2.12. La voz que discute y opina. De madres a hijas.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“… Las feministas fuimos
muy exigentes con nuestras madres. (…) Por eso se dio la circunstancia de que
decidiéramos a veces ser madres en contra de nuestras madres, para enmendar y
mejorar su obra. La paradoja fue que su obra éramos nosotras.”[1]
“La emancipación de la mujer trajo consigo la pérdida del
diálogo con la madre”[2], leer esto me ha liberado de un peso que sentía como
personal. Realmente las dificultades (no pérdida) de diálogo que experimenté
con mi madre durante la adolescencia, fueron,
en buena parte, fruto de la época que nos tocó vivir. Si entre padres e hijos,
en general, hubo distancia entre los estudios de unos y otros, entre madres e
hijas, en mi generación y en la España que se industrializaba, esta distancia fue
abismal. Cuando las mujeres proletarias empezamos a acceder a la universidad,
en las ciudades más que en los pueblos, nuestras madres apenas sabían leer y
escribir. No se rompió el vínculo por ello, pero las relaciones no fueron
fáciles. Mi madre esperaba de mí que fuera una buena “ama de casa”, yo me
pasaba el día inventando juegos o leyendo con mi hermano: - ¡Esos libros!, me gritaba o - ¡Quién te va a querer a ti, siempre leyendo,
pareces un chico! Los tabús eran enormes, no se hablaba ni de política, ni
de sexo, la única religión era la católica. Yo quería que mi madre me
entendiera y le intentaba explicar lo que pensaba, pero aún lo empeoraba más… ni
a mí, ni a muchas de mi generación, nos fue fácil encontrarnos con nuestra
propia manera de “ser mujer”. Quizás nunca lo es, en fin, cuando fui madre y
sobretodo cuando, poco después, mi madre se hizo niña, nos reencontramos en la
ternura de los inicios.
Puede que esas dificultades
de diálogo entre madres e hijas sea algo generacional por lo que se tiene que
pasar, forma parte de esos deseos de apego y autoafirmación con los que nos
existenciamos. La madre permite que hagas tu propio camino porque el vínculo
emocional que nos une está ahí, nos mantiene aún en la distancia.
Las madres son las
principales transmisoras del lenguaje y de la cultura, nos enseñan a hablar, a
comportarnos, a ser más autónomos, a ordenar, a limpiar, a cocinar, a coser…
prácticas interesantes que no deberían descuidarse.
Pero también nos transmiten
los tabús y los condicionantes sociales del momento, como fue el machismo en
nuestra época o puede ser la satisfacción inmediata de los deseos en otra. Lo
importante es que con la madre podemos discutir, oponernos…, buscando así
nuestra propia identidad en el mundo.
Cuando no se hablaba
demasiado, dada la represión que había, los juegos y sus canciones nos
informaban de la sociedad a la que pronto accederíamos. Los juegos más propios
de niñas como los de corro o de cuerda en grupo o los juegos de picar palmas entre
dos…, traían, traen, consigo retahílas y
dichos de otras épocas que nos anunciaban, como los cuentos, algo que estaba
por llegar. “Al pasar la barca, me dijo
el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero. Yo no soy bonita, ni lo quiero
ser, arria la barca que te pagaré…” Más adelante empezamos a compartir juegos
con los chicos, eran juegos de ellos como “Churro,
media manga, mango entero, adivina lo que tengo en el puchero”. Las madres
nos reñían dejándonos el misterio del porqué.
Si de algo estoy contenta es
de haber pasado todas las etapas con mi madre. La del maternaje: el inicial y el
final cambiándonos los papeles y entre medias todas las vicisitudes: los tabús
y sus interrogaciones sin respuestas, el cambio de modelo social que se produjo
en nuestra etapa, las discusiones, mi rebeldía, su incondicional entrega cuando
fui madre… “Sólo las madres perdonan los
éxitos”, leí una vez… Sólo el amor de los padres y el que es como ese amor,
el que busca el bien del otro, por encima de todo, es el auténtico amor. Por
eso al Amor se le ha llamado “Dios”, no es extraño ese nombre asociado al “padre”,
en unas sociedades patriarcales, como han sido las religiones denominadas “del
libro”. Aunque quizás tendríamos que cambiar el nombre y llamarlo simplemente
Amor, Vida…
“…Las últimas palabras con
sentido que dijo mi madre, las repitió en varias ocasiones, eran: – Nena, tú tienes que estar bien… Después
dejó de hablar, pero lo siguió diciendo con sus miradas y sus sonrisas.
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