1.6. Arrullos y balbuceos. Comadronas y plañideras.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“La cuna se mece sobre el
abismo y la razón nos dice que nuestra existencia
no
es más que una breve grieta de luz entre dos eternidades de tinieblas”[1]
Aunque
nos ha gustado y hemos recogido las noticias sobre la vinculación de los
orígenes del lenguaje humano con el cuidado y educación de las madres con las
crías, sabemos que, lo más probable, es que confluyeran diferentes factores: el
grito que avisa de un peligro o de una situación favorable, la voz que nos
puede identificar ante un conocido, los avisos de las madres, el canto de las
aves, la necesidad de designar, la risa y el juego, como apunta Jespersen[2], o
los sonidos grupales de la danza. Todo ello nos encanta y nos reflejan una
verdad que sentimos en nuestro interior porque nos acerca a nuestro caminar en
el mundo.
Aún
no podemos más que especular y relacionar los hallazgos del pasado con los
descubrimientos de la ciencia actual sobre el origen filogenético del lenguaje.
Lo que comprobamos continuamente, es que el origen del lenguaje de cada uno
está en los arrullos con los que nos reciben y los balbuceos que emitimos.
También en el llanto con el que manifestamos nuestras necesidades y en la risa
con la que favorecemos el vínculo, gracias al cual, estos sonidos rítmicos que
nos cuidan y calman, se convertirán en lenguaje. Tal como empezamos acabamos
cuando la vida nos lo arrebata todo lo aprendido, todo menos el vínculo que los
otros nos pueden mantener.
“-
¡Cesáreaaaa! – Gritó mi padre mientras salía corriendo de noche a buscar la
comadrona. – ¡Quédate con Angelita que va de parto!
Cuando
entró la buena Cesárea, yo ya estaba naciendo, me cogió en brazos y así me tuvo
hasta que llegó la comadrona.
Nos
arrulló a las dos, a mi madre y a mí: - “Angelita, es una niña”
El
primer parto de mi madre, en casa, con ayuda de la comadrona, como se hacía
entonces en los pueblos fue difícil. Mi padre fue a buscar al médico al casino
del pueblo. El médico se limitó a decir que él ya había avisado que tendrían
que haber ido al hospital, a la capital. Mis padres no podían pagarlo y mi
hermano murió en el parto después de estar 24 horas coronando.
Mi
hermano muerto no llegó a tener nombre. El nombre que le hubieran puesto, lo
recibió, junto con toda la alegría del mundo, mi segundo hermano que es, ahora,
el primero. – ¿Cómo nombrar a alguien que no tiene nombre? Y sin embargo estuvo
aquí, a veces sueño con él.
La madre de mi padre, además de lavar la ropa en
las casas de los “señoritos”, era plañidera, la llamaban para acompañar
entierros. Viuda durante la guerra, alimentaba como podía a sus seis hijos,
este era el menos pesado de los trabajos que realizaba: pasar las cuentas del
rosario, rezar una monótona letanía, suspirar, bajar la cabeza, cerrar los
ojos, descansar un ratito, acompañar, dejar salir nuestro dolor que se une al
de las otras comadres, recordar a los que se han ido, suspirar, descansar,
callar…”
El vínculo más profundo y
permanente lo establecemos mediante simples balbuceos. Puede que ése sea el
auténtico rezo, el que sale de nuestras entrañas, de nuestro vacío, de nuestra
luz.
“… Antes de quedarte sin habla, pasabas el tiempo con una muñeca en
brazos, la arrullabas, le sonreías, le decías pequeñas y tiernas palabras: Papa, mama, Abba…”
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