2.10.Rituales y acurrucos.
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN
2462-6325
¡Alicia!
Recibe este cuento infantil
y
deposítalo con mano amable
allí
donde descansan los sueños de la niñez
entrelazados
en mística guirnalda de la Memoria
como
las flores ya marchitas
ofrenda
de un peregrino
que
las recogiera en una lejana tierra.[1]
Si
algo nos atemoriza es la oscuridad, lo desconocido, es algo que saben los
directores de películas de terror. La oscuridad representa el vacío, la
soledad… El momento del sueño puede representar para el niño o la niña, lo que
los psicólogos denominan “angustia de la separación”, muchas veces ésta es la
causa de los terrores nocturnos que suelen suceder en periodos críticos de
cambio de etapa: los tres años, la pubertad… Para hacer más agradable y
relajado el momento del sueño solemos utilizar rituales de “ir a dormir”, como
explicar o leer cuentos. Con ello les dedicamos un tiempo precioso con el que
mantenemos y reforzamos el vínculo que les da la seguridad afectiva que
necesitan para entrar en el mundo del sueño, ese que no podemos controlar.
Nuestro
cerebro, nuestra memoria… necesita de un sueño reparador, hay que favorecer las
condiciones óptimas para ello. El sueño, como la alimentación son temas
recurrentes de preocupación de los padres que preguntan angustiados qué tienen
que hacer. Es bueno leer libros, consultar con expertos, compartir con otros
padres… pero lo que nos indicará el camino mejor será la atención hacia nuestro
hijo o hija, nuevamente, la escucha, desde la calma.
Ya sabemos que ser madre o
padre no es fácil, genera tensión y equívocos, entre otras cosas porque es
difícil para los niños poner palabras a lo qué les pasa. El miedo es un
mecanismo de defensa muy arraigado que se puede disparar sin motivo que lo
sustente, sería el “miedo al miedo”, La paciencia, el vínculo afectivo, la
seguridad en las separaciones, la confianza, la comunicación… nos irán guiando
en un caminar sin camino, que es el que hacemos con cada uno de nuestros hijos
y de nuestras hijas.
Los sueños y pesadillas
pueden expresarse al despertar con imágenes, con palabras, con juegos… aunque
no tengamos respuestas para ellos, seguro que nos ayudan a hacernos preguntas.
Si más no, es bueno liberarse de ellos.
“… No eras pródiga en muestras de afecto, mendiga
de ellos como tú misma habías sido. Una vez me desperté llorando, había tenido
una pesadilla. Allí estabas tú y tu ternura. La que el Alzheimer te liberó…”
·
Cuentos fantásticos y
maravillosos.
“Lejos de exigir nada, el cuento de hadas proporciona seguridad, da
esperanzas respecto al futuro y mantiene la esperanza de un final feliz.”[2]
El
cuento, el que se lee o explica antes de dormir o el que se cuenta en cualquier
momento, es un buen instrumento para ayudar a los niños y niñas a afrontar sus
miedos, ilusiones, tristezas…
Actualmente los cuentos “de
hadas” suelen ser defenestrados por considerar que, con ellos, se inculca a la
mujer la necesidad del “príncipe azul”, esta interpretación resulta superficial
y puede deberse a que no se han leído las versiones más originales que podemos
tener (algunos son recopilaciones de diferentes versiones orales), mientras
que, en cambio, sí tenemos muy presentes las películas versionadas de factorías
cinematográficas que han edulcorado y tergiversado estos cuentos.
Los cuentos contribuyen al
crecimiento interior, ya que es el oyente mismo el que extrae conclusiones con
las que irá interpretando el mundo y definiendo sus opciones. Son una
transmisión adaptada a la mentalidad simbólica del receptor. Representan
personajes tipificados con los que nos podemos identificar aunque pasen por
situaciones poco corrientes, a diferencia de los héroes de los mitos, que se
enfrentan a situaciones naturales, pero resultan ellos mismos atípicos. Han
tenido una función indispensable en las sociedades orales como es la de
prevenir de los peligros. No siempre tienen un final feliz, en todo caso éste
llega después de atravesar dificultades y de enfrentarse a miedos o maldades.
Son terapéuticos porque ayudan a reconocer, expresar y liberar temores. El
cuento plasma en imágenes fantásticas lo que el niño vive en su interior. “Al identificarse con los distintos
personajes, los niños comienzan a experimentar por ellos mismo sentimientos de
justicia, fidelidad, amor, valentía, no como lecciones impuestas, sino como descubrimiento,
como parte orgánica de la aventura de vivir.”[3]
Es cierto que, cuando el
protagonista es masculino, la mayoría de estos cuentos reflejan el camino que éste
debe recorrer lleno de pruebas y retos hasta conseguir el objetivo, ese camino
suele partir de una decisión previa por parte del protagonista. Cuando la
protagonista es una mujer, ésta se enfrenta a peligros que le vienen del
exterior. La Caperucita Roja nos muestra que no se ha de ser confiada con los
extraños. En Blancanieves o la Cenicienta, la bondad de la inocencia triunfa
después de haber sido puesta a prueba por la maldad de un personaje adulto
femenino que la intentaba doblegar, dando forma, así, a un nuevo modelo. Si en
los cuentos con protagonista masculino lo que prima es la aventura y la lucha,
en los que la protagonista es una niña o una joven lo que prima son los valores
morales como la bondad, la prudencia, el cuidado…, justamente lo que se quería
inculcar a las mujeres, lo que necesitaban para sobrevivir. Eso no quiere decir
que no sigan teniendo su sentido y su valor, con todo ello va elaborando el
niño y la niña su propio destino, identificándose u oponiéndose a los
personajes, además les encantan.
Quizás el cuento del “príncipe
azul” por excelencia es el de la “Bella Durmiente”, es un cuento de iniciación
para las niñas, muestra, simbólicamente, la llegada de la sangre, la espera
hasta que se den las condiciones de madurez necesarias para establecer relaciones…
Igualmente el cuento de la Bella y la Bestia nos muestra la iniciación en la
sexualidad, el descubrimiento de una belleza interior que resulta ser mejor que
la exterior… También encontramos personajes femeninos que se disfrazan de lo
masculino para acceder a la acción o figuras femeninas que tutelan a personajes
inmaduros (hada madrina de Pinocho).
Los cuentos se van
transformado, son frutos de sus épocas y lugares. Nadie como Andersen para
encender la llama de la esperanza en circunstancias de miseria, con cuentos
como “El patito feo” o “La pequeña vendedora de fósforos”.
La Sirenita, de Andersen, es
un ser mitológico que entrega su voz y su poder, a cambio de cumplir con su
deseo de ser humana. Se enamora de un humano, pero no consigue que éste se
enamore de ella, lo que no explica la película de Disney es que sus hermanas le
ofrecen un cuchillo para acabar con el humano prometiéndole que así recuperará
la voz y su atracción. La sirenita escoge el amor, el que desea el bien del
otro. Las hadas del viento se la llevan convirtiéndola en un ser que dará
consuelo a los humanos. Es una decisión terrible, como las que nos sucederán en
la vida.
Nos vemos abocados a seguir
las leyes de la gravedad, como nos explica Simone Weil[1], pero podemos hacerlo
protegidos con una mentira o podemos aceptar la verdad y permitir que se den
esos destellos luminosos que ella nos explica, como cuando se impone la
generosidad hacia el enemigo, se enfrenta el propio destino con coraje, se
llora por los vencidos…Esa es la auténtica esencia moral que conllevan los
cuentos, como la filosofía, el arte, la poesía y el lenguaje que escuchamos y
con el que nos existenciamos.
Afortunadamente, los cuentos de hadas, aunque no son despreciables, no son los únicos de los que disponemos hoy en día. Contamos con un gran repertorio de posibilidades y con un gran medio aliado nuestro en muchos aspectos, pero principalmente en este de los cuentos: La red de bibliotecas públicas, servicio gratuito que compensa las carencias de familias con menos recursos y nos enriquece a todas.
¿Qué
representa un cuento para un niño o niña?
Ø Placer
de escuchar y de volver a escuchar el cuento.
Ø Favorecen
la organización mental gracias a las estructuras cíclicas, las fórmulas de
entrada y salida, las repeticiones y/o encadenamientos...
Ø Desarrollan
las estrategias de memoria y atención, el lenguaje, la interiorización de las
normas y los valores sociales...
Ø Interiorización
de los deseos, temores y aspiraciones más profundos: la lucha por la vida, el
paso por la muerte, el renacer a una nueva etapa, el crecimiento de la persona,
la identificación.
“… Cuando ya no
abrías la boca ni para comer, te recitaba los nombres de tus seres queridos y
los de los personajes de los cuentos que nos contabas: - ¡Garbancito…!... asentías, sonreías…”
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