martes, 27 de septiembre de 2016

2.12. La voz que discute y opina. De madres a hijas.


2.12.  La voz que discute y opina. De madres a hijas.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“… Las feministas fuimos muy exigentes con nuestras madres. (…) Por eso se dio la circunstancia de que decidiéramos a veces ser madres en contra de nuestras madres, para enmendar y mejorar su obra. La paradoja fue que su obra éramos nosotras.”[1]
“La emancipación de la mujer trajo consigo la pérdida del diálogo con la madre”[2], leer esto me ha liberado de un peso que sentía como personal. Realmente las dificultades (no pérdida) de diálogo que experimenté con mi madre  durante la adolescencia, fueron, en buena parte, fruto de la época que nos tocó vivir. Si entre padres e hijos, en general, hubo distancia entre los estudios de unos y otros, entre madres e hijas, en mi generación y en la España que se industrializaba, esta distancia fue abismal. Cuando las mujeres proletarias empezamos a acceder a la universidad, en las ciudades más que en los pueblos, nuestras madres apenas sabían leer y escribir. No se rompió el vínculo por ello, pero las relaciones no fueron fáciles. Mi madre esperaba de mí que fuera una buena “ama de casa”, yo me pasaba el día inventando juegos o leyendo con mi hermano: - ¡Esos libros!, me gritaba o - ¡Quién te va a querer a ti, siempre leyendo, pareces un chico! Los tabús eran enormes, no se hablaba ni de política, ni de sexo, la única religión era la católica. Yo quería que mi madre me entendiera y le intentaba explicar lo que pensaba, pero aún lo empeoraba más… ni a mí, ni a muchas de mi generación, nos fue fácil encontrarnos con nuestra propia manera de “ser mujer”. Quizás nunca lo es, en fin, cuando fui madre y sobretodo cuando, poco después, mi madre se hizo niña, nos reencontramos en la ternura de los inicios.
Puede que esas dificultades de diálogo entre madres e hijas sea algo generacional por lo que se tiene que pasar, forma parte de esos deseos de apego y autoafirmación con los que nos existenciamos. La madre permite que hagas tu propio camino porque el vínculo emocional que nos une está ahí, nos mantiene aún en la distancia.
Las madres son las principales transmisoras del lenguaje y de la cultura, nos enseñan a hablar, a comportarnos, a ser más autónomos, a ordenar, a limpiar, a cocinar, a coser… prácticas interesantes que no deberían descuidarse.
Pero también nos transmiten los tabús y los condicionantes sociales del momento, como fue el machismo en nuestra época o puede ser la satisfacción inmediata de los deseos en otra. Lo importante es que con la madre podemos discutir, oponernos…, buscando así nuestra propia identidad en el mundo.
Cuando no se hablaba demasiado, dada la represión que había, los juegos y sus canciones nos informaban de la sociedad a la que pronto accederíamos. Los juegos más propios de niñas como los de corro o de cuerda en grupo o los juegos de picar palmas entre dos…,  traían, traen, consigo retahílas y dichos de otras épocas que nos anunciaban, como los cuentos, algo que estaba por llegar. “Al pasar la barca, me dijo el barquero, las niñas bonitas no pagan dinero. Yo no soy bonita, ni lo quiero ser, arria la barca que te pagaré…” Más adelante empezamos a compartir juegos con los chicos, eran juegos de ellos como “Churro, media manga, mango entero, adivina lo que tengo en el puchero”. Las madres nos reñían dejándonos el misterio del porqué.
Si de algo estoy contenta es de haber pasado todas las etapas con mi madre. La del maternaje: el inicial y el final cambiándonos los papeles y entre medias todas las vicisitudes: los tabús y sus interrogaciones sin respuestas, el cambio de modelo social que se produjo en nuestra etapa, las discusiones, mi rebeldía, su incondicional entrega cuando fui madre… “Sólo las madres perdonan los éxitos”, leí una vez… Sólo el amor de los padres y el que es como ese amor, el que busca el bien del otro, por encima de todo, es el auténtico amor. Por eso al Amor se le ha llamado “Dios”, no es extraño ese nombre asociado al “padre”, en unas sociedades patriarcales, como han sido las religiones denominadas “del libro”. Aunque quizás tendríamos que cambiar el nombre y llamarlo simplemente Amor, Vida…
 “…Las últimas palabras con sentido que dijo mi madre, las repitió en varias ocasiones, eran: – Nena, tú tienes que estar bien… Después dejó de hablar, pero lo siguió diciendo con sus miradas y sus sonrisas.


[1] Rivera, María-Milagros “Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000” Ed. Icaria. 1ª ed. 2001
[2] Rivera, María-Milagros “Mujeres en relación. Feminismo 1970-2000” Ed. Icaria. 1ª ed. 2001

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