1.7. La voz que habité. El latido que me habitó. El vínculo. ISSN 2462-6325
“El lenguaje se estructura sobre
el vínculo emocional que establecemos.”[1]
Cuando
estás embarazada y oyes los latidos del ser que te habita corriendo como una
locomotora, unos latidos que no son los tuyos, te vas haciendo consciente de
que lo que está dentro de ti, no eres tú. El bebé oye voces que reconocerá en
el mundo sonoro al que vendrá. Nos pertenecíamos y nos vamos diferenciando,
reconociendo el “tú”, o el “no-yo” construimos el “yo”.
Cuando
“das a luz” o cuando adoptas una criatura, te encuentras con un ser que te
necesita y un vínculo que se ha de ir estableciendo. No siempre es fácil, ni
rápido y nunca es lineal, hay idas y venidas.
Normalmente, tomar del
pecho, o el biberón, es algo que vuelve a fundir al bebé con la madre. Si la
madre, o la figura materna, están relajadas, será algo placentero. Es un
momento idóneo para establecer el contacto visual que nos muestra la “otredad”.
La mirada es lenguaje, a partir de ese contacto establecemos el vínculo. En la
fusión desaparecemos. El vínculo, curiosamente, ha de darse en la separación.
Anne Sullivan (1866-1936)[2] nos demostró que, para
ayudar a liberar la capacidad de entenderse y entender el mundo que nos rodea,
primero hay que “conectar”. Cuando la mirada o la voz no nos lo permiten, el
medio puede ser la piel, el tacto, lo importante sigue siendo nuestra escucha y
nuestra atención.
El amor está en la relación,
está entre el Yo y el Tú, nos dice Martin Buber, filósofo del diálogo, es algo
que sabemos muy bien las madres, está en nosotras pero no somos nosotras, el
deseo nos mueve en todas las relaciones, en ese movimiento, en la “juntura” y
en la separación del Yo y del Tú se
canaliza la energía que abre nuestros sentidos al entendimiento, desde el
silencio que todo lo abarca. Sólo el amor permite la comunicación, aún con un
deficiente o nulo lenguaje.
“… Mi madre,
enferma de Alzheimer durante casi 20 años, lo fue perdiendo todo en esta vida,
todo, excepto el vínculo afectivo que mantuvimos hasta el final. La noche antes
de morir le cantaba sus canciones, ella me miraba y sonreía, eso me quedó, eso
tengo…”
·
El equipo del bebé:
apego y egocentrismo.
Resiliencia: capacidad de los seres humanos
de afrontar con éxito las adversidades. Es la manera como los pobres y
oprimidos han sobrevivido.”[3]
El
bebé necesitará el cuidado del adulto durante los primeros años, para lo cual
viene equipado con dos armas poderosas: el apego y el egocentrismo.
El
apego nos lleva acercarnos a los seres humanos, a buscar su compañía como algo
grato para nosotros. Puede que la madre necesite un tiempo para establecer un
vínculo, pero tiene ante sí un ser que le necesita y que, si no hay daño, le mostrará
apego: le sonreirá, se le acoplará en sus brazos… La confianza básica del bebé,
reafirmada por las interacciones socioafectivas, posibilitará el desarrollo de
la autonomía y de la iniciativa ulterior.
Los
psicólogos nos explican que según como sea nuestra relación con el bebé le
daremos seguridad o le provocaremos ansiedad, represión o inseguridad y es
cierto y hemos de procurarles una infancia segura y feliz, la buena noticia es
que no dependerá únicamente de la madre. El bebé mostrará apego por otras
personas que lo cuidan y además sabrá calibrar las diferentes maneras de
interaccionar y sabrá acomodarse a ellas. El compartir los cuidados del bebé
con el padre, hermanos, otros familiares, amigos… nos ayudará a no
obsesionarnos demasiado con nuestro humano proceder.
Aunque
el objetivo de procurar una infancia segura y feliz habría de ser extensivo a
todos los niños, desgraciadamente, en muchos casos no es así. Afortunadamente sabemos
de la resiliencia o capacidad de los individuos para resistir situaciones
traumáticas y salir airosos, esa resiliencia se basa en el apego y en la
confianza. Si, por diferentes motivos, ese apego no funciona en su entorno
familiar, podrá desarrollarlo con alguien o con algo que le de esperanza. Todos
podemos propiciar resiliencia a nuestro
alrededor.
Otra
noticia esperanzadora y liberadora es que, aunque lo que vivimos en la primera
infancia nos condiciona nuestra manera posterior de entender la vida y de
relacionarnos, siempre podemos generar cambios y adquirir una nueva
comprensión, ¿cómo? siendo conscientes. Ser conscientes del pasado nos lleva a
procurar un mejor futuro. De hecho hay pruebas neurológicas que muestran que en
el cerebro se iluminan las mismas áreas cuando reconstruimos el pasado que
cuando proyectamos el futuro.[4]
Podemos
sentir apego toda la vida, aunque cambiarán los objetos, los intereses y las
formas.
En
cambio, el egocentrismo tendrá que ir disminuyendo al madurar. En un principio
el bebé no se sabe diferenciado de la madre y reclama una atención inmediata a
sus necesidades. La separación, la espera… le producirá una angustia que
procuramos calmar, afianzando con ello su confianza y seguridad.
Según
los distintos estadios por los que va pasando pasará, también, de un
egocentrismo a otro. Se irá diferenciando de la madre, pero seguirá reclamando
atención y será incapaz de ver las cosas desde otro punto de vista que no sea
el propio. En la etapa del animismo mágico se acogerá a las explicaciones que
más le convengan. Cuando vaya estableciendo un pensamiento concreto y sea capaz
de entender que hay otros puntos de vista, aún será preponderante el propio,
especialmente en el juicio moral. La familia, la escuela, la calle… ayudarán a
ampliar su percepción de las cosas y su comprensión. La empatía o capacidad de
ponerse en la piel del otro y de entender y aceptar sus sentimientos y la
capacidad de discutir razonando y respetando las diversas opiniones, son los
dos principales rasgos de haber salido del egocentrismo.
“… -¡Adiós, guapa!, le dice la panadera a mi madre
cuando recojo el pan, pago y nos disponemos a salir - ¡Ah! ¿Es que te vas?,
pregunta mi madre a la panadera...” (Mi madre no va ni viene, aunque camina, ha
perdido la orientación, permanece siempre con ella misma)
·
Comadres.
“Hace
falta una tribu entera para educar a un niño”[5]
En muchas culturas como las
africanas, aunque no sólo en éstas, las mujeres se llaman “mama” entre ellas. En estas culturas no se entiende la mujer sin
ser madre. Las comadres son las que comparten el tiempo de crianza, dándose
apoyo y ayuda mutua, en un sentido más amplio serían las que o los que,
colaboran con la crianza.
Constatamos
que esta palabra “comadre”, como
muchas otras relacionadas con las actividades tradicionales y cotidianas de las
mujeres, tiene, a veces sentido peyorativo. La infravaloración, la burla y el
desprecio forma parte del maltrato que durante generaciones hemos sufrido las
mujeres.
Utilizo
esta palabra con el buen sabor que me dejó compartir los juegos, los
descubrimientos y avances de nuestros hijos y hasta a los propios hijos e
hijas, con las que fueron madres al
mismo tiempo que yo. También compartimos las preocupaciones y los sustos, como
cuando se perdió mi hijo durante un rato y mi amiga lo buscaba llorando más que
yo misma.
El
estímulo de “la tribu” es fundamental para el desarrollo del lenguaje, en caso
contrario tenemos los “niños salvajes”, criados sin contacto humano, que, aunque
pudieron adoptar algunas conductas comunicativas, nunca llegaron a articular el
lenguaje propiamente humano. Lo cual nos lleva a considerar que esos estímulos
se han de dar en los momentos adecuados del desarrollo. Anne
Sullivan pudo, finalmente, conectar con Helen Keller porque el vínculo había
sido establecido en las primeras fases de su vida. Es fundamental que esa relación sea efectiva y afectiva,
desgraciadamente, tenemos también ejemplos de niños asilados, que sufrieron deprivación sensorial, que no llegaron a
desarrollar un buen nivel de lenguaje y que, frecuentemente, morían pronto.
Por
ser una etapa tan importante y delicada es importante, como en otras
situaciones de la vida, contar con el apoyo que nos podemos dar entre iguales.
Antiguamente
era la familia extensa la que daba ese cobijo. Las abuelas, tías… compensaban
las carencias de atención, afecto… que con la única relación materno-filial
pudiera haber. Hoy en día ese apoyo se puede encontrar en los centros
educativos, recreativos y culturales, en los parques… pero será fundamental
para la buena salud de los implicados y de sus relaciones.
“… Mis hijos cantaban contigo, tergiversaban la
letras de las canciones que te sabías, reíamos todos, tú la que más, yo
sonreía, ¡cómo hubiera podido hacerlo sin ellos!...”
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