2.7. Voces que cuidan y cantan. Emociones.
l’Hospitalet
de Llobregat ISSN 2462-6325
“… una mesa compartida con gente que
queremos, unas criaturas a las que demos amparo, una caminata entre los árboles,
la gratitud de un abrazo (…) nos salvaremos por los afectos…”[1]
Mi madre cantaba coplas
mientras cocinaba. De todos los buenos recuerdos de la infancia, si alguien me
concediera el deseo de revivir alguno, sería el de oír cantar a mi madre
mientras ella trajinaba por la casa y yo leía o jugaba con mi hermano sin
hacerle mucho caso. Ahora se lo haría.
Antes de acceder la mujer al
mercado laboral, la madre “estaba” en casa. Esa protección y seguridad que da
esa presencia es fundamental para crear las bases de seres equilibrados.
Deberíamos recuperar ese tiempo de estar ahí. Evidentemente sin renunciar a las
conquistas sociales, sino reequilibrando y procurando facilitar las condiciones
para que el vínculo emocional madre[2]-hijo
de éste con el resto de familiares y entornos, pueda darse de una manera segura
y estable. Según cómo se haya establecido este vínculo el niño o la niña
reaccionarán con más o menos dolor emocional ante la separación, la
frustración, el miedo…y, por consiguiente, con más o menos agresividad. Ante
las situaciones de vulnerabilidad o stress por las que, inevitablemente, todos
pasamos, será más fácil restablecer la confianza si, en las edades tempranas,
se ha dado seguridad afectiva y efectiva.
No
hay muchas palabras que expresen las emociones universales y básicas que todos
sentimos, en todo caso, sonidos. Lo que mejor representa las emociones
primarias, son las expresiones faciales. La madre reconoce tu expresión, sabe
de tus miedos y angustias, te las hace entender, te tranquiliza… o no.
Hay
niños que reprimen sus emociones si ven que manifestar sus angustias o miedos no
servirá de nada, o será peor, hay niños seguros que las expresan libremente
porque saben que recibirán consuelo, hay niños ansiosos hijos de ansiosos…
según el comportamiento de los adultos respecto de sus emociones, se mostrarán
de una manera o de otra. Los más inseguros, nos dice Alison Gopnik, catedrática
de psicología en Berkeley,[3]
son los niños desorganizados que no saben cómo comportarse porque reciben
respuestas incoherentes y diferentes en cada situación.
Muchas de estas emociones
primarias se relacionan con las necesidades básicas que, normalmente, se
resuelven en casa, como la alimentación. Los trastornos alimenticios suelen
venir de esta primera época de la infancia, de los afectos y desafectos, de
cómo hemos ido dando respuesta a los dos deseos básicos (fusión y separación o
autoafirmación) y de cómo manejamos nuestras emociones ¿Nos hicieron caso? ¿Nos
ayudaron a entenderlas y a expresarlas o canalizarlas? ¿Nos reprimieron? Si
queremos entender porqué reaccionamos siempre de la misma manera frente a las
dificultades, tendremos que intentar responder a preguntas como esas.
Las emociones se contagian, sabemos
de los niños que lloran viendo a otros niños llorar. También nos pasa a los
adultos. La ira es una emoción que
todos tenemos en mayor o menor medida, es una fuente de energía y más que
reprimirla hemos de procurar canalizarla, comprenderla. Así como nos influyen los sentimientos de los demás,
también nosotros influimos en ellos. La compenetración produce una sincronía
positiva, en cambio, jugar con las
emociones buscando el propio beneficio, puede tener un efecto manipulador, por
ejemplo enfadarse o llorar para conseguir lo que se quiere.
La inteligencia emocional lograría conocer las propias emociones,
saber cómo canalizarlas desde la escucha y el respeto hacia el otro.
“... cuando me
denegaron el centro para seguir cuidándote, cuando ya no te podías mover y me
vi sin fuerzas, me desesperé y lloré junto a tu cama... hasta que te oí llorar,
de la misma manera angustiada que yo... “
[1] Sabato,
Ernesto “Lo peor es el vértigo” en “la Resistencia”, 5ª carta http://www.letras.s5.com/sabato32.htm
[2] “madre”
es un término con el que generalizo la primera figura parental con la que
establecerá el primer vínculo. Me gusta más este término que otros genéricos.
[3] Gopnik,
Alison “el filósofo entre pañales” Capítulo 7 “aprender a amar” Ed. Planeta,
2010
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