sábado, 24 de septiembre de 2016

2.9. La voz de la conciencia. Sentimientos. Autoestima

2.9.    La voz de la conciencia. Sentimientos.
 L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
La educación, es decir el lenguaje, sería la forma que las madres tendrían de enseñar a evitar un peligro a sus crías.”[1]
Hemos visto que las emociones básicas son universales y condicionan nuestro comportamiento. En el niño y la niña pequeños suelen ser fáciles de observar, lo que nos permite ayudarles a entender lo que les pasa, poniéndoles palabras para que puedan manifestarlas sin hacerse ni hacer daño. Es necesario, para ello, que nos tomemos sus asuntos en serio. Nuestra escucha posibilitará la comprensión desde la que podremos llegar a acuerdos.
Muchas veces sólo se tratará de prevenir que no se den situaciones innecesarias de angustia, miedo o stress. Únicamente la agresividad destructiva es lo que no podemos permitir, hace daño al que la ejerce y al que la recibe. El niño y la niña se sienten más seguros y entienden perfectamente que pongamos este límite, que, si se traspasa, requerirá de alguna penalización proporcional y adecuada, ya que, si no la hay se genera culpabilidad y, ésta, más agresividad.
La confianza y seguridad que deseamos propiciar exige que no nos anticipemos a sus acciones, que permitamos el ensayo y el error dentro de unos límites claramente especificados, como puede ser el respeto mutuo, el no hacer daño. Se ha de contar con sus sentimientos y con su poder de decisión, en algunas situaciones pueden actuar según unas normas dadas o pueden no hacerlo, entonces tienen que asumir la responsabilidad que conlleva, en otras (como pueden ser las de peligro) impondremos nuestra autoridad que, si es administrada de una manera clara y sincera, suele ser aceptada.
La madre y el resto de las personas de su entorno, inculcan las normas de comportamiento social: los rituales de entrada y salida, el por favor, el gracias, el perdón… También aprueban o desaprueban los comportamientos, emitiendo juicios de valor o premian y castigan. En la primera infancia el juicio moral es el que dictan los adultos. Los niños aprenden rápidamente y desean darnos gusto, aunque también necesitan reafirmarse. El ejercicio de la autoridad no es fácil, a ser madre o padre aprendes con cada hijo, por tanto será una tensión constante, no podemos estirar demasiado ni podemos dejar de hacerlo.
Los juicios de valor deberían ser sobre las conductas y sus consecuencias, no sobre las personas en sí. Muchas veces, sin analizar los hechos ya se “dicta sentencia”, lo cual es una forma de maltrato muy grave que se ejerce a menudo sobre la infancia. No es lo mismo decir: “has hecho esto y ha ocurrido esto otro… ¿cómo podemos hacerlo en otra ocasión?” que: “eres…” o puede que valoremos mucho a un hermanito, alumno, amigo… y poco o nada a otro, con lo que éste ya está condenado. El niño oye, recoge, guarda, siente, piensa…
Estos juicios de valor que se van recogiendo en la familia, en la escuela… se van interiorizando. A medida que se hacen mayores se contrastarán con los iguales, entre los cuales no hay una autoridad claramente definida, con lo que tendrán que dialogar, aceptar las diferencias, encajar las frustraciones… En la etapa de las operaciones concretas (7-11 años) los niños y niñas utilizan juegos de normas ante las que se tienen que poner de acuerdo. Con la satisfacción que nos produzca -o no- los actos realizados, se irá asumiendo un código interno que marcará nuestra escala de valores. Este código ético se irá reconsiderando y redefiniendo en nuestro devenir histórico.
Las emociones, junto con nuestro inconsciente y nuestros pensamientos, se van transformando en sentimientos: culpa, vergüenza, celos… sentimientos que, a medida que crecemos, inexorablemente reprimimos, pero que determinarán nuestro comportamiento y, a menudo, nos crearán conflicto interno. Si la emoción es rápida, el pensamiento necesita su tiempo. A veces nos irá bien pensar porqué hemos reaccionado de determinada manera o porqué nos ha afectado algo, pero cuando los pensamientos son bloqueantes, deberíamos entrar en un espacio de silencio interno que nos permita la consciencia y la intuición.  
Como siempre lo importante será la escucha, la auténtica, la que nos abre a nuevas posibilidades después de atravesar el silencio. Muchas veces lo primero que oímos en nuestro interior es”la voz de la conciencia”, lo que nos impusieron como “bueno” o “malo”, no lo que de verdad nos hará bien o mal, los pensamientos se convierten en ruido. Más que ¿está bien? o ¿está mal? nos deberíamos preguntar: ¿Cómo me siento?, ¿Cómo me sentiré?... los sentimientos ya nos van indicando mejor la buena dirección, pero tendremos que adentrarnos más y aprender de lo que nos dicen nuestras “entrañas”. Se habla de lo “visceral” como “primario”, a veces como contrapuesto a lo racional, pero es bueno “oír” nuestras tripas ya que ellas nos indican si lo que tenemos que decidir nos va a llevar por los caminos de la paz o por los de la angustia.
“…Cada día íbamos a verte. Alguien me preguntó: - Pero no te reconoce, ¿no? Puede que no supiera decir quién era yo. Pasé de ser su niña, a ser su “niña madre” y a decirme “mamá” pero sonreía siempre que me veía, cosa que no hacía con todos, porque mostraba agrado y desagrado. En todo caso yo sí la conocía. ¿Nos conoce el bebé? Puede que pensemos que no, pero no hay peor trauma que el abandono en las primeras fases de la vida. Los padres adoptivos conocen la gran dedicación que se necesita para reconstituir un vínculo roto. Con nuestra atenta mirada, nuestra escucha y el tacto considerado podremos restituirlo y afianzarlo…”
·       Autoestima.
Los hábitos y habilidades que el niño y la niña vayan incorporando en el hogar, en la escuela, en la calle… les darán más confianza en sí mismos, verán que, de los pequeños esfuerzos, se logran grandes satisfacciones, como es el “hacerse mayor”. Con todo ello irán forjando su carácter y personalidad.
La autoestima nace del afecto y del reconocimiento recibido y/o percibido a nivel físico, intelectual y social. Adquirir una sana autoestima, la que me confiere el rango de humano, debería ser lo normal, nos posibilita una confianza básica para caminar en la vida afrontando las adversidades y nos confiere el necesario respeto a nosotros mismos y a los demás. Lo que nos debe preocupar es la pérdida de autoestima, especialmente cuando ésta perdura. Muchos psicólogos consideran que esta es la base de la depresión.
Una buena herramienta para recuperar la autoestima es la empatía. En muchas religiones existe el “trata a los demás como te gustaría que te trataran a ti”, que es el nivel más elevado de empatía. Podemos distinguir tres estados en la empatía: el cognitivo que pasa por entender cómo se siente el otro; el emocional, en el que comparto sus sentimientos y “lloro con quien llora o río con quien ríe” y el de la preocupación por el otro, lo que en diferentes espiritualidades se contempla como “compasión”, palabra que ha sido desprestigiada por hacerse corresponder con lástima. La lástima nos aleja del otro, nos hace sentir en posición diferente: él es el débil, yo el fuerte. La compasión sería el hacerse cargo de la realidad del otro poniéndome en su lugar y tratándole de la manera que a él le conviene, que es entendiéndole, no resolviendo sus asuntos, puesto que cada uno necesita afianzar su confianza en sí mismo. La autoestima necesita de la estima de algún otro y conlleva, necesariamente a la estima del otro.
La clave será la aceptación, aceptándonos a nosotros mismos, con lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo que valoramos y lo que intentamos esconder… mirándonos con cariño, como hacen los padres… llegaremos también a la aceptación de los demás.



[1] Calvin, W. y Bickerton, D. La conciliación de las teorías de Darwin y Chomsky sobre el cerebro humano. Bcn. Gedisa. Citado por Pérez Mantero, J.L. “¿Qué sabemos del origen del lenguaje?

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