jueves, 22 de septiembre de 2016

2.8. Voces vecinas. Juego simbólico.

2.8.    Voces vecinas. Juego simbólico. 
L’Hospitalet de Llobregat, ISSN 2462-6325
“En el proceso de conocerte a ti mismo, conocerás a los demás.
Ayudando a los demás, conocerás TODO”[1]

Las vecinas representan las voces que se parecen y al mismo tiempo se diferencian de nuestro entorno más familiar. Es el resto de la tribu con el que nos educamos porque nos permite tomar distancia de nuestro entorno más cercano, afianzar el sentido de pertenencia e ir creando nuestro propio universo de creencias y valores. En las casas de las vecinas encontramos diferencias respecto de la nuestra, lo que nos permite ir haciendo juicios y opciones. Las vecinas dictan sentencias que quizás en casa no habíamos oído, nos vamos enterando de cosas que se ocultaban. Las guardamos. Callamos.
Crecimos en un ambiente marcado por los silencios tensos de los tabús políticos, religiosos, sexuales… Con las vecinas íbamos destapando, poco a poco, algunos de esos tabús. Con los hijos e hijas de las vecinas jugábamos a “hacer de” o “a mamás y papás”, así íbamos descubriendo otras realidades.
El juego simbólico aparece cuando el niño o la niña tienen capacidad de representación, es el juego por excelencia hasta los 6 años. Empiezan imitando las conductas y expresiones que viven en su entorno, con lo que se favorece el uso del lenguaje como regulador del pensamiento y del comportamiento. Cuando el juego se socializa necesitan hacer uso del lenguaje para llegar a acuerdos, aprenden a ponerse en el lugar del otro, representando un papel que se puede intercambiar, con lo que pueden descargar sus tensiones, destapar conflictos no expresados y explorar nuevas vías de resolver situaciones.
Las vecinas y vecinos son el prójimo inmediato con quien nos relacionamos y ayudamos. El “Otro” que, según Emmanuel Lévinas[2] es alguien diferente que me importa, del cual me responsabilizo. Este filósofo contempla al ser humano como un rostro en el que está inscrito, como en mí mismo, el valor y el bien.[3]
“… - ¡Hola guapo!, dice la pescadera a un niño, el niño la mira y le sonríe. Recuerdo las cuidadoras y vecinas que hacían lo mismo con mi madre y lo mucho que lo agradecí. No sé si esto será decisivo para desarrollar o mantener el lenguaje, lo que sí sé, es que es valioso y como todo lo valioso, no tiene precio…




[1] Lao Tsé “Tao te Ching” ó “El libro del recto camino”
[2] Lévinas, E. (1906-1995) Filósofo seguidor de Heidegger en un principio aunque se distinguió en algún aspecto. De alguna manera el “cuidado del Otro” de Lévinas avanza un poco más en el “camino del Ser”.
[3] Kapuscinski, R. “Encuentro con el otro”, pag. 56

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