentidos y el habla, aunque no recordaba nada de su vida pasada, se miraba al espejo y no se reconocía, había perdido la memoria.

Habló con el doctor y le hizo saber lo preocupada que estaba, necesitaba recuperar su pasado, necesitaba saber quién era, no se acordaba ni de su nombre y por ello no podía contactar con su familia, no sabía siquiera si tenía familia. El doctor le dijo que para ello necesitaba ir averiguando tres cosas importantes de la vida, la primera era recordar a alguna persona a la que ella hubiera querido. La joven se estuvo esforzando cada día, miraba las enfermeras, la gente que había por los pasillos del hospital... pero no le recordaban a nadie, se esforzó en pensar a quien quería, pero nada y así se lo hizo saber al doctor, él le dijo que algún día le saldría de dentro, que se dejara llevar...

Así lo hizo, y por fin una tarde en la que se había quedado medio adormilada y estaba muy a gustito como en unos brazos que la envolvían, se acordó de su madre y la llamó “mamá” recordando cuanto la quería. El primer paso estaba dado, el doctor le dijo que ahora tenía que recordar algo bueno que hubiera hecho por alguien. Eso sí que era difícil, al recordar a su madre, se acordó que tenía dos hermanos gemelos, y recordó lo mucho que la molestaban con sus ruidos y travesuras, quizás por ello había ido a estudiar a otro país, quería a su madre, suponía que también a su padre, pero no recordaba que hubiera hecho nada bueno por ellos, más bien al contrario.

Se había hecho amiga de unas chicas que estaban ingresadas en el mismo hospital, pero pensaba que tampoco había hecho nada por ellas, cada una iba “a su bola”, había una que siempre estaba sola y un poco marginada y a ella le daba un poco de pena, pero le costaba acercarse a ella. ¿Es que no habría hecho nada bueno por nadie? De ser así es posible que se quedara encallada y no avanzara.

Un día paseando por el hospital, vio una habitación abierta, se asomó y vio una anciana sentada sola en la butaca, sin pensarlo mucho fue a la sala de las parturientas, cogió un ramo de rosas y se las llevó a la anciana y entonces le vino a la memoria su abuela y se acordó de que siempre la iba a ver y le llevaba flores o bombones, charlaba con ella, miraban revistas. La abuela siempre se alegraba cuando la veía.

Muy contenta fue a explicárselo al doctor y éste le dijo que todo iba bien, ahora sólo quedaba la última fase y la más difícil, tenía que ser valiente, constante y capaz de aguantar el dolor que le causaría la recuperación, para ello tendría que recuperar algún recuerdo en el que hubiera demostrado que tenía carácter.

Pasaron unos días y nada, ahora ya estaba más fuerte, podía ir al jardín a pasear y fue allí donde vio a unas niñitas llorando, su pelota había caído entre las zarzas y no las podían coger, ella, sin pensárselo se metió a buscar la pelota y se llenó de zarpazos y arañazos pero no le importó, entonces le vino como un flash, viendo una de las espinas que se le habían clavado se acordó de su nombre, “Roser” y se acordó de que tuvo el accidente porque en la carretera se lanzó a apartar a un niño que corría detrás de una pelota y que estaba a punto de ser atropellado. Con aquel recuerdo le vinieron todos los demás, sus apellidos, dónde vivía... y supo por fin quién era ella. Una persona valiente y buena que podía enfrentarse a todo lo que la vida le pusiera por delante.

                                                                       A Roser Massaguer
                                                                       Por su vida y la mía.

                                                                       2003

miércoles, 22 de febrero de 2017

Kafka y el ICAM

ICAM: IMPOTENCIA, CONDENA, ACOSO Y MALTRATO 
L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
EL PROCESO DEL ICAM: IMPOTENCIA, CONDENA, ACOSO Y MALTRATO 
De nuevo sentada delante del impotente. El impotente es el médico mayor del ICAM (Institut Català d’Avaluacions Mèdiques) que no ejerce de médico sino de guardián. Como el guardia del cuento Ante la ley” (recogido al final del artículo) que Kafka hace contar al personaje del sacerdote al final de su libro inacabado: “El proceso”.
El médico-guardia es impotente, no por ser una persona mayor un tanto abúlica, sino porque ha claudicado, se somete a las leyes del sistema y nos impide acceder a los engranajes que entrevemos por detrás de esa puerta abierta a cuya entrada no tenemos acceso. Él es el primer impedimento.
En una ocasión anterior a la de la impotencia que le contemplo y que aumenta la mía, el médico-guardia se mostró molesto y me recriminó que me presentara ante él/ellos en múltiples ocasiones. “Yo vengo porque ustedes me llaman”, hubiera dicho, si no fuera porque me puse a llorar. No entendí su “riña”. Ahora la entiendo, estaba, está, agobiado, hace ya mucho tiempo que claudicó de lo más importante para sí mismo: su vocación, su llamada a devenir siendo, a hacer realidad sus sueños.
Detrás de él están los jueces y sus leyes, leyes que sirven al sistema político del momento. Pero ya hablaremos de ellos, pasearemos, primero, por este proceso, tan parecido al que expone Kafka, buen conocedor del sistema judicial y de las trampas de la Ley.
La principal característica del proceso Kafkiano es lo absurdo. Caminos intricados que te llevan de paradoja en paradoja, caminos sin salida que te envuelven en tinieblas, que te asfixian, que te infringen una condena a la que parece que tú mismo te vayas abocando.
Me obviaron una prueba que demostraba la fatiga crónica, irreversible y acentuada, más aún en el lado izquierdo, como consecuencia de las secuelas de la malformación con la que nací. Les reclamé, me hicieron entrar en un bucle de instancias y correos hasta que desistí, - vencéis, pero no convencéis, acerté a decir, antes de sucumbir.
Continuamente les decía, y los informes así lo justificaban, que mi problema era la falta de fuerzas para aguantar una jornada laboral, me hicieron dos aumentos de pericia: los dos en psiquiatría.
En el primer juicio, la abogada de la Generalitat utilizó argucias legalistas para impugnar los informes presentados, como hizo con el del neurocirujano que me operó porque empezaba su informe diciendo “según mi opinión…”. El juez me permitió hablar al final. Rebatí los argumentos mezquinos de aquella abogada. - “No es una opinión de un cualquiera, era el jefe de neurocirugía de la Cruz Roja de Barcelona, el que abrió y vio lo que había, deberían tenerlo en cuenta, aunque lo exprese así…” En la sentencia el juez determina que el ICAM actuó conforme a sus protocolos, aunque reconoce que mis padecimientos son ciertos. No gano el juicio legalmente, pero obtengo el reconocimiento moral, gracias a mi propia defensa, otorgado por un juez que me escuchó.
Los jueces y todo el aparato legal están allí, detrás del primer guardián, como una barrera que jamás te dejará pasar a ti, un simple mortal, con tu verdad. Todo es oscuro, sólo pasan los que han aceptado engañar, los que han apagado su luz, los que han claudicado como ellos. Son “los guardianes y sus sombras, formas sin significado ni poder”, tal como los define nuestro Kafka.
Aunque detrás de todo, nos dice Kazka en su cuento, tras el guardián y la gran barrera del aparato legal, por la puerta abierta entrevemos una luz que resplandece. ¿Es la luz de la verdad?, nos preguntamos esperanzados, ¿la gran luz ante la que ya no necesite mantener mi pequeña luz oscilante? No, no es más que la luz del neón, la luz rutilante y artificial de lo que nos quieren hacer creer. Los seres oscuros no protegen la verdad, la verdad está en el campesino del cuento "ante la ley" que clama justicia, ellos sólo protegen el sistema político y económico que mantiene a los grandes echando a los pequeños en sus maquinarias. Puede que esa sea la verdad que protegen.
Aunque, individualmente, cada uno de los guardianes y de los jueces pueda reconocer, en su fuero interno, la verdad que el campesino lleva consigo, de poco le sirve, quizás el campesino espera algo ante el sitio equivocado, quizás sea equivocado esperar acceder a la compresión y a la razón; como Job, que se mantiene en sus trece de clamar ante las injusticias que le han sobrevenido, que no claudica ante los que le vienen a decir que “algo malo habrá hecho” y que finalmente es reconocido en ese único derecho que ejerce: el de clamar al cielo, aceptando que nunca accederá a la Verdad, a la Justicia… somos mortales. Aceptar la pequeña verdad de nuestro derecho a clamar como mortales, sabedores de la muerte que nos sobrevendrá, es la única luz que llevamos con nosotros.
Otros aspectos que se denotan en “el proceso” de Kafka, no así en el cuento final de “ante la ley”, son el maltrato o el acoso. El maltrato que sufre K no es un maltrato brutal ante el que nos horrorizaríamos, son pequeños maltratos en forma de interrogatorios culpabilizadores y atemorizadores, de no saber por dónde vendrá el nuevo golpe, ni qué quieren de él.
La maltratadora del ICAM es la loca que mete los resultados de las pruebas que hay encima de su mesa en la trituradora diciendo: - ¡Mire, mire que hacemos con sus papeles! Es la que me agarra por donde más me duele y no suaviza su presión ante mi queja, la que me hace arrodillar, aunque le digo que no puedo, arguyendo que ella es mayor que yo y aún lo hace. La que, en el nuevo juicio, se muestra tan arrogante que es recriminada por la juez. Los jueces son más letrados, están por encima de las falacias, contradicciones y prepotencias, reconocen nuestras pequeñas verdades, aunque no nos sirva de nada frente a la maquinaria de la ley que protege al sistema.
El acoso es el que sufre el procesado absurdamente, ante las demás personas que le infieren una culpa, aprovechan para rebajarlo o, simplemente, sospechan y vigilan. Todos somos acosadores. Sospechamos del otro y de sus intenciones. Nos sabemos malos, disimulamos y, por tanto, creemos que lo mismo harán los otros. Pero reconocer esa verdad: la de nuestra pequeñez, egoísmos, engreimiento... nos lleva a hacer las paces con nosotros mismos y, por ende, con los demás. Si nosotros, que somos malos, damos lo mejor a nuestros hij@s, a l@s que amamos, eso mismo es lo que también hacen los otros; confiar en ell@s, en la medida que aprendo a confiar en mí misma, me libra de sentir el acoso. No soy su víctima, no son mis verdugos, si dudan de mí es porque aún no confían, ya llegarán, si es que llegan.
He sufrido, sufrimos muchos, lo absurdo, la impotencia, los pequeños maltratos. El acoso se afrenta con la verdad sobre nosotros mismos, con la aceptación de la realidad, sin claudicar del todo hasta el final. El acoso viene, de quién desconfía de nosotros, como de sí mismos, de los que nos abruman cargados de razones con el único fin de hacernos callar. Cuando los que no sabéis de lo que habláis nos recomendáis vuestro superficial y culpabilizador positivismo es como si echarais vinagre en nuestras heridas. Podríais callaros.
Y aquí estoy, sin claudicar, pero intentando cambiar de estrategia. Creo que buscaré otra puerta, abandonaré mi puerta individual, la que sólo se entreabre ante mi necesidad de que sea reconocida mi verdad; la que, aunque está abierta, no es accesible; la que muestra un destello de una rutilante luz que ya no quiero alcanzar. Quizás busque por la parte de atrás una entrada colectiva, la que da acceso al sistema con su Mago de Oz, cegando al mundo.  La puerta por dónde entran los que aceptan cumplir con su función limpiando los engranajes, (“la limpieza de sus rostros le daba asco”, hace pensar a K, Kafka, en el último capítulo: “El final”), la puerta por donde hacen entrar los restos de los pobres que han sucumbido a las injusticias y sus miserias, el combustible.
Quizás reventemos esa puerta, pero si lo hacemos, si entramos y destruimos esa infernal máquina, tendremos que vigilar para no convertirnos en vigilantes, si no, sólo habremos cambiado un sistema por otro, más sutil y más perverso, como ocurre con la democracia del juego partidista, respecto de las dictaduras.

El hombre es un lobo para el hombre, con perdón de los lobos. Creamos sistemas y nos incorporamos a ellos, protegiéndolos con las instituciones que domesticarán al lobo que llevamos dentro. Reventar el sistema que nos absorbe para que, sintiéndonos protegidos, protejamos, en realidad, a los que nos gobiernan, significará quedarnos a la intemperie, da miedo, crearemos nuevos sistemas, indudablemente. Sólo nos queda saberlo; saberlo y vigilar…
Ante la ley
Franz Kafka
Ante la ley hay un guardián. Un campesino se presenta frente a este guardián, y solicita que le permita entrar en la Ley. Pero el guardián contesta que por ahora no puede dejarlo entrar. El hombre reflexiona y pregunta si más tarde lo dejarán entrar.
-Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora.
La puerta que da a la Ley está abierta, como de costumbre; cuando el guardián se hace a un lado, el hombre se inclina para espiar. El guardián lo ve, se sonríe y le dice:
-Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera.
El campesino no había previsto estas dificultades; la Ley debería ser siempre accesible para todos, piensa, pero al fijarse en el guardián, con su abrigo de pieles, su nariz grande y aguileña, su barba negra de tártaro, rala y negra, decide que le conviene más esperar. El guardián le da un escabel y le permite sentarse a un costado de la puerta.
Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice:
-Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo.
Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de la Ley. Maldice su mala suerte, durante los primeros años audazmente y en voz alta; más tarde, a medida que envejece, sólo murmura para sí. Retorna a la infancia, y como en su cuidadosa y larga contemplación del guardián ha llegado a conocer hasta las pulgas de su cuello de piel, también suplica a las pulgas que lo ayuden y convenzan al guardián. Finalmente, su vista se debilita, y ya no sabe si realmente hay menos luz, o si sólo lo engañan sus ojos. Pero en medio de la oscuridad distingue un resplandor, que surge inextinguible de la puerta de la Ley. Ya le queda poco tiempo de vida. Antes de morir, todas las experiencias de esos largos años se confunden en su mente en una sola pregunta, que hasta ahora no ha formulado. Hace señas al guardián para que se acerque, ya que el rigor de la muerte comienza a endurecer su cuerpo. El guardián se ve obligado a agacharse mucho para hablar con él, porque la disparidad de estaturas entre ambos ha aumentado bastante con el tiempo, para desmedro del campesino.
-¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable.
-Todos se esfuerzan por llegar a la Ley -dice el hombre-; ¿cómo es posible entonces que durante tantos años nadie más que yo pretendiera entrar?
El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus desfallecientes sentidos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora:
-Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla.
FIN
Mª Àngels García-Carpintero, l’Hospitalet de Llobregat, febrero, 2017, 
actualizado en marzo de 2017



miércoles, 1 de febrero de 2017

Los hombres no lloran. Así se hizo fuerte mi padre.

LOS HOMBRES NO LLORAN 

L’HOSPITALET DE LLOBREGAT, ISSN 2462-6325
-       “Los hombres no lloran”, así se hizo hombre mi padre.
Hace ya doce años que murió y aún no consigo mirar sus fotos - ¿Por qué?, me pregunto muchas veces. Cuándo le preguntamos cómo le podíamos ayudar con el Alzheimer de mi madre me miró a los ojos y me dijo: - Yo sólo quiero poder explicar las cosas, pero cuando te digo algo te pones a llorar. Entendí que, si quería ayudar a mi padre, había de ser fuerte y contuve mis lágrimas. Cuando murió se me fueron derramando todas como el agua de una presa.
Los últimos meses de su vida fueron los que con mejor humor sobrellevó la enfermedad de mi madre. La dejaba en el centro de día por la mañana, hacía sus cosas y venía a comer a mediodía a casa. Me daba “el parte” nada más entrar. También me comunicó aspectos de mi enfermedad que nunca me había dicho. Era consciente de mis limitaciones físicas y respetaba mis decisiones. Nunca me presionó para que hiciera o dejara de hacer algo.
Quizás son esas bolsas debajo de los ojos las que no puedo ver. Quizás contienen sus lágrimas y las mías retenidas, nunca lloramos juntos, ni en los angustiosos años de mi enfermedad, ni en la de mi madre, él se aguantaba, yo lloraba encerrada, en el lavabo, en mi habitación, en mí misma. Mi madre suspiraba resignada. No lo soportaba. Me hice fuerte. Hasta que me rompí.
Quizás no puedo ver esas fotos porque sé que al final lo pasó mal, que estuvo solo, que… Ahora lloro por los dos. Quizás sólo así mi alma recuperará la paz y podré mirar esos ojos hinchados y tristes de sus últimos días, las que retenían un mar de lágrimas. 
Quizás algún día, liberada al fin, aflore la sonrisa de la dicha que sentía jugando con él en sus rodillas. La sonrisa que aflora cuando creo verlo por la calle o cuando, a veces, sueño con él, tan real, con su brusquedad.
Descubro, por fin, que él no necesita perdonarme nada, lo que quiere es que yo lo perdone, sólo porque me quiere, sólo porque quiere que yo alcance la paz. - ¡Claro que sí, papá!  Puede que, en ocasiones, nos equivocáramos o que no alcanzáramos a dar lo que el otro necesitaba, somos humanos, pero sé que me querías. Descansa en paz.

Mª Gª-C, 2016

domingo, 22 de enero de 2017

MENTIRAS

1   Mentiras
Crecimos rodeados de silencio y envueltos de mentiras. No sólo en la infancia fascista de la postguerra. No sólo mientras el franquismo daba los últimos coletazos y le ayudábamos a caer desde diversos frentes, mientras nos preparaban esta tibia y vomitiva democracia que tenemos ahora.  Las más grandes mentiras las oí en la Universidad, allí las mentiras “sientan cátedra”.
La visión que se tiene de los barrios obreros, por ejemplo, estaba, y aún está, llena de prejuicios y de estereotipos. - ¿Tú eres de Bellvitge? Bueno debes ser un caso raro. – No, justamente soy fruto de la educación recibida en el barrio. Cara de póker. – En esos barrios no viven catalanes, por eso apenas oyes hablar un catalán de clase baja. ¿Cómo lo sabes? ¿Has vivido allí? ¿Te has paseado por las calles? ¿Has tenido vecinos en esos barrios?
La visión del mundo, para algunos, desde la tarima, es nefasta: - Somos demasiados, en los próximos años sobrarán muchas personas. ¿Sobrarán?, si así lo crees di, al menos, sobraremos. Para nosotros los otros son “ellos”, pero nosotros somos “ellos” para otros.
Barbaridades más grandes se oyen en los cafés o los mercados, pero en la Universidad se tendría que hablar con propiedad y respeto a la inteligencia y al saber recogido. Se hace valer la ciencia para fundar las creencias, citando escasos y tendenciosos estudios pseudocientíficos. Nunca se habla de lo que no conviene, como, por ejemplo de la crueldad y de la a menudo menudencia de la denominada “ciencia”. Evidentemente, no hablo en contra de la ciencia, pero sí de que se la endiose como se endiosan muchos que hablan desde cualquier púlpito. La lógica preponderante sigue siendo la lógica cartesiana, la que se desarrolla partiendo de premisas, pero ¿y si son falsas las premisas? Todo se desmorona.
No hay conocimiento más grande que el que revela la intuición. La intuición no es irracional, como algunos pretenden hacernos creer. Con la intuición “ves”. Nada más certero que la intuición sobre la base de la razón que atiende al corazón, del conocimiento que da la experiencia, del pensar que promueven los que de verdad estimulan nuestra mente desde las preguntas y no desde las doctrinas, del interés por estar de  parte de lo bueno, lo cierto, lo justo. El pensamiento intuitivo se desenvuelve en ondas, como el agua, el sonido o los astros en el cielo. Esa es la manera de desenvolver nuestro pensar los excluidos: algunas mujeres, algunos filósofos, los auténticos artistas, los locos y  los niños. Lo desprecian porque no lo alcanzan.
Luego están las historias, las muertas y las mortales, escritas desde lo ya escrito, desde la falta de conocimiento real, desde las tendencias y desde el sometimiento, la humillación y el aniquilamiento. Esa es la historia que nos hacían tragar sin paliativos. La historia, como la lengua, está viva y es abierta, receptiva y plural o no es. La historia ha de buscar como todas las disciplinas, la verdad, aunque ésta nunca se alcance. La verdad sólo accede a crear en nosotros adhesión o rechazo. Adhesión porque estamos dispuestos a conocer  nuestras miserias, a intentar comprender las razones del otro y a aceptar las consecuencias de nuestros actos.
Si en la Universidad oyes algunas mentiras, los medios las propagan a raudales y por doquier. El “Gran Hermano” de la novela 1984 de George Orwell o el más dulcificado “Mundo Feliz” de Aldous Huxley,  ya están aquí. Y da pavor. Todo se vuelve en contra de las personas, grupos y entidades que intentan con todas sus fuerzas contrarrestar la iniquidad y la malevolencia. No os penséis que son pocas, no, son muchas, pero el sistema nos engulló a todos y es más fuerte. Se hace pasar por criminal al que vive al margen del sistema. Se condena al que denuncia los delitos del sistema. Luego, el sistema fagocitará esos cambios y promoverá leyes para contrarrestar aquellos delitos, pero ya se habrán ingeniado otros. Mientras tanto, los inocentes habrán sido crucificados, eso sí, luego los subirán a los altares.
Las instituciones no tienen más misión que la supervivencia del sistema, de cualquier sistema con su carga de mentiras. Si en algo coinciden todas las instituciones sean de signo religioso, político o social, sean “carcas” o de ideas avanzadas es en el ejercicio del poder, el que se ejerce con presión y mentira. Las instituciones fijan y dan esplendor a las mentiras. No es sólo lo que se dice incorrecta y falsamente, es también lo que se acalla, lo que se insinúa y se lanza a la murmuración y al descrédito, lo que se exagera con intención de ridiculizar, lo que se tergiversa sesgadamente y es también lo que acaba en manos de los que lo socavaban y lo proclaman como propio.
Sólo hay dos maneras de hablar: discursear proclamas o escuchar y, desde la escucha, conversar, decirse de alguien a alguien, entenderse. Aguanté muchas horas de prédicas. Me aburristeis mucho. Desconectaba y fantaseaba. Esta sería una tercera forma de hablar: Fantasear. Sólo queda lo que se ha escuchado, lo que se comprende, lo que se integra, lo que se hace vida… y los sueños, siempre nos quedarán los sueños.

Me enseñaron que lo peor de todo era la mentira. No sabía, no sé, mentir. La mirada infantil es así, limpia, libre de prejuicios, veraz y contundente, aunque sesgada y limitada. Los niños siempre dicen la verdad, a su manera, hay que saber escuchar, recuperar esa voz que nos dice la verdad. Me escuché. Me sobrevino una gran certeza: toda mi vida era una mentira, vivía instalada en la mentira, intentando ocultar lo que me avergonzaba. Al final todo es vanidad. Me adherí a esa verdad.