2.9. La voz de la conciencia. Sentimientos.
L’Hospitalet
de Llobregat, ISSN 2462-6325
“La educación, es decir el
lenguaje, sería la forma que las madres tendrían de enseñar a evitar un peligro
a sus crías.”[1]
Hemos
visto que las emociones básicas son universales y condicionan nuestro
comportamiento. En el niño y la niña pequeños suelen ser fáciles de observar,
lo que nos permite ayudarles a entender lo que les pasa, poniéndoles palabras para
que puedan manifestarlas sin hacerse ni hacer daño. Es necesario, para ello,
que nos tomemos sus asuntos en serio. Nuestra escucha posibilitará la
comprensión desde la que podremos llegar a acuerdos.
Muchas veces sólo se tratará
de prevenir que no se den situaciones innecesarias de angustia, miedo o stress.
Únicamente
la agresividad destructiva es lo que no podemos permitir, hace daño al que la
ejerce y al que la recibe. El niño y la niña se sienten más seguros y entienden
perfectamente que pongamos este límite, que, si se traspasa, requerirá de
alguna penalización proporcional y adecuada, ya que, si no la hay se genera
culpabilidad y, ésta, más agresividad.
La confianza y seguridad que deseamos propiciar exige que
no nos anticipemos a sus acciones, que permitamos el ensayo y el error dentro
de unos límites claramente especificados, como puede ser el respeto mutuo, el
no hacer daño. Se ha de contar con sus
sentimientos y con su poder de decisión, en algunas situaciones pueden actuar
según unas normas dadas o pueden no hacerlo, entonces tienen que asumir la
responsabilidad que conlleva, en otras (como pueden ser las de peligro) impondremos
nuestra autoridad que, si es administrada de una manera clara y sincera, suele
ser aceptada.
La madre y el resto de las
personas de su entorno, inculcan las normas de comportamiento social: los rituales
de entrada y salida, el por favor, el gracias, el perdón… También aprueban o
desaprueban los comportamientos, emitiendo juicios de valor o premian y
castigan. En la primera infancia el juicio moral es el que dictan los adultos. Los
niños aprenden rápidamente y desean darnos gusto, aunque también necesitan
reafirmarse. El ejercicio de la autoridad no es fácil, a ser madre o padre
aprendes con cada hijo, por tanto será una tensión constante, no podemos
estirar demasiado ni podemos dejar de hacerlo.
Los juicios de valor
deberían ser sobre las conductas y sus consecuencias, no sobre las personas en
sí. Muchas veces, sin analizar los hechos ya se “dicta sentencia”, lo cual es
una forma de maltrato muy grave que se ejerce a menudo sobre la infancia. No es
lo mismo decir: “has hecho esto y ha ocurrido esto otro… ¿cómo podemos hacerlo en
otra ocasión?” que: “eres…” o puede que valoremos mucho a un hermanito, alumno,
amigo… y poco o nada a otro, con lo que éste ya está condenado. El niño oye,
recoge, guarda, siente, piensa…
Estos juicios de valor que se
van recogiendo en la familia, en la escuela… se van interiorizando. A medida
que se hacen mayores se contrastarán con los iguales, entre los cuales no hay
una autoridad claramente definida, con lo que tendrán que dialogar, aceptar las
diferencias, encajar las frustraciones… En la etapa de las operaciones
concretas (7-11 años) los niños y niñas utilizan juegos de normas ante las que
se tienen que poner de acuerdo. Con la satisfacción que nos produzca -o no- los
actos realizados, se irá asumiendo un código interno que marcará nuestra escala
de valores. Este código ético se irá reconsiderando y redefiniendo en nuestro
devenir histórico.
Las emociones, junto con
nuestro inconsciente y nuestros pensamientos, se van transformando en sentimientos:
culpa, vergüenza, celos… sentimientos que, a medida que crecemos,
inexorablemente reprimimos, pero que determinarán nuestro comportamiento y, a
menudo, nos crearán conflicto interno. Si la emoción es rápida, el pensamiento
necesita su tiempo. A veces nos irá bien pensar porqué hemos reaccionado de
determinada manera o porqué nos ha afectado algo, pero cuando los pensamientos
son bloqueantes, deberíamos entrar en un espacio de silencio interno que nos
permita la consciencia y la intuición.
Como siempre lo importante
será la escucha, la auténtica, la que nos abre a nuevas posibilidades después
de atravesar el silencio. Muchas veces lo primero que oímos en nuestro interior
es”la voz de la conciencia”, lo que
nos impusieron como “bueno” o “malo”, no lo que de verdad nos hará bien o mal, los
pensamientos se convierten en ruido. Más que ¿está bien? o ¿está mal? nos
deberíamos preguntar: ¿Cómo me siento?, ¿Cómo me sentiré?... los sentimientos
ya nos van indicando mejor la buena dirección, pero tendremos que adentrarnos
más y aprender de lo que nos dicen nuestras “entrañas”. Se habla de lo
“visceral” como “primario”, a veces como contrapuesto a lo racional, pero es
bueno “oír” nuestras tripas ya que ellas nos indican si lo que tenemos que
decidir nos va a llevar por los caminos de la paz o por los de la angustia.
“…Cada
día íbamos a verte. Alguien me preguntó: -
Pero no te reconoce, ¿no? Puede que no supiera decir quién era yo. Pasé de
ser su niña, a ser su “niña madre” y a decirme “mamá” pero sonreía siempre que
me veía, cosa que no hacía con todos, porque mostraba agrado y desagrado. En
todo caso yo sí la conocía. ¿Nos conoce el bebé? Puede que pensemos que no,
pero no hay peor trauma que el abandono en las primeras fases de la vida. Los
padres adoptivos conocen la gran dedicación que se necesita para reconstituir
un vínculo roto. Con nuestra atenta mirada, nuestra escucha y el tacto
considerado podremos restituirlo y afianzarlo…”
·
Autoestima.
Los hábitos y habilidades que
el niño y la niña vayan incorporando en el hogar, en la escuela, en la calle…
les darán más confianza en sí mismos, verán que, de los pequeños esfuerzos, se
logran grandes satisfacciones, como es el “hacerse mayor”. Con todo ello irán
forjando su carácter y personalidad.
La autoestima nace del
afecto y del reconocimiento recibido y/o percibido a nivel físico, intelectual
y social. Adquirir una sana autoestima, la que me confiere el rango de humano,
debería ser lo normal, nos posibilita una confianza básica para caminar en la
vida afrontando las adversidades y nos confiere el necesario respeto a nosotros
mismos y a los demás. Lo que nos debe preocupar es la pérdida de autoestima,
especialmente cuando ésta perdura. Muchos psicólogos consideran que esta es la
base de la depresión.
Una buena herramienta para
recuperar la autoestima es la empatía. En muchas religiones existe el “trata a los demás como te gustaría que te
trataran a ti”, que es el nivel más elevado de empatía. Podemos distinguir
tres estados en la empatía: el cognitivo que pasa por entender cómo se siente
el otro; el emocional, en el que comparto sus sentimientos y “lloro con quien llora o río con quien ríe”
y el de la preocupación por el otro, lo que en diferentes espiritualidades se
contempla como “compasión”, palabra que ha sido desprestigiada por hacerse
corresponder con lástima. La lástima nos aleja del otro, nos hace sentir en
posición diferente: él es el débil, yo el fuerte. La compasión sería el hacerse
cargo de la realidad del otro poniéndome en su lugar y tratándole de la manera
que a él le conviene, que es entendiéndole, no resolviendo sus asuntos, puesto
que cada uno necesita afianzar su confianza en sí mismo. La autoestima necesita
de la estima de algún otro y conlleva, necesariamente a la estima del otro.
La clave será la aceptación,
aceptándonos a nosotros mismos, con lo que nos gusta y lo que no nos gusta, lo
que valoramos y lo que intentamos esconder… mirándonos con cariño, como hacen
los padres… llegaremos también a la aceptación de los demás.
[1] Calvin,
W. y Bickerton, D. La conciliación de las teorías de Darwin y Chomsky sobre el
cerebro humano. Bcn. Gedisa. Citado por Pérez Mantero, J.L. “¿Qué sabemos del
origen del lenguaje?
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