domingo, 4 de septiembre de 2016

1.6. Arrullos y balbuceos. Comadronas y plañideras.

 1.6.  Arrullos y balbuceos. Comadronas y plañideras.  
 L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“La cuna se mece sobre el abismo y la razón nos dice que nuestra existencia
no es más que una breve grieta de luz entre dos eternidades de tinieblas”[1]
Aunque nos ha gustado y hemos recogido las noticias sobre la vinculación de los orígenes del lenguaje humano con el cuidado y educación de las madres con las crías, sabemos que, lo más probable, es que confluyeran diferentes factores: el grito que avisa de un peligro o de una situación favorable, la voz que nos puede identificar ante un conocido, los avisos de las madres, el canto de las aves, la necesidad de designar, la risa y el juego, como apunta Jespersen[2], o los sonidos grupales de la danza. Todo ello nos encanta y nos reflejan una verdad que sentimos en nuestro interior porque nos acerca a nuestro caminar en el mundo.
Aún no podemos más que especular y relacionar los hallazgos del pasado con los descubrimientos de la ciencia actual sobre el origen filogenético del lenguaje. Lo que comprobamos continuamente, es que el origen del lenguaje de cada uno está en los arrullos con los que nos reciben y los balbuceos que emitimos. También en el llanto con el que manifestamos nuestras necesidades y en la risa con la que favorecemos el vínculo, gracias al cual, estos sonidos rítmicos que nos cuidan y calman, se convertirán en lenguaje. Tal como empezamos acabamos cuando la vida nos lo arrebata todo lo aprendido, todo menos el vínculo que los otros nos pueden mantener.
“- ¡Cesáreaaaa! – Gritó mi padre mientras salía corriendo de noche a buscar la comadrona. – ¡Quédate con Angelita que va de parto!
Cuando entró la buena Cesárea, yo ya estaba naciendo, me cogió en brazos y así me tuvo hasta que llegó la comadrona.
Nos arrulló a las dos, a mi madre y a mí: - “Angelita, es una niña”
El primer parto de mi madre, en casa, con ayuda de la comadrona, como se hacía entonces en los pueblos fue difícil. Mi padre fue a buscar al médico al casino del pueblo. El médico se limitó a decir que él ya había avisado que tendrían que haber ido al hospital, a la capital. Mis padres no podían pagarlo y mi hermano murió en el parto después de estar 24 horas coronando.
Mi hermano muerto no llegó a tener nombre. El nombre que le hubieran puesto, lo recibió, junto con toda la alegría del mundo, mi segundo hermano que es, ahora, el primero. – ¿Cómo nombrar a alguien que no tiene nombre? Y sin embargo estuvo aquí, a veces sueño con él.
La madre de mi padre, además de lavar la ropa en las casas de los “señoritos”, era plañidera, la llamaban para acompañar entierros. Viuda durante la guerra, alimentaba como podía a sus seis hijos, este era el menos pesado de los trabajos que realizaba: pasar las cuentas del rosario, rezar una monótona letanía, suspirar, bajar la cabeza, cerrar los ojos, descansar un ratito, acompañar, dejar salir nuestro dolor que se une al de las otras comadres, recordar a los que se han ido, suspirar, descansar, callar…”
El vínculo más profundo y permanente lo establecemos mediante simples balbuceos. Puede que ése sea el auténtico rezo, el que sale de nuestras entrañas, de nuestro vacío, de nuestra luz.
“… Antes de quedarte sin habla, pasabas el tiempo con una muñeca en brazos, la arrullabas, le sonreías, le decías pequeñas y tiernas palabras: Papa, mama, Abba…”




[1] Nabokov, Vladimir. “Habla, memoria”, 1967
[2] Jespersen, Otto (1860-1943) Lingüística y filósofo danés

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