2.8. Voces vecinas. Juego simbólico.
“En el proceso de conocerte a
ti mismo, conocerás a los demás.
Ayudando a los demás,
conocerás TODO”[1]
Las vecinas representan las
voces que se parecen y al mismo tiempo se diferencian de nuestro entorno más
familiar. Es el resto de la tribu con el que nos educamos porque nos permite
tomar distancia de nuestro entorno más cercano, afianzar el sentido de
pertenencia e ir creando nuestro propio universo de creencias y valores. En las casas de las vecinas encontramos diferencias
respecto de la nuestra, lo que nos permite ir haciendo juicios y opciones. Las
vecinas dictan sentencias que quizás en casa no habíamos oído, nos vamos
enterando de cosas que se ocultaban. Las guardamos. Callamos.
Crecimos
en un ambiente marcado por los silencios tensos de los tabús políticos,
religiosos, sexuales… Con las vecinas íbamos destapando, poco a poco, algunos
de esos tabús. Con los hijos e hijas de las vecinas jugábamos a “hacer de” o “a mamás y papás”, así íbamos descubriendo otras realidades.
El
juego simbólico aparece cuando el niño o la niña tienen capacidad de
representación, es el juego por excelencia hasta los 6 años. Empiezan imitando
las conductas y expresiones que viven en su entorno, con lo que se favorece el
uso del lenguaje como regulador del pensamiento y del comportamiento. Cuando el
juego se socializa necesitan hacer uso del lenguaje para llegar a acuerdos,
aprenden a ponerse en el lugar del otro, representando un papel que se puede
intercambiar, con lo que pueden descargar sus tensiones, destapar conflictos no
expresados y explorar nuevas vías de resolver situaciones.
Las
vecinas y vecinos son el prójimo inmediato con quien nos relacionamos y ayudamos.
El “Otro” que, según Emmanuel Lévinas[2] es
alguien diferente que me importa, del cual me responsabilizo. Este filósofo contempla
al ser humano como un rostro en el que está inscrito, como en mí mismo, el
valor y el bien.[3]
“… - ¡Hola guapo!, dice la pescadera a un niño, el
niño la mira y le sonríe. Recuerdo las cuidadoras y vecinas que hacían lo mismo
con mi madre y lo mucho que lo agradecí. No sé si esto será decisivo para desarrollar
o mantener el lenguaje, lo que sí sé, es que es valioso y como todo lo valioso,
no tiene precio…
[1] Lao Tsé
“Tao te Ching” ó “El libro del recto camino”
[2] Lévinas,
E. (1906-1995) Filósofo seguidor de Heidegger en un principio aunque se
distinguió en algún aspecto. De alguna manera el “cuidado del Otro” de Lévinas
avanza un poco más en el “camino del Ser”.
[3]
Kapuscinski, R. “Encuentro con el otro”, pag. 56
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