1.8. Voces que se alzan
unidas.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“Las mujeres, cuando trabajan en equipo, actúan de
manera más inteligente que los hombres.”[1] Lo afirman
investigadores del MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) y de la
Universidad Carnegie Mellon (EEUU)
“Al final se
ha demostrado que las mujeres, cuando trabajan en equipo, actúan de manera más
inteligente que los hombres. Lo han comprobado investigadores del Instituto de
Tecnología de Massachusetts y de la Universidad Carnegie Mellon (EE.UU.) que
han pedido a 192 grupos de voluntarios que resolvieran problemas complejos.
A partir de
los resultados obtenidos en las pruebas, los investigadores han podido calcular
la inteligencia colectiva de cada grupo. Esta inteligencia, han descubierto,
depende poco de las inteligencias individuales de cada miembro del grupo. De lo
que depende, según resultados presentados esta semana por la revista Science,
es de tres variables: de la sensibilidad
social de los miembros del grupo (cuanta más capacidad para captar los
sentimientos y pensamientos ajenos, más inteligencia colectiva); de la
capacidad de dialogar entre ellos
(cuando todos participan en el diálogo hay más inteligencia que cuando una o
dos personas lo dominan); y del número
de mujeres que hay en el grupo (cuantas más mujeres, más inteligencia
colectiva).”[2]
Este estudio está hecho para mejorar la eficacia del
trabajo en equipo en las empresas y las pruebas que han utilizado están
diseñadas para ello. Hemos de aceptar que el interés económico hace avanzar la
ciencia, porque con ello han constatado algo evidente: que las mujeres
funcionamos mejor colectivamente, pero que nos aumenta nuestra, a menudo
socavada, autoestima. Según este estudio funcionamos mejor en grupo porque
tenemos más sensibilidad social y más capacidad de dialogar, claro que no se
puede generalizar, no todas las mujeres podemos o sabemos funcionar así y todas
conocemos elementos masculinos muy competentes socialmente y con los que el
trabajo en equipo es mucho mejor, en todo caso los colectivos de mujeres que se
dan apoyo mutuo y con los que trabajamos conjuntamente mientras nos comunicamos,
nos relajamos y nos divertimos son muchos e importantes a lo largo de nuestro
proceso vital. Un ejemplo son las AMPAS de los colegios, formadas,
mayoritariamente, por madres, con razón se cambió el nombre de APAS a AMPAS.
“Las mujeres
vivimos esos dos tiempos, el de Cronos y el de Kairós, el de la prisa y el del
sentido. Pero, en muchísimas culturas, hemos sido y somos las depositarias
especiales del segundo, del tiempo que atesora los momentos significativos, los
momentos del ser: los momentos que sustentan cualitativamente la vida y la
cultura humana.”[1]
A modo de ejemplo y para ilustrar este aspecto de la voz de las mujeres en
colectividad
·
“La fuente de las mujeres”.
“La fuente divina de las mujeres no es el agua, la fuente divina de las
mujeres es el amor.”
En 2014, con Natalia Palomar dinamizamos un grupo de
madres del “Casal al Vent” de la “Fundació la Vinya”. Una de las sesiones que
hicimos consistió en visionar la película “La fuente de las mujeres”, Natalia,
profesora de filología clásica en la UB hizo, posteriormente, un interesante
trabajo sobre la literatura coral,
comparando esta película con la obra helénica de Lisístrata[3].
El film se presenta como un
cuento donde la voz de las mujeres se alza unánime en su reivindicación
ante los hombres, como cuento, acaba con el final feliz de la reconciliación,
aunque deja temas abiertos. Elegimos esta película por la conexión que se da
entre las mujeres, no siempre favorable o placentera: hay discusiones, salidas
de tono, incomprensión… pero, en todo caso, cargada de un fuerte vínculo
emocional que, finalmente, les lleva a unirse y a resolver el conflicto. El
grupo estaba formado por mujeres marroquís, latinoamericanas y alguna catalana,
después de visionarla pasamos a comentarla. Fue muy interesante compartir las
emociones que nos despertó y las actitudes y opiniones que generó.
El
agua que se va a buscar a la fuente, lugar de encuentro, el lavado compartido
de la ropa en el río o en los lavaderos, el baño conjunto… me lleva a lo más
remoto de mi pasado femenino, me devuelve a mi abuela y su patio con el
lavadero compartido, o a los baños de adolescentes en el río, cuando íbamos de
campamentos.
El
agua es fuente de vida, en ella, en grupo, compartimos intimidad, se nos
despega la lengua, contamos chismes, reímos, integramos a la que se queda
aparte, clamamos con sed de justicia, lloramos… A menudo se habla con desdén de
este “fer safareig”[4]
pero, al final, lo hablado se lo lleva la corriente, quedan las risas, los
llantos y la relación. Claro que el cotilleo no es algo exclusivamente femenino,
pero si es el único del que se habla peyorativamente.
El antropólogo Robin Dunbar explica la función del cotilleo: “el lenguaje sirve para la transmisión de información sobre lo que
hacen otros miembros del grupo, lo que ayuda al grupo a mantener la cohesión
social.”[1] Es algo primario con lo que nos informamos mejor
de cómo resolver nuestras necesidades y, consecuentemente, nos cohesionamos a
un grupo que puede ayudarnos.
[1] Citado por Castro, L. y Toro M. A. en “La evolución del lenguaje” en Diálogo Filosófico, nº53 (2002) 275-290 http://www.ciudadredonda.org/admin/upload/files/1cr_t_adjuntos_36.pdf
[1] Citado por Castro, L. y Toro M. A. en “La evolución del lenguaje” en Diálogo Filosófico, nº53 (2002) 275-290 http://www.ciudadredonda.org/admin/upload/files/1cr_t_adjuntos_36.pdf
“… Cuando acabo mi sesión terapéutica en la
piscina, me sumerjo en lo profundo, regreso al útero materno, donde todo era
paz… salgo de él y me encuentro a mis compañeras, con las que me relaciono y
comunico, con las que lloro, me enfado y me río…”
No hay comentarios:
Publicar un comentario