2.2. Voces familiares.
L’Hospitalet
de Llobregat, ISSN 2462-6325I
Juego físico y desarrollo del lenguaje.
“No olvidemos, para
ayudar a construir la resiliencia, la importancia de asegurar las necesidades
físicas de base (…) Los fundamentos son el vínculo y el sentido.”[1]
El primer sentido que
desarrollamos, ya desde el útero materno, es el del oído. Cuando nace el bebé reconoce nuestra voz y
algunos sonidos. Los primeros juegos que realizamos con el niño incluyen el contacto,
el movimiento y la voz: lo mecemos, lo balanceamos o él mismo se gira,
rueda…con lo que va adquiriendo noción de sí mismo. Cuando lo aseamos, lo
alimentamos o lo arrullamos, establecemos contacto físico, realizamos
movimientos suaves, jugamos los objetos, contactamos visualmente, respondemos a
sus sonidos…
Con
la estimulación sensorial favoreceremos la integración perceptiva… y con ésta
la capacidad de representación y simbolización, fundamental para el lenguaje.
El bebé nace con el registro de todos los sonidos en su haber. Los emitirá y
nosotros se los devolveremos diferenciándolos; así, poco a poco los reconocerá
y los integrará. Adquirimos el cuadro fónico de nuestra lengua materna, mediante
la oposición de sus unidades fónicas, las sílabas y de las subsiguientes
relaciones asociativas que establecemos: PA PA… MA MA…
Esta
relación de sonidos y juegos, conecta nuestra capacidad de emitir y interpretar
sonidos con la capacidad de relacionamos y conocer el mundo. El juego,
nos dice Bühler, será una actividad básica para el desarrollo perceptivo, cognitivo,
lingüístico y social, propia del niño, pero también válida para el adulto.[1] El placer en el niño es
más fuerte, más vital y espontáneo. Mediante
el vínculo que se establece con el juego: tirándonos con ellos por el suelo,
llevándolos a caballito sobre nuestra espalda o haciéndoles saltar sobre
nuestra falda mientras les cantamos, les realzamos sonidos corporales y del
entorno o les mostramos los primeros símbolos sonoros elaborados, como las
onomatopeyas de nuestra lengua y les decimos palabras y frases que ellos van
imitando, o reproducimos las suyas transformándolas.
Estos
sonidos que se escuchan, se reconocen y se imitan, cumplen la misma función que
las miradas: la de descubrir al otro y establecer un vínculo, a partir del cual
nos reconocemos. Mediante las vocalizaciones y sonidos específicos se llega a
la comprensión de palabras, que podemos observar cuando dirige la mirada a las
cosas o señala lo que le decimos.
María
Montessori (1870-1952), doctora, pedagoga y científica, revolucionó la
educación infantil y la educación especial diseñando materiales para permitir
el desarrollo sensoriomotriz que precede a la percepción y a la simbolización,
desde un auténtico respeto por el niño. Nada da más seguridad a los niños y a
las niñas que sentirse capaces de realizar cosas por sí mismos.
Piaget
(1896-1980), tras el minucioso análisis de sus observaciones sobre el
desarrollo psicoevolutivo de sus tres hijos, demostró que “La comprensión está ligada a la acción”. Mediante la acción y las
sucesivas asimilaciones y acomodaciones, el niño irá reorganizando el
conocimiento.
Vygostky[2]
considera los aspectos sociales generadores del lenguaje y del pensamiento. Por
ejemplo, según él, el lenguaje egocéntrico del niño pequeño, el que emite
mientras juega sólo, cumple una función reguladora que posibilitará el
pensamiento interno y la comunicación, discrepa, así, de Piaget que lo trata
como un simple acompañamiento de la acción.
Bruner
sigue la línea de Vygostky afirmando que la adquisición del lenguaje comienza
antes de que empiece la comunicación con palabras. Estimular su acción y, con
ello, su comprensión del mundo y su autoestima, es algo que permitimos
ofreciéndoles diferentes situaciones de juego físico, de exploración de los
objetos y de utilización del lenguaje.
Hay
un aspecto importante que a veces descuidamos y es que tras los momentos de
juego y de actividad ha de venir un momento de calma. Aprender a dejar de
hacer, a encontrar placer relajándose, como se ha encontrado en la acción, es
una de las mejores habilidades que les podemos regalar.
“… Aquellas
canciones y juegos orales perdidos de la infancia, fue el último lenguaje que
compartimos: - Tengo una muñeca vestida
de azul, con su camisita y su canesú…”
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